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INSTITUTO ESPAÑA

Entre académicos: presentación del libro Marcelino Menéndez Pelayo. El gran heterodoxo

Agapito Maestre con Octavio Ruiz Manjón y Andrés Ollero al finalizar la presentación.
Agapito Maestre con Octavio Ruiz Manjón y Andrés Ollero al finalizar la presentación.
José Luis Roldán
jueves 30 de marzo de 2023, 18:17h

La tarde del miércoles 29 de marzo fue presentado el último libro del filósofo español don Agapito Maestre: Marcelino Menéndez Pelayo. El gran heterodoxo. El evento tuvo lugar en el Instituto España, ubicado muy cerca de la antigua Universidad Central, donde Ortega impartió hace casi cien años su curso ¿Qué es filosofía? Este Instituto congrega a las diez Reales Academias nacionales, de las que son miembros los insignes pensadores que tuvieron la gentileza de presentar el libro en cuestión: don Dalmacio Negro, historiador de las ideas políticas y miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas; don Octavio Ruiz Manjón, historiador de la II República y miembro de la Real Academia de la Historia y don Andrés Ollero, ex magistrado del Tribunal Constitucional, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y secretario del Instituto España. No es de extrañar semejante fastuosidad académica si recordamos que el autor reivindicado en el libro, don Marcelino Menéndez Pelayo, fue miembro de la Real Academia Española, de la Real Academia de la Historia, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y director, durante catorce años, de la Biblioteca Nacional de España.

Tras la bienvenida y la presentación a cargo del secretario del Instituto, don Dalmacio Negro tomó la palabra. Su intervención no defraudó, fue tan sugestiva como nos tiene acostumbrados. La variedad de temas que consideró, todos en estrecha relación con los asuntos tratados en El gran heterodoxo, imposibilita que resuma aquí su discurso. Sin embargo, es preciso que destaquemos algunas de sus ideas. Cargó contra la leyenda negra al afirmar que en Hispano-América nunca hubo colonias, sino provincias, con ciudadanos que disfrutaban de los mismos derechos que cualquier nacido en España. De hecho, recordó que fue Menéndez Pelayo quien mostró que España fue mucho menos irracional y hechicera que el resto de países de Europa. Aunque don Dalmacio celebró el servicio a la verdad histórica de Marius André, autor de El fin del Imperio español en América, y de Julián Juderías, autor de La leyenda negra y la verdad histórica, recordó que fue Menéndez Pelayo el primero en combatir esta ideología apoyada en la historiografía francesa. De hecho, citó este clarificador pasaje de El gran heterodoxo: «Mostrar y desmontar el engaño de esa terrible ideología, que se desarrolla en España a partir de la llegada a España de la dinastía borbónica, son los objetivos centrales de la portentosa Historia de los heterodoxos españoles». Asimismo, don Dalmacio tomó en consideración una de las tesis más importantes del libro de Agapito, a saber: que las generaciones del 98, 14, 27 y 36 no supieron distinguir la crítica a la política de la Restauración de la crítica a la gran cultura de 1868, encarnada por don Marcelino, Galdós, Valera, Pardo Bazán y Cánovas, entre otros muchos. Dalmacio, siguiendo la corrección que Zubiri hizo a Aristóteles, afirmó que el hombre no es un animal político, zoon politikón, sino un animal histórico. El estro de la obra de don Marcelino es la reivindicación de una tradición creadora, de un pasado que actúa sobre nosotros en el presente. De hecho, criticó la conferencia Vieja y nueva política, pronunciada por Ortega en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1914, ya que ahí se aprecia un claro intento por empezar de cero, por hacer tabla rasa en la historia. Don Dalmacio Negro, al final de su discurso, calificó El gran heterodoxo de ‘despertador de conciencias’, en la medida en que ahí se reivindica una lectura amena, con una mirada limpia, de la que es por excelencia la obra despertadora de la conciencia nacional.Agapito Maestre y Dalmacio Negro

Octavio Ruiz Manjón destacó la finura literaria, el sentido estético y la profundidad filosófica que caracterizan a El gran heterodoxo. El miembro de la Real Academia de la Historia también hizo mención a la tesis sobre el desprecio que padeció la generación de 1868 por las posteriores generaciones intelectuales y precisó, muy acertadamente, que los de la Restauración no se sintieron apelados por el Desastre del 98, sino que fueron los jóvenes de la generación del 14, como Ortega, quienes prestaron más atención a esta pérdida. No obstante, la mayor parte de la intervención de don Octavio se centró en elogiar otro libro de Agapito Maestre, recientemente reeditado: El fracaso de un cristiano. El otro Herrera Oria. El historiador explicó a los presentes que los de su generación accedieron al estudio de la II República a través de los diarios de Azaña, ya que los de Alcalá Zamora y Diego Martínez Barrio no eran accesibles. Reconoció que su acercamiento a la II República fue muy ‘azañista’. Sin embargo, don Octavio confesó que tomó conciencia de tal sesgo cuando leyó en El fracaso de un cristiano que no se podía ignorar a aquella parte de la nación española que no era azañista; era preciso comprender la España que había sido ignorada.

Finalmente, Agapito Maestre tomó la palabra y comenzó su intervención con el humor que le caracteriza. Celebró que alguien como él, tan ajeno al mundo académico, sea invitado al Instituto que agrupa a las diez Reales Academias nacionales. El filósofo español sostuvo que sólo la cultura de la generación de 1868 puede ser equiparada con la del Barroco español. Consecuentemente, si no recuperamos a alguien como don Marcelino, quizá el máximo exponente intelectual de la Restauración, entonces nos hallaremos en la grave situación de haber perdido las líneas de continuidad entre aquella rica cultura y la nuestra, cada vez más famélica. Y es que no se trata simplemente de trabajar por establecer una tradición cultural que llegue hasta nosotros, sino de recuperar la obra del santanderino para, como dijo Valera, recuperarnos a nosotros mismos; solamente conociendo el pasado que actúa sobre nosotros sabremos quiénes somos y estaremos en condiciones de saber quiénes queremos ser. Agapito señaló que si bien las generaciones posteriores a la del 68 hicieron daño a de Menéndez Pelayo, especialmente la del 36 al buscar en su obra justificaciones ideológicas, es en nuestro tiempo, en plena democracia, cuando más daño se le ha hecho, al tacharle de rancio conservador o, peor, directamente proscribiéndole. No obstante, el profesor Maestre afirmó, al final de su intervención, que su finalidad con este libro era transmitir entusiasmo por la obra de Menéndez Pelayo, algo que el propio santanderino siempre hizo con aquellos a los que criticaba.

Finalizada la presentación, se vendieron y firmaron ejemplares de El gran heterodoxo. También se formaron corrillos entre los allegados de Agapito, como Gabriel Albiac, Ignacio Gómez de Liaño, Alfredo Arias o Luisa Grajalva, en los que se intercambiaban, como muestras de sincera amistad, felicitaciones y agradecimientos. De entre los asistentes a la presentación, quien destacó más fue un hombre sentado en última fila. No llamaba la atención por su impoluto traje beige, ni por su perilla perfectamente recortada. Académicamente era anónimo. Sin embargo, la mayor parte del público giró sus cabezas hacia el fondo de la sala cuando Agapito celebró la presencia en el evento de

Ángel Cidad, conocido como el Brujo de Villahizán. Resulta que ese trasunto literario de El gran heterodoxo, ese Sancho que acaba convirtiéndose en filósofo, aquel Gabrielillo galdosiano que va madurando en la conversación con Agapito sobre Menéndez Pelayo, ¡era real! Como indicó muy acertadamente Alfredo Arias, aquel encuentro entre autor y personaje fue un inesperado homenaje a Niebla, de Unamuno, donde Augusto Pérez se encuentra finalmente con su creador.

Al salir del Instituto de España la solemnidad, la pompa y el boato de la academia se esfumaron y comenzó a fraguarse, en la taberna ubicaba enfrente, el calor, el afecto y el regocijo propios del coloquio de unos buenos amigos –entre los que se contaba a Agapito, Alfredo y Ángel– en torno a unos vinos. Si por la tarde representamos La escuela de Atenas, de Rafael, por la noche encarnamos El triunfo de Baco, del gran Velázquez.

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