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TRIBUNA

El odio al mérito

Jesús Carasa Moreno
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carasajesusgmailcom/11/11/17
https://www.jcarasa.com/
viernes 24 de marzo de 2023, 20:15h

Se admite que la envidia es el gran defecto español, pero yo creo que este sentimiento se confunde, en muchos casos, con el odio al mérito. Se me ocurre al considerar como tratamos a nuestros talentos, con los que somos desmemoriados, caprichosos, injustos, desagradecidos y… ”vengativos”. No los valoramos si no como reflejo del reconocimiento que reciben del extranjero y en la medida en que, por compatriotas, pretendemos compartir su triunfo.

Es una mezcla de amor-odio que los asturianos reflejan, certeramente en su entrañable “bable”: “Que guapu yes y cuantu me repugnes”.

Precisamente vivimos un momento de implacable acoso a los meritorios pues hemos dejado que unos fanáticos, charlatanes de sacristía “progre”, impongan su criterio al impedirles gozar del claroscuro inherente al ser humano y pretenden que todos seamos santos de su religión. Y condenan a grandes personajes, vivos o muertos, por romper, alguna vez, un plato, cuando ellos se arrogan el derecho de romper la vajilla entera.

He aquí algunos ejemplos que me buscan, últimamente, a mi.

Colón al que pusimos grilletes olvidando que nos había regalado un Imperio. Cervantes, nuestra más insigne pluma, al que, a todas horas, comparamos con el divino Shakespeare. Los que debían ayudarle, pagaron sus heroicas heridas de Lepanto, su cautividad y los miles de páginas que escribió, no se sabe cómo, con la vida miserable que le dieron, el abandono de sus restos y la desmemoria. Si, la desmemoria de ese libro que todos tienen, nadie ha leído y cuyo mensaje, claro como el agua, los farsantes se obstinan en ocultar; pues el libro nos dice que, en España, siempre manda el soñador, el inútil, el haragán, el mal administrador, el fabulador. Y el que obedece y salva los muebles es el hombre humilde, fiel, laborioso, previsor de las alforjas, pacífico y dispuesto a sacrificarse por su familia.

El gran Goya al que desterramos cuando, de genuflexo cortesano, pasó a pensar con su cerebro.

El “monstruo” Franco, del que queremos borrar que, entre “crimen” y “crimen”, puso a España en el siglo XX económico, llevándola del arado romano a la octava potencia económica del mundo. Y causó la desesperanza de algunos, al pretender alargar, indefinidamente, su vida, sabedor de que cada año, de ella, representaba un incremento del 7% del PIB, que solo Japón Y China han conseguido.

Hemos acabado con el trato indulgente al Rey Emérito que, a cambio de ponernos, por fin, en el orden político europeo, pretendió vivir, sus últimos años, “como un Rey”.

El gran Sancho, Adolfo Suarez, al que alterando el escalafón de los de siempre, le encargamos gobernar la “ínsula” España. Y lo hizo con el éxito con que Sancho gobernó la de Barataria. Los dos dimitieron, con gran dignidad y a sabiendas de que su momento era ocasional, después de demostrar que El Pueblo, cuando no hay más remedio, sabe gobernar mejor que nadie

Y de la infinita calderilla de los triunfadores actuales, que hemos condenado, por destacar “insolentemente” por su mérito, recuerdo, ahora, al gran Plácido y a la gran Monserrat. Al milagroso Emilio Botín, que convirtió su pequeño Banco, casi regional, en una potencia mundial, en ese excluyente mundo financiero. No olvidó nunca a su pequeña ciudad natal, que le paga con el olvido más sepulcral su desvelo por situarla en la imagen de todo el mundo. Al alquimista Amancio que convierte la tela en “tela” y al que odiamos por su discreción, su sencillez, su generosidad y por refregarnos que el mérito y el trabajo puede llevarnos, como a él, de la nada a ser el más rico del mundo.

Pero amigos, pronto acabará este problema si dejamos que estos justicieros pasen la guadaña igualitaria desde la cuna y nos lleven a ese mundo en el que ya no hay envidia… porque ya no queda nada que envidiar.

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