En estos meses recientes, a cuentagotas se han publicado distintas noticias relacionadas al espacio exterior. Como sí sospecho que no estamos solos, mas no imagino cómo serán otros seres que pueblen esa inmensidad, destaco mejor cosas más agradables y fascinantes como las misiones proyectadas a la Luna, más los sonidos indescifrables, pero intuidos de ser ráfagas rápidas de radio (FRB) que nos llegan desde la lejanía -pongamos años luz- o esas notas de los asteroides desviados para no colisionar con nuestro planeta, cada uno anunciado como un choque fulminante contra nuestra casa y cada vez, pareciera que son pedruscos de una dimensión cada vez mayor. Y esas misiones tan interesantes como la de Juice o las alineaciones planetarias o cuando en el firmamento vemos fulgurantes luceros que son Júpiter o tal, saludándonos. Eso es bonito. Así como las siempre intrigantes observaciones sobre agujeros negros antes no vistos o las modificaciones a la forma o silueta, digamos, de galaxias tales como Alfa Centauro, cuando se afirma que ya no es como solía ser dibujada.
Tal despliegue de maravillas, unas más que otras, siempre nos advierten que, en efecto, la curiosidad del Hombre no cesa ni está encenagada, sino que, muy al contrario, el ojo humano sigue mirando al infinito buscando respuestas; amén de constatar que el espacio sideral está vivo o, al menos, no es estático. Y claro, siempre nos queda el gusanito por saber si habrá más seres inteligentes en esa extendida imponencia que es el infinito y si nos topamos con ellos, nos preguntamos y apenas si dilucidamos, qué nos sucedería de producirse tal encuentro. Porque... el que busca, encuentra y llevamos décadas buscando que nos encuentren. Ahí tiene usted las Voyager I y II en su periplo heráldico de nuestro mundo, lanzadas hacia la vastedad del universo. Eso me inquieta.
Y sumando a este repertorio de sucesos, me llama la atención la proliferación de comunicados sobre posibles avistamientos de ovnis y de alusiones a encuentros con alienígenas. La cascada de notas me genera la percepción de que no tiene precedentes. Se desmienten y tal, pero es llamativo que pululen. Destaco, igualmente, que a cada desmentido se siembre la duda del "posiblemente", del "no confirmado", del "pudiera ser" y ya no del "no" rotundo y no se dice como antes. Como si algo rondara en el ambiente y nadie se atreviera a certificarlo de una vez por todas. Y que cada cual se avíe con lo que tenga a mano para ni consumir infodemia y erosionar la legítima curiosidad en tales temas.
He aludido a la posibilidad de que existan otros seres inteligentes, a eso que unos denominan como "vida inteligente", y otras personas simplemente, se conforman con llamarla "vida extraterrestre"; y los más aprehensivos, y me sumo, la denominamos como vida alienígena, refiriéndose a ciertos seres con capacidad de desplazarse y no, no me entusiasma encontrármela. Descarto que sea físicamente como nosotros, ni de manera remota, y que viva en ciudades ultramodernas poseyendo orejas puntiagudas y platillos voladores. Eso es describir "marcianitos" y al hacerlo, partimos de nosotros mismos y de nuestras más conocidas utopías para pergeñarlos; y yo supongo que la cosa no es tan inocente, en caso de haber vida alienígena. Para mí es otra cosa que no es medible con nuestros parámetros. Y luego está eso de la abducción.
No sé si la Humanidad está preparada para un avistamiento que redunde en acercamiento y contacto directo documentado con la vida alienígena; y que sí sea serio y verificable y sostenerlo como comprobable. No sé si está tan entusiasmada por conocer vida alienígena. Hacemos intentos por lograrlo. Aseguran muchos, que sí existe ese contacto, que es recuerrente, que han visto sus transportes e inteligido sus mensajes, si no es que a ellos mismos y que vieron o interactuaron con ellos. Stephen Hawking -lo cito, pero nunca fui su fan- al tiempo que hablaba de colonizar otros mundos para huir de este, un planeta agotado, no le entusiasmaba toparse con "aquellos". Me sucede igual.
Eso de llamarla vida inteligente desde nuestra palestra o nivel de entender las cosas suena muy sobrado, soberbio; vamos, inteligencia definida según quién. ¿Nosotros vamos a decir qué es y qué no, la vida "inteligente"? ya perdimos, entonces. Si solo hay que ver cómo tratamos a este planeta.
Si Artemis deparaba maravillas y el James Webb ya nos ha adelantado espectaculares imágenes, la Artemis 2 -poniendo el acento en qué clase de seres humanos la maniobrarán, que si va mujer, que si tal...- promete lo propio y tenemos esta otra, la misión del "Juice" dirigida a Júpiter a explorar los océanos congelados de tres de sus 95 lunas. Europa, Calisto y Ganímedes. Espero que la Agencia Espacial Europea no haya escogido Europa solo por una simple asociación de ideas. Y, sí, otra vez buscando agua y el origen de la vida conocida, en otros parajes para inferir similitudes, para colegir datos que abunden en identificar semejanzas y a la postre, posibilidades que redunden en oportunidades para nuestra especie en plan satisfactor de necesidades, ya sea desde la Tierra o dirigiéndose a poblar otras latitudes. Todo se andará. Y recordemos que la NASA no es la única institución que protagoniza el avance en la carrera del espacio.
Así, pues, tantas veces y de múltiples formas nos hemos preguntado si estaremos o no, solos en el universo. En tantas otras ocasiones hemos minimizado la probabilidad y tantas otras al dirigir nuestra ávida, perspicaz, incrédula e insaciablemente curiosa mirada al firmamento, constatando la amplitud infinita de aquel, nos orilla a preguntarnos: ¿tendremos siempre la temeridad de descartar esa vida inteligente o estaremos dispuestos o capacitados a interactuar con aquello que nos es ajeno a nosotros mismos? Cuando el Pentágono ha desmentido que ande merodeando una nave nodriza, aunque no se descarte la posibilidad, otra vez nos tropezamos con ese "no, pero sí", de manera tal que la pregunta anterior queda en el aire sin respuestas contundentes.
Pues bien, entre que sí son peras o manzanas, la siguiente vez que preste usted atención al firmamento, disfrute el panorama que ofrezca a simple vista, máxime si gozara de un atardecer o de una noche despejada. Y lo demás, que no le apure ni le acongoje, si cabe. Y pregúntese: ¿qué nos falta por ver?