La galería Barbican de Londres inauguró este viernes una exposición dedicada a la figura del fotógrafo Robert Capa y a la de su compañera Gerda Taro, quien en la sombra realizó un trabajo igual de meritorio que el de su amante. Mucho se ha hablado de él, menos de ella. Sin embargo, aún hoy los expertos siguen preguntándose quién de los dos realizó alguna de las instantáneas más famosas de la historia del fotoperiodismo.

El hecho de que
Gerda Taro [en la imagen una de sus instantáneas] no fuera valorada como su compañero, y a éste se le haya atribuido supuestamente el trabajo de ella, no ha sido una excepción. Un vistazo a la historia de seis mujeres lo confirma. Sus nombres: Dora Maar, pintora y fotógrafa, Marie Anne Pierrette Paulze, químico, Camille Claudel, escultora, Artemisia Gentileschi, pintora, María de Lejárraga, escritora y Zelda Fitzgerald, también literata.
Las ha habido eclipsadas por sus maridos y también olvidadas por la historia. Pero las mujeres artistas e intelectuales más perjudicadas continúan siendo quienes dibujaron, fotografiaron, investigaron y descubrieron para que su labor cayera en manos ajenas.
Tiempos difícilesEl caso más lejano es el de la pintora caravaggista italiana
Artemisia Gentileschi: primera mujer en ingresar en la Academia del Dibujo de Florencia. Hija del pintor toscano Orazio Gentileschi, la vida golpeó pronto la reputación de Artemisia. Fue violada por su preceptor y tuvo que enfrentarse a un tribunal papal, en el que sufrió la más cruel tortura para un pintor: un instrumento con cuerdas apretó sus dedos hasta el límite. Imponiéndose en una época en la que las mujeres pintoras no eran aceptadas fácilmente, Artemisia retocó y modificó obras de su padre dotándolas de un realismo que antes no tenían. Incluso, la afinidad de estilos entre padre e hija dificulta hoy determinar quién de los dos las pintó.

Otra pintora, además de fotógrafa,
Dora Maar [en la imagen, retratada por Picasso], tuvo que compartir méritos con su compañero de taller Pierre Kéfer y encuentros y desencuentros con Picasso. A Kéfer le debe que le dejara utilizar su taller para revelar sus fotografías, aunque en ocasiones llevaran el tampón Kéfer-Dora y sólo hubieran sido hechas por ella. A su tormentosa relación con Picasso, una obsesión paranoica que la llevó a ser internada en un psiquiátrico.
Es la devoción por otro gran artista como Auguste Rodin, lo que condujo a la escultora
Camille Claudel a acabar encerrada los últimos 30 años de su vida víctima del genio déspota y aprovechado de su amante. La entusiasta personalidad de Camille no evitó que permitiera firmar parte de sus obras a Rodin, quien sentía temor por el talento de su joven musa.
Obsesiva dedicación
La literatura fue otra de las materias en las que dos mujeres, que vivieron en el siglo XX, cedieron su talento a sus maridos. Es el caso de la riojana
María de la O Lejárraga, esposa de Gregorio Martínez Sierra. La mayoría de las obras de María llevan el nombre de su marido, a quien incluso continuó cediendo sus comedias después de que la abandonara por una actriz cubana. Otra literata, la estadounidense
Zelda Fitzgerald [en la foto], esposa del escritor F.Scott Fitzgerald, tuvo una vida frustrada hasta la saciedad. Terminó ingresada en varios psiquiátricos y murió a los 48 años en un incendio, coartada por la influencia de su marido e invitada a ceder sus diarios para inspirarle. Se sabe que le ayudó a desarrollar parte de su obra, limitando la suya.
Una mujer apasionante fue
Marie Anne Pierrette Paulze (1758-1836) [en la imagen, retratada por Jacque Louis David], química francesa que compartió la profesión, y algo más, con su marido, Antoine Lavoisier. Marie, que había estudiado pintura con Jacques Louis David, demostró sus habilidades como dibujante en las ilustraciones que acompañaron la obra de su esposo, “Tratado elemental de química”, y que firmó como Paulze Lavoisier. Ella le traducía las obras del inglés y, cómo su ayudante, aún hoy sigue sin saberse hasta qué punto la obra atribuida a Antoine es mérito de ambos.

Los nombres son muchos, los casos de mujeres que dejaron su profesión por entregarse a sus maridos aún más. Juan Ramón Jiménez no habría superado ninguna de sus crisis sin el apoyo de su mujer,
Zenobia Camprubí. Tampoco Valle-Inclán habría disfrutado de una calidad de vida y un equilibrio anímico de no haber sido por
Josefina Blanco: actriz aplaudida en su época, que pasó de la renuncia voluntaria de los escenarios a una entrega absoluta al escritor, de quien dijo, era su corrector de pruebas.
Casos de intelectuales pioneras que permiten estudiar el trabajo de la fotógrada alemana Gerda Taro como espejo en el que reflejarse. Sin menospreciar la elocuencia de Robert Capa, Londres ofrece una oportunidad única para valorar a su fiel compañera, muerta a los 27 años durante la batalla de Brunete aplastada por un tanque. Sería a partir de entonces reconocida, a su pesar, como la primera reportera gráfica fallecida en una acción de guerra.
“This is war! Robert Capa at Work. Gerda Taro on the subject of war” hasta el 25 de enero en la galería Barbican de Londres. www.barbican.org.uk.