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TRIBUNA

Las meninas

Jesús Carasa Moreno
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carasajesusgmailcom/11/11/17
https://www.jcarasa.com/
lunes 27 de febrero de 2023, 20:20h

Recientemente, en mi nueva etapa de pintor, en la que me propongo imitar, libremente, a los grandes maestros, he pintado Las Meninas. Ya se que es una osadía condenada al fracaso, si no al ridículo; pero, quizá, lo inalcanzable de la meta me haga perdonar mis grandes errores y carencias.

“Las Meninas” es, en mi opinión, el cuadro peor analizado, del pintor, español peor comprendido. Se ve que el resplandor de su obra cortesana ciega al que se acerca a comprender su personalidad y su obra de libre elección.

Su producción fue escasa, apenas cien cuadros. Nunca se dejó arrastrar por la vocación, esa fuerza caprichosa y avasalladora que hace desgraciados a los que la obedecen. Pero él tenía una ocupación, Aposentador Real, que le mantuvo a salvo de los caprichos cortesanos y le convirtió, como he dicho, en alguna ocasión, con gran escándalo, en el emperador de los pintores domingueros.

Y le procuró independencia para pintar, al margen de sus obligaciones de pintor de Corte, los temas que a él le interesaron desde sus inicios: Personajes humildes o maltratados por la naturaleza, tullidos, bufones, enanos, enfermos mentales, etc….Además de utilizar, como modelos, a gente del pueblo, incluso en sus cuadros religiosos o mitológicos.

Un verdadero rebelde que denunció las injusticias y la decadencia que veía a su alrededor.

En Las Meninas hay de eso y mas:

La denuncia del desorden político y social de aquel reinado, en el que, como en el cuadro, nadie estaba en su sitio. Ni siquiera el Rey que, en vez de ser el protagonista, aparece como un reflejo ridículo en un espejo del fondo. Esta broma irrespetuosa, insultante, añade la sal al guiso de atrevida denuncia.

La cesión del protagonismo a personajes que “pasaban por allí”, niños, infantas, cuidadores, bufones, animales domésticos. Al propio pintor que, como caso único en la historia de la pintura, se erige en personaje principal de un cuadro en el que está el Rey. A nosotros como invisibles observadores, a los que el pintor parece dirigirse, quizá porque consideraba que lo más importante de un cuadro es la comunicación entre el autor y el observador.

Denunció la decadencia de los ejércitos españoles, que empezaban a conocer la derrota, pintando a Marte, dios de la guerra, como un mozo “fondón” nada amenazador y en actitud reflexiva.

Y se atrevió hasta con el mismísimo Papa, del que nos desveló, en su insuperable retrato, una personalidad tan… humana que, al verse descubierto en sus intimidades, Inocencio X exclamó : “Troppo vero”, demasiado real.

Su ferocidad solo se detuvo ante Jesucristo del que pintó la mejor y más sobria crucifixión de la pintura universal, acercándose, cuanto un artista puede hacerlo, a la percepción de la divinidad encarnada en un cuerpo humano.

Su colega Goya sí analizó Las Meninas. Y no le gustó. En un lienzo de, aproximadamente, las mismas dimensiones le dio la réplica.

Se pintó a sí mismo, detrás de todos, como a un espectro que invade un espacio que no le corresponde, únicamente con la idea de dejar claro que su cuadro pretendía denunciar la rebeldía del sevillano.

Ignoró la mitad superior “vacía”. Paredes y techo de un salón, un ambiente penumbroso cuya captación pudo ser, quizá, el objeto principal de “Las Meninas”.

Y ocupó todo el espacio, de su lienzo, con la familia real, al completo, hasta el último bebé, pintada “como Dios manda” y lejos de la irrespetuosa hazaña de Velázquez.

Pero, amigos, a Goya no le valieron de nada sus años de devoto cortesano y cuando manifestó su independencia de pensamiento, su monarca le hizo elegir el destierro.

En cambio, el de Velázquez, fue tan indulgente o ciego ante sus excesos que, aun obligado a hacer trampas, para ello, le premió con la Orden de Santiago.

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