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No cabe más debate nuclear

José Varela Ortega
viernes 17 de octubre de 2008, 02:21h
“El Presidente ha sido clarísimo”. Nos asegura la ministra de Medio Ambiente que, en efecto, el señor Zapatero, en su infinita sabiduría, ha decidido cerrar el debate sobre la energía en España. Precisamente cuando la sofocante dependencia europea de energías fósiles ha reabierto, no sólo la discusión –que desde luego- sino incluso la programación de nuevas centrales nucleares en países de nuestro entorno, en España, la ministra del ramo, hace votos por el acatamiento, la disciplina y el silencio. Oremus.

La ministra Espinosa guillotina la discusión amparándose en una autoridad del Presidente sobre el tema, desconocida entre los expertos e ignorada por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Personalmente, carezco de los conocimientos especializados en la materia que, a juzgar por la determinación de su postura, ha adquirido el señor Presidente del Gobierno español en este tiempo de lecturas sosegadas y profundas en la Moncloa. Es un hecho incontrovertible, sin embargo, que el asunto está sobre el tapete en todo el mundo Occidental. La diferencia está –es también un hecho- en que ahora se han sumado al partido pro-nuclear algunos de los ecologistas más serios y más preocupados por el problema del calentamiento global. No obstante, no es mi propósito entrometerme en un asunto sobre el cual -por más que me interese, en la medida que a todos nos afecta- nada original ni sensato soy capaz de aportar.

El objetivo de estas líneas se centra en manifestar mi estupefacción ante la postura intelectual del Gobierno español al respecto. Entiéndase bien, es perfectamente legítimo -y pudiera que hasta acertado- que el señor Zapatero propugne otras fuentes de energía alternativas a la nuclear que, por otra parte, pocos expertos defienden como única y excluyente. Lo asombroso –dada la angustiosa dependencia española de energías fósiles, una de las mayores y más caras de Europa- es amordazar la discusión. Lo insólito es este enfoque dogmático ante un problema, sea el que fuere. De modo tal que, siendo la cuestión energética uno de los tres o cuatro temas verdaderamente relevantes que tenemos planteados y teniendo la comisión de un error en la estrategia adoptada consecuencias negativas de enorme trascendencia, la actitud de grillete y candado a una exposición libre, abierta y desprejuiciada de este, y de cualquier problema, resulta infinitamente más preocupante para el progreso económico de nuestros países y para el desarrollo de una sociedad libre. Es además una postura incoherente en relación a los orígenes académicos de la izquierda española.

El libre examen tiene, como es sabido, un origen y contenido religioso, en relación a la postura protestante de libre interpretación de las Escrituras. Pero además arrastra, qué duda cabe, un fondo filosófico central para el desarrollo de una investigación científica secular e independiente: en este sentido, es una actitud filosófica para la libre búsqueda de verdades relativas, mediante la aproximación crítica a la realidad, el diálogo y la discusión. El libre examen implica la asunción de la duda y la posibilidad de error como consustanciales al pensamiento del hombre crítico y reivindica el derecho para todo individuo de preguntarse por todo, comprendidos él mismo y su entorno, cuestionando cualquier saber establecido y cualquier doctrina o idea que pretenda restringir preguntas, investigaciones o debates. Una postura, por cierto, que está en el origen de la izquierda académica española. En base a este enfoque de cuestionar libre y abiertamente la realidad, fundamento de toda investigación científica, se rebeló un grupo de profesores en 1875, opuestos a la pretensión del gobierno conservador del momento -representado por el marqués de Orovio, a la sazón ministro de Fomento- de regular enseñanzas e investigaciones, de acuerdo con lo que entonces se consideraba “la verdad social”; léase, el dogma católico, en aquellos tiempos, poco partidario de la biología evolucionista que impartía don Augusto González de Linares, un catedrático e investigador de la Universidad de Santiago.

Que el dogma ahora sea el de alguna secta de la tribu ecologista que da bien en los sondeos, no altera la ecuación intelectual. Desde ciertos puntos de vista, la clausura del debate y la apelación al dogma resulta tan intolerable hoy como ayer. Si acaso, la diferencia estribaría en que el dogma católico se fundamentaba en la supuesta inspiración del Espíritu Santo, una protección que es dudoso ilumine al actual Presidente del Gobierno. Pero hoy, como ayer el marqués de Orovio, la ministra Espinosa ha venido a encomendarse a la invocación dogmática ritual del oscurantismo y la reacción: Moncloa locuta, causa finita est.

PS: entre el Preámbulo al Estatuto de Cataluña –que habla de derechos históricos, en lugar de democráticos, y de territorios, en vez de ciudadanos- y esto del dogma político, por encima del debate científico, parece legítimo preguntarse a dónde esta llevando la “sondeocracia” a la izquierda española.

José Varela Ortega

Editor de EL IMPARCIAL

José Varela Ortega es editor de EL IMPARCIAL e historiador

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