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TRIBUNA

Teclas mayúsculas

lunes 03 de abril de 2023, 20:11h

Por principio suelo dejar de leer un libro, un artículo, o un trabajo que me envían para su evaluación cuando veo que se escribe con mayúscula todo lo que le parece muy importante al redactor, ya sea, Pata, Mata o Patata, porque donde no hay mata no hay patata. Los tales parecen alemanes de pura cepa.

Este endemismo de los que así se comportan se convierte en una pandemia cuando se trata de cuestiones de religión, donde todo escrupuloso mayusculiza términos como Cruz, Resurrección, o Sacramento. Es para ellos una forma de alcanzar la salvación comulgando los primeros viernes de mes, o de evitar al menos la condenación que fulminaría a quien no mostrase su fidelidad a la Causa humillándose ante lo por decreto mayusculizado por cualquier Conferencia Episcopal, clériga o laica. De supersticiones rituales y de bulas papales está el mundo lleno. Lo que Usted mande.

Esto ocurre también en sentido contrario, a saber, cuando los que se creen Dios escriben sus Propios Nombres Propios, como si el escupitajo arrojado al cielo no cayera sobre sus propias bocas aún abiertas sin adoptar la forma de maná vitamínico para la travesía del desierto. ¿Quién escupe tan alto como Yo? “Nadie como Yo”, responde el endiosado Lucifer que ha olvidado su anterior condición de Luzbel.

El Tonto Emocional, del signo que fuere es Mayusculísimo: “Aquí aprendí las Verdades Verdaderas. Más Auténticas que Cualesquiera Otras. También aprendí Lo Que No Se Debe Enseñar A Nadie Porque Es Un Secreto. El Tonto Emocional adorna todas sus Idioteces Iniciales con Mayúscula. Él está siempre ahí para definir su Mensaje, por supuesto dentro de Mis Humildes Limitaciones, que son Mayúsculas Augustas. Su cerebro se aloja en su Corazón, que siempre tiene overbooking[1].

A decir verdad, esta confusión o dislexia de teclas tiene difícil curación. El estresado, el amigo del yo menos tú más, también se comporta como un Perfectus Detritus fracasado en el arte de la elegancia, ya que hasta la fecha no ha sabido acostumbrarse a escribir su nombre en su real tamaño, que es el de las letras regulares, intermedias, ni siquiera minúsculas como los toreros enanos, y menos aún en letras universales, que son las adecuadas a la cosa: he ahí las causas pequeñas que se traducen en magnos éxitos, falsas modestias y demás familia. Son las unas mayúsculas fracasadas; las otras, minúsculas enquistadas.

Ni qué decir tiene que junto al Tonto Emocional Mayúsculo existe el Tonto Racional Mayúsculo, que defiende un racionalismo que llegó a escribir: “Si será importante el concepto de razón en Kant, que siempre lo escribe con mayúscula”. Y si eso hizo Kant, por qué no lo voy a hacer yo.

El tamaño de las mejores gentes vive de la talla generosísima de los gigantes sobre cuyos hombros ellas se asientan. ¡Qué elegantes son nuestros portentosos gigantes porteadores sin reclamarnos derechos de talla, gustosos incluso de engrandecernos sobre sus poderosos hombros! Nosotros, los normalitos incluso en lo anormal, nunca pagaremos sus servicios lo suficiente, por mucho que, alegres sobre sus omóplatos, reconozcamos como enanos parásitos su generosidad. Imposible mejorar la atalaya privilegiada de quienes merecen el tamaño mayúsculo de los héroes y el minúsculo de los santos.

Pero así es la rosa. Por más que de verdad queramos la mayoría pedir perdón por esa usurpación, algo endemoniado dentro de nosotros nos empuja incesantemente al pavoneo, a los simulacros que al fin y al cabo constituyen la causa de nuestras aflicciones más humillantes y del hastío de egolatría sin fundamento. Cuando me calzo guaraches pequeños, me estallan; cuando pantuflas gigantomáquicas, tropiezo como un beodo a quien su mujer le espera con el rodillo detrás de la puerta.

Qué difícil resulta dar con la tecla de nuestra talla. Tendremos que abandonar las tallas demasiado grandes y las tallas excesivamente pequeñas. Voy a ver si me encomiendo a santa Tecla.

[1] Maronna, I y Samper, D: El tonto emocional, Editorial Temas de Hoy, Madrid, 2003, pp. 79, ss.

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