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LA BÁMBOLA

Ricardo Cavolo enciende a García Lorca

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
miércoles 15 de marzo de 2023, 20:10h

Lo hizo hace tres años con el Romancero gitano (Lunwerg, 2020) y ha vuelto a conseguirlo, el más difícil todavía sobre la arena de circo, el triple salto mortal: ilustrar e incendiar Poeta en Nueva York (Lunwerg, 2023). Ricardo Cavolo: pirómano de la belleza, artista total, dibujante nervioso, plástico de la risa en la cornisa a punto de tirarse al vacío, brujo de la tribu, constructor de amuletos y no libros, orfebre del talismán parpadeante y líquido, el mar en el libro con su lengua en cada página, el infierno rojo entre las pupilas sin ojos vivos.

Pere Gimferrer dio cuenta como nadie de los pasadizos secretos entre libros de un mismo autor: hay una senda oculta entre Ámbito y Pasión de la tierra en Vicente Aleixandre; entre Perfil del aire y Un río, un amor en Luis Cernuda; entre Marinero en tierra y Sermones y moradas de Alberti; concluye Gimferrer: “Elementos del Lorca de Poeta en Nueva York eran ya perceptibles en Romancero gitano” (todo esto lo cuenta en el prólogo a la Antología total de Aleixandre en Seix Barral hace mil años). Las transiciones, he ahí el enigma, algunas por ruptura de lo anterior pero otras por sabrosa continuación. Una golosina para la mirada crítica.

Poeta en Nueva York es un martirologio: el diálogo lorquiano con los demonios interiores, con la ciudad industrializada, con el progreso demente, con la sociedad moderna sin valores. Entra en la megalópolis por medio del surrealismo en vena, loquísimo, alucinado, alunado, amor y belleza, siempre justicia e injusticia al fondo del vaso, palabras llenas de colores, un símbolo en cada esquina. Nueve meses neoyorkinos donde un Lorca alejado de padres, de amigos y de su país quiere y no tirarse al vacío. Villena contó que es aquí cuando le manda cartas a Aleixandre contando sus orgías con negros. Puede que la luz sea semen, pero es mucho más folclorismo, ese mismo rechazado por Buñuel y Dalí. Una locura desatada.

Gimferrer citó mucho un verso: “Tu violencia granate sordomuda en la penumbra” (algo, sordo pero rojo, vive y se agita en la penumbra, que puede ser y no un negro haciéndose una paja al pasar por un portal). Verano de 1929, Lorca se hospeda en la habitación 617 del Furnald Hall, hotelucho modesto, con buenas vistas. La calle lo absorbe pero todavía más la negritud: Harlem, cantos y bailes que él teje con el canto jondo y no yerra, el hombre-pulga bajo la fascinación del rascacielos, el crecimiento industrial imparable, el monstruo del que no se cansa: “He dicho Un poeta en Nueva York y he debido decir Nueva York en un poeta”. Treinta y cinco poemas en diez secciones, donde al sesgo mete sus viajes a Cuba (por más negros) y otro Estados Unidos. Precariado y capitalismo, una antorcha en cada mano, lo iluminan todo. El último poemario atormentado, simbolista, cinematográfico, áspero y terrible.

Hierve ese poema (“Muerte”) dedicado a Isidoro de Blas donde glosa el esfuerzo del caballo por ser perro, del perro por ser golondrina, de la golondrina por ser abeja, de la abeja por ser caballo, del caballo por ser flecha que exprime el rosal, de la rosa por levantar su belfo, de las luces y alaridos del azúcar en su tronco vivo. El poeta es vigilia, alucinación, salón de nieve fría en el corazón de los negros, azul desierto bajo la mentira de la luna, arcilla del agua y arena en la milenaria saliva, la saliva toda de los negros, máquina de hormigón con la que se levantan los edificios y los cipotes, azul del gusano en la huella dormida, la lluvia bailarina en el merodeo, noche con y sin temor de día, desnudo del viento sobre el camello sonámbulo, nube vacía, gula por toda la hierba.

Un coral, una desesperación de tinta, una madeja de caracol donde las vueltas y vueltas sobre sí mismo son eternas, los marineros degollados en el río grande, la brisa de límite oscuro, el amor y su peligroso filo, el artista que es todo ojos y ojete, el mundo de las agudas velocidades en el gran ojo del culo, el poeta solo por el cielo y los vertederos, ese hormiguero vivísimo de monedas en el fango, un oso de agua en cada esquina cantando aleluya, la noche entera en el andamio de los arrabales, la sangre por la escayola de los proyectos, el parto de la víbora agitado bajo las ramas, toda la sed de sangre de quienes miran el desnudo, el cuello propio degollado por el hiriente filo. Los negros y el peligro. El río Hudson en cada lengua morena. Los morenos y Walt Whitman allá, sí, entre el East River y el Bronx, entre muchachos que enseñan sus cinturas, aceite, cuero, martillo y botas rotas.

Ricardo Cavolo (Salamanca, 1982) supera todas sus licenciaturas en Bellas Artes y enloquece en la hora mineral de la página a ritmo de Johnny Cash. El lápiz es un puñal. La letra es bala de metralleta. Así levanta su iconografía colorista de seres tatuados, leyendas húmedas y naturalezas fantásticas bajo toda la hoja arrugada del mundo. “Mi patria verdadera es el dibujo y la pintura, desde que tengo uso de razón. Con los años, también he aprendido que mi familia es mi otra patria, o quizá un continente entero donde se incluye mi patria del arte y alguna otra más, como la de la imaginación y al fantasía”, dice Cavolo. Un libro (tapa dura, página gruesa) que no duerme, viaja hacia delante, enciende las llagas, abre los ojos con tenazas, riega el musgo en las sienes, abre los escotillones para que brillen las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros. El paso resulta obligado: hay que pasar por Cavolo para llegar a Lorca. Ya sí. Ya para siempre. Guirnalda del llanto.

Diego Medrano

Escritor

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