En las dos o tres últimas décadas, hablar de economía es siempre tener que volver a hablar de las mismas dificultades, los mismos errores, las mismas y repetitivas tentaciones y las mismas y gravosas penitencias. En estos días en los que se ha producido en Estados Unidos la quiebra del Silicon Valley Bank, podría parecer que nos enfrentamos a un hecho novedoso e inesperado cuando no es más que un nuevo episodio del viejo serial que podría titularse, sin faltar lo más mínimo a la verdad, Cómo los gobiernos no se enfrentan a los problemas y se limitan a aplazar las soluciones. Aunque, para ser rigurosos y también para tener una perspectiva completa, sería necesario añadir otro folletín por entregas al que podríamos llamar No hay forma de que los ciudadanos aprendamos, ni en cabeza propia ni en cabeza ajena. Ambos aspectos son las dos caras de una misma actitud: el no querer afrontar la realidad y entregarse a la ilusión de que la prosperidad vendrá por sí sola por arte de magia.
Para profundizar en los hechos, claro está, es necesario tener en cuenta varios aspectos. El primero, esa fe recurrente en que los precios de determinados bienes pueden escalar vertiginosamente sin que en ningún momento esa alocada subida no solo encuentre un techo sino que pueda dar lugar a un desplome brutal y mucho más acelerado que el propio ascenso previo. Llega casi hasta a cansar volver a referirse a la “famosa crisis de los tulipanes” en el siglo XVII en los Países Bajos pero es que el esquema de dicho proceso especulativo no difiere lo más mínimo de cualquier otro proceso especulativo que, con posterioridad al mismo, ha surgido en cualquier lugar y momento y todas las advertencias que han podido realizarse no han servido nunca absolutamente para nada. En el siglo XVIII, en el período anterior a 1720, se produjeron (de forma conectada) la “burbuja de los Mares del Sur” en el Reino Unido y la “burbuja del Misisipi” en Francia (asociada a la instauración del papel moneda en el país atendiendo al sistema propugnado por John Law). En la década de los años 20 del pasado siglo, tuvo lugar la subida especulativa de las acciones de Wall Street y el desenlace abrupto del alza en 1929 terminó provocando la “Gran Depresión”, cuyas dramáticas consecuencias desembocaron en el estallido de la II Guerra Mundial en 1939. Poco antes del inicio del siglo XXI, fue la conocida “burbuja puntocom” la que elevó hasta niveles delirantes los precios de las empresas tecnológicas (recordemos que, en España, en 1998, el valor en bolsa de Terra, filial de Telefónica, llegó a superar el de BBVA o Repsol). En la primera década del siglo XXI, padecimos la malhadada “burbuja inmobiliaria”, cuyo estallido provocó consecuencias que aún sufrimos. Y, en los últimos años, ha sido el auge de las criptomonedas la nueva panacea que prometía rentabilidad sin límites y fortunas instantáneas (la caída, por ejemplo, del bitcoin en un 60% o del ethereum en un 61,5% desde sus máximos en noviembre de 2021 es una de las causas de las turbulencias financieras actuales).
El segundo aspecto a tener en cuenta es el sempiterno olvido o ignorancia por parte de las autoridades y de los gestores directivos y empresariales de la interconexión entre los mercados financieros y de los mecanismos de transmisión de las crisis de un activo a otro, de ahí al sistema bancario y, a continuación, a la economía real. Es por ello que cuando llegan a su fin las alegrías inversoras y crediticias (propiciadas, por ejemplo, por la política de reducidísimos tipos de interés mantenida durante decenio y medio desde la crisis de 2007-2008), los efectos del brusco encontronazo con la realidad no se limitan a áreas concretas y particulares sino que se empiezan a extender por todo el sistema económico. Como dice una frase de la novela Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, “hay menos alegría en la taberna que en el camino hacia ella”. En términos económicos y financieros, todo es felicidad cuando los precios de determinados activos crecen con brío pero, en cuanto tocan máximos, no hay paraíso posible sino que lo que se inicia es un descenso infernal que acaba arrastrando, en mayor o menos medida, a toda la economía.
El tercer aspecto a considerar es la existencia de una deficiente arquitectura institucional a nivel internacional que propicia que no haya modo de encauzar de manera pacífica las sucesivas crisis y las mismas terminen derivando en conflictos armados que agravan la situación económica. Si en la primera década del siglo XXI fueron las guerras en Afganistán e Iraq, hoy asistimos a la invasión de Ucrania por parte de Rusia, con sus contrapartidas de subidas de precios en las materias primas y los bienes energéticos, lo cual ha espoleado una inflación que ya empezó a dar serios síntomas de subida a finales de 2021. Llevamos décadas hablando de un “nuevo orden internacional” y de una hipotéticas reforma de la ONU y de otros organismos y entidades supranacionales pero nada se ha hecho al respecto y continuamos con las mismas improvisaciones y actos voluntaristas y descoordinados cuando acaece una crisis de difícil resolución.
Cuando en estos días surge la preocupación y la inquietud por la crisis del Silicon Valley Bank, es inevitable recordar lo vivido en 2007-2008 cuando BNP Paribas empezó congelando tres fondos de titulización hipotecaria y, a partir de ahí, la desconfianza entre entidades financieras paralizó el mercado interbancario llevando ello, como hitos más significativos, a la crisis de Netbank en Estados Unidos y de Northern Rock en Reino Unido hasta desembocar en la bancarrota de las entidades hipotecarias norteamericanas Fannie Mae y Freddie Mac y del banco de inversión Lehman Brothers. Después, lo que sobrevino fue la “Gran Recesión” y la enorme crisis de la deuda pública que se extendió por todo el mundo. Ahora, en 2022-2023, la espoleta de la nueva turbulencia financiera ha sido, nuevamente, un hecho aparentemente menor y de impacto limitado como las quiebras de las plataformas de criptomonedas FTX y Silvergate. Sin solución de continuidad, se ha pasado a la quiebra de una entidad bancaria (la ya mencionada Silicon Valley Bank –SVB–) e, inmediatamente, el Gobierno estadounidense y la Reserva Federal ha tenido que tomar medidas con el fin de evitar el tsunami de un “pánico bancario” que ya se entreveía en forma de (posible) retirada masiva de fondos por parte de los clientes de las diferentes entidades: se han protegido todos los depósitos del SVB más allá del límite legal establecido, se ha intervenido otra entidad también con serios problemas de solvencia, el Signature Bank, y se ha abierto una “ventanilla” de financiación a toda la banca en la que serán aceptados como garantía bonos por su valor nominal a pesar de que su valor de mercado ha caído como consecuencia de las últimas subidas de tipos de interés. El parecido con lo ocurrido quince años atrás es verdaderamente estremecedor…
Lawrence Summers, quien fue Secretario del Tesoro de Estados Unidos entre 1999 y 2001 con Bill Clinton en la presidencia y, más tarde, rector de la Universidad de Harvard entre 2001 y 2006, afirmó en una conferencia en 2013: “¿Y si la economía estadounidense y por extensión la occidental no es capaz de crecer y crear empleo?¿Y si solo puede hacerlo a fuerza de crear burbujas con los consiguientes riesgos?”. Más allá de ser la opinión individual de Lawrence Summers, parece ser que ha sido el criterio de actuación de las autoridades económicas durante más de veinte años. Pero ¿es ello una actitud lógica y razonable?¿Hasta qué punto lo que expresa es la obsesión por mantener un orden socioeconómico que ya no da más de sí y la resistencia a introducir cambios estructurales en un statu quo desfalleciente? Lo que parece claro es que la permisividad hacia sucesivas burbujas no es un camino ni adecuado ni satisfactorio ni eficaz ni, mucho menos, responsable.