De Lepanto a amigo preferido
sábado 18 de octubre de 2008, 18:45h
La reciente decisión de Zapatero y Recep Tayyip Erdogan, primer ministro turco, de elevar el rango de las relaciones entre ambos países con cumbres bilaterales con periodicidad más o menos anual como las que España ya mantiene con Italia, Francia, Alemania, Portugal, Polonia y Marruecos, es acertado y muy apropiado en este año que marca el doscientos veinticinco aniversario de las relaciones diplomáticas entre los dos países. El apoyo activo de Zapatero a la adhesión de Turquía a la Unión Europea – continuando la política de Aznar – es uno de los aspectos más constructivos de su flaca política exterior. La única cosa que falta ahora para consolidar las relaciones entre los dos países en un primer nivel es convencer a la Real Academia Española para que quite el término “cabeza de turco” de su diccionario – término que data de la época cuando los Imperios otomano y español eran adversarios, y el turco era el chivo expiatorio de todo lo malo que ocurría en España, si no en el mundo. Ya es hora de cambiar la expresión y buscar otra cabeza –por ejemplo, ¡la de algún banquero de Wall Street!
Estuve contemplando lo injusto de este término hace poco, cuando almorcé en la bodega de González-Byass en Jerez de la Frontera como miembro del Jurado para elegir a los nuevos Embajadores Honorarios de la Marca España. Muchos de los enormes barriles a mi alrededor llevaban el nombre “Lepanto” – uno de los orgullos de esta empresa – y emitían un aroma delicioso.
Otra palabra de desprecio (poco común) es decir turco en vez de tacaño. En mi experiencia de los dos países, los turcos son tan generosos como los españoles.
A pesar de ser países muy diferentes, empezando por la religión, existen numerosas similitudes entre ambas naciones. Ambos están situados geográficamente en sendas penínsulas en los confines del Mediterráneo y controlan estrechos estratégicos. En la antigüedad, Anatolia e Iberia estuvieron bajo el dominio del Imperio Romano y tras el surgimiento y difusión del Islam los árabes comenzaron a llamar a la puerta de ambas penínsulas. Las derrotas de la armada otomana en Lepanto en 1571, donde Miguel de Cervantes perdió el uso de su brazo izquierdo, y de la armada invencible española en el Atlántico en 1588 por mis compatriotas, constituyeron un punto de inflexión en la historia de ambos imperios.
Más recientemente, ambos países han tenido economías fuertemente basadas en la agricultura y en políticas económicas autárquicas; ambos han tenido migraciones internas masivas, ambos fueron reclutado por Estados Unidos durante la Guerra Fría por razones geoestratégicos y albergaron bases militares – en 1952 en Turquía y en 1953 en España - y ambos han “exportado” centenares de miles de sus ciudadanos a Europa. Los turcos empezaron a llegar a Alemania como “trabajadores invitados” más o menos al mismo tiempo que los españoles. Los dos países se unieron a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico en 1961, Turquía como miembro fundador. Ambos tienen problemas en contener nacionalismos minoritarios, en el caso de Turquía los kurdos y en el caso de España vascos y catalanes. (Por cierto, la lengua vasca es más cercana a la lengua turca que al español). Ambos tienen grupos terroristas: en España ETA y en Turquía el PKK. Y, por último, por no alargar la lista, el llamado kulturkampf ha existido en ambos países entre tradicionalistas (que defienden el status quo) y reformistas –en España entre clericales y anticlericales y en Turquía entre laicistas e islamistas. Y continúa aún en grados diferentes en los dos países.
No quiero exagerar las similitudes porque hay una diferencia crucial entre los dos países: uno es católico y el otro musulmán. Sin embargo, como dijo Andrew Mango, biógrafo de Mustafa Kemal Atatürk (al igual que Franco, un militar dictador pero, a diferencia de éste, gran reformista y visionario), lo esencial no es tanto el dogma religioso cuanto “la influencia de la religión en la cultura de un país”. Dadas estas similitudes, ¿sería válido para Turquía el ejemplo del proceso de adhesión de España a la Unión Europea? Esta pregunta es demasiado compleja para responderla adecuadamente en esta columna, pero lo llamativo es que, al igual que ocurriera en España, el proceso para su integración en la Unión Europea está cambiando el país a un ritmo veloz.
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Escritor
WILLIAM CHISLETT es escritor y colaborador del Real Instituto Elcano
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