Afirmamos que el ser humano es un animal racional. Y consideramos que esos dos adjetivos calificativos, humano y racional, tienen una carga positiva que nos distingue de los demás animales.
Pero, si admitimos ese sentido positivo, es difícil calificar de racional a un ser cuya historia es la continua masacre de unos contra otros, culminada con las tres guerras mundiales, frías o calientes, del siglo XX. Y de humano al que ha hecho, como norma de convivencia, la tiranía y la explotación de unos sobre otros.
Las evidencias sobre la evolución de las especies nos sitúan en el grupo de los homínidos, con los simios como parientes cercanos o ancestros. Y como ellos, las distintas razas humanas han tenido y tienen sus características y sus instintos. Y aceptamos la definición de instinto como “el móvil atribuido a un acto, sentimiento, etc…que obedece a una razón profunda, sin que se percate de ello quien lo realiza o siente”.
La vida individual, como racionales que pretendemos ser, es la lucha constante entre la razón, que nos dice cómo debemos obrar, para el bien propio o comunitario y nuestros instintos que nos atraen a lo más placentero, aunque, demasiadas veces, ello acabe en nuestro perjuicio.
Lucha en la que el ser humano necesita fuerte ayuda para no perderse en la barbarie. Ayuda de una religión, de la educación constante, de la referencia familiar y social y de los métodos coercitivos. Y ayuda de unos personajes excepcionales que entregan su vida, demasiadas veces en sentido literal, en la siembra de doctrinas que atraen al hombre a la razón y pretenden alejarle del instinto.
Y necesita ayuda en la lucha más enconada de todas, la que se libra en el terreno del mando de las sociedades en las que vivimos pues, después de tantos siglos, no logramos salir del ancestral sistema del macho dominante que logra, por la fuerza, el control de su tribu. Quizá el instinto de poder y de mando sea el más poderoso de todos. La droga más dura.
Es una lucha tan arraigada, en el ser humano y tan perturbadora para la sociedad que, durante siglos, se ha querido conceder el derecho, en el mando, a monarquías hereditarias, como fórmula de lograr continuidad pacífica e impedir que cada relevo se convirtiese en una guerra fratricida. Con insinuaciones incluso a la designación divina y al tinte azul de su sangre.
Es el logro del derecho dinástico que, a pesar de su arraigo, se ha visto asaltado, demasiadas veces, por la aparición de nuevos machos dominantes, cuyo irrefrenable instinto de poder, les lleva a convertirse en nuevos tiranos. Y, como ya sabéis, los hemos tenido y los tenemos, que arrasan cielo y tierra por conseguir su propósito.
A la vista de que no asegura la irrupción de estos asaltos, el sistema monárquico se ha desacreditado y ha desaparecido quedando, en algunos países, la tradición ceremonial como reliquia de continuidad.
Y tenemos ahora, a parte de la humanidad, ensayando el sistema democrático como nuevo baluarte de contención ante el asalto del macho dominante, aspirante a tirano de la tribu. Baluarte que ya ha sufrido algunas sangrientas perforaciones que hacen temer que tampoco este sistema es defensa suficiente.
Pero asistimos a una novedad. Ahora, el asalto al poder se lleva a cabo masacrando, no los cuerpos, si no las mentes, con técnicas de sectarización que, también antes se utilizaron, pero que, con las nuevas vías de comunicación, permiten una más eficaz invasión del territorio individual.
Amigos. Son odiosas las tabarras que tenemos que soportar pero, a la vista de las carnicerías del pasado y de las que vemos en otros países, habrá que considerarlas un avance. Por lo menos mientras “la sangre no llegue al río”. en sentido literal, como antes.