El nuevo orden mundial dependió de Estados Unidos, y en 1945 los vencedores no repitieron las venganzas de 1919. Después, hubo errores, horrores, y como se ha afirmado muchas veces, el dominio norteamericano no fue un ejemplo de filantropía; pero contemplado desde este siglo XXI, cuando aparecen amenazas del pasado, Estados Unidos, sigue siendo una república, y todavía no se ha convertido en un Imperio, una degradación que se entiende a partir del ejemplo de Roma, según el reciente libro de Edward J. Watts sobre la decadencia de Roma, y subtitulado en español, “La clave para entender el mundo de hoy”(2023).
La extrema derecha, a diferencia de los años treinta, con la paz garantizada en Europa Occidental por Estados Unidos, desapareció como alternativa creíble al orden democrático liberal o representativo. La prueba del triunfo sobre la ideología del totalitarismo derechista, fue la aprobación en París, el 10 de diciembre de 1948, votada por la tercera Asamblea General de ONU, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Tras dos años de discusiones, con la guerra fría iniciándose, ese texto fue proclamado fundamental en la reunión de las naciones del mundo, aunque la Unión Soviética, Sudáfrica y Arabia Saudita se abstuvieron, porque no compartían las libertades individuales que la Declaración consagraba; España, dado su régimen derechista, no estaba aún admitida en Naciones Unidas.
Como un símbolo de la decisiva actuación de Estados Unidos en la derrota de las dictaduras de tipo fascista, Eleanor Roosevelt, la viuda del presidente F. D. Roosevelt, fue la ponente principal de la Declaración, y su personificación en todo el mundo.
Sin embargo, la Unión Soviética y el sistema comunista seguía siendo la alternativa absoluta a las democracias liberales, y que después de la Guerra Mundial, la influencia del poder político y militar soviético había aumentado, rivalizando con el estadounidense.
La guerra fría, la amenazante competición del modelo comunista contra el capitalista, se mantuvo durante décadas. Esa lucha encontró su final con el Acta Final de Helsinki, de 1 de agosto de 1975. Ese documento, considerado el “tratado de paz de la guerra fría”, fue redactado en los últimos días de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa, y que fue un precedente de los nuevos tiempos; se iniciaba la actual globalización, cuya singularidad fueron las comunicaciones digitales.
Los períodos históricos de la globalización serían los siguientes, dentro de los cuáles, en mi opinión, reaparecen los partidos de la derecha radical (distintos de los de la extrema derecha) aunque con características nuevas.
Un primer período, que podría denominarse “la globalización limitada”, se extendería desde la aprobación del Acta Final de Helsinki, de 1 de agosto de 1975, hasta el 9 de noviembre de 1989, fecha de la caída del Muro de Berlín, que precipitó la desaparición del comunismo soviético; en efecto, la globalización se mantuvo con esos dos sistemas sociopolíticos, aunque aquella globalización, reconocida por el Acta Final, fue el acta de defunción del comunismo, e incluso, la extinción de la revolución, como legitimación política de la época contemporánea (la época que vivimos, según mi pensamiento, es posterior a la época contemporánea, pero aún carece de nombre - la anomia-, una más de las incertidumbres o enfermedades actuales).
El segundo período, denominado “la globalización sin política”, que abarca los años de 1989 a 2008, se legitimó teóricamente con un argumento, según el cual, el desarrollo de la economía capitalista desregulada haría florecer sin más la democracia.
La crisis económica internacional de 2008, desmintió teorías que sostenían que a más libertad económica, más prosperidad para todos los individuos y las sociedades. Desmanteladas las políticas de seguridad social, que fueron la clave de los europeos Estados de Bienestar, creados después de 1945, las desigualdades sociales se fueron incrementando a partir de la imprevista crisis. Como escribió Tony Judt, refiriéndose a las consecuencias de la crisis de 2008, en su último libro “Algo va mal” (edición original de 2010), escribió que “La desigualdad es corrosiva. Corrompe las sociedades desde dentro.”
El tercer período, a partir 2008, estamos viviendo la “globalización detenida”, una época de retroceso del comercio libre en el mundo, con la vuelta al proteccionismo mercantil, pero con un auge desbocado de la economía financiera -“el capitalismo de ruleta”, según la definió el pensador liberal Ralf Dahrendorf-.
Eso supuso un aumento las desigualdades sociales, declive económico de las clases medias y destrucción del medio ambiente. En esas circunstancias, Estados Unidos declinó de sus obligaciones como eje de la globalización, algo que se comprobó durante la presidencia de Trump, y aunque después el presidente Biden corrigió esa orientación, tuvo que sufrir la derrota de Afganistán, perdiendo influencias en Asia, frente a China y Rusia.
En Europa, ese nuevo mercantilismo llevó al triunfo del Brexit en Gran Bretaña, y se está comprobando que los argumentos populistas del nacionalismo inglés, contrario a la Unión Europea (como idea cosmopolita y democrática), habían sido un “argumentario” puramente publicitario, facturado para ganar el referéndum de 23 de junio de 2016, sin respeto alguno a la verdad.
El historiador y periodista, Andy Beckett, en un artículo muy leído, titulado “The age of perpetual crisis”, describe la profunda crisis moral de Gran Bretaña, y termina su trabajo vaticinando que las cosas irán indefectiblemente a peor.
La Unión Europea parece que ha superado el trauma del Brexit, pero la guerra de Ucrania abre interrogantes sobre su futuro socioeconómico, pero sobre todo, por su futuro político; y esa incertidumbre es la causa del auge de la derecha radical, que lo mismo que su equivalente de la izquierda radical, obtienen, ambas, del populismo, una técnica para obtener el poder.
La derecha radical, a diferencia de la extrema derecha anterior a la Segunda Guerra Mundial, no es una fuerza revolucionaria, se adapta a los Estados constitucionales, aunque pretende limitar los derechos individuales, y la mayor parte de esa derecha, por la influencia de los republicanos radicales norteamericanos, se declara a favor de un capitalismo sin ninguna regulación, pero hay partidos de esa misma derecha, como la formación política de la señora Le Pen, en Francia, que siguen defendiendo el intervencionismo económico de los antiguos movimientos fascista, nacionalsocialista y nacionalsindicalista. Vox, que además es un partido defensor de la tradición religiosa española, tiene en este punto un dilema político: su equivalente polaco, el partido gubernamental Ley y Justicia, practica una fuerte intervención económica y un populismo que muchas veces choca con las normas fundamentales de la Unión Europea.
La Unión Europea tiene limitaciones para contrarrestar el argumentario populista. En realidad, mientras Estados Unidos, al menos, tiene, en este momento, el gobierno del presidente Biden, la Unión Europea es poco más que un reglamento.