En Por qué odiamos. Un viaje a la raíz del conflicto humano, el filósofo y escritor británico Michael Ruse nos presenta una interesante paradoja que sirve de punto de partida de la obra: si somos seres sociales, ¿por qué nos odiamos unos a otros? Con una revisión sobre la influencia que diferentes hechos históricos tuvieron en su vida, como la recién terminada Segunda Guerra Mundial, el recuerdo y las consecuencias no superadas de la Gran Guerra, el Holocausto o la discriminación racial en EEUU, junto con otros tipos de segregación a diferentes minorías o el maltrato a las mujeres, el autor inicia un recorrido por el origen del odio, desde sus más diversas perspectivas.
Ruse, buen conocedor de la figura de Charles Darwin, y defensor de la conciliación de las teorías darwinistas con la fe cristiana, aborda, en sus primeras páginas, un repaso por las teorías evolucionistas y su relación con las capacidades de relación de los seres humanos: “Aceptamos con Darwin que la clave para el éxito evolutivo es adaptarse, y la adaptación crucial para el éxito de los humanos ha sido nuestra sociabilidad […]. No somos tan fuertes ni tan rápidos ni tan fieros, pero somos muy buenos en llevarnos bien con nuestros semejantes”, explica el autor (pág. 27).
Buscando respuestas a los motivos que pueden justificar la naturaleza conflictiva del hombre, esto es, la que parte de reconocer su bondad al mismo tiempo que su capacidad odiosa, convierte esta máxima en una de las principales ideas que sobrevuelan todo el libro. Así, recuerda que “si tomamos en consideración la biología para saber más sobre nuestra naturaleza social, considerémosla también para saber más de nuestra naturaleza satánica. La respuesta llega enseguida. Tal y como Charles Darwin nos contó, la vida es una pugna, y quien gana se lo lleva todo. En un mundo de genes egoístas, el ganador gana y el perdedor pierde, así de sencillo” (pág. 29), comenta Michael Ruse.
Esta anatomía por los orígenes del odio se basa para Ruse en dos aspectos principales: la guerra y el prejuicio, entendiendo estos como una extrapolación del odio a nivel grupal y a nivel individual.
Los dos primeros capítulos tratan sobre la naturaleza y las causas de la guerra y el prejuicio y de cómo, según evolucionaron las adaptaciones, resultaron inadecuadas para las nuevas circunstancias, dando lugar a los conflictos. Los dos capítulos siguientes, junto al capítulo final, abordan la guerra y el prejuicio desde de un punto de vista más relacionado con la cultura (la filosofía, la teología, la literatura, entre otros) como modo de complementar la visión más natural de las mismas.
Así, hace un repaso por la cultura del prejuicio que se encuentra basada, según la ciencia, en un proceso formado por dos partes: una positiva y otra negativa. Es decir, por un endogrupo y un exogrupo. Un endogrupo que nos ha permitido confiar en la cooperación en vez de en la fuerza y en el aprendizaje social por encima del instinto. Por otro lado, el exogrupo, las personas que amenazan la armonía interna y la estabilidad de la tribu (pág. 157). Esta cultura del prejuicio la sufren principalmente los extranjeros, las clases trabajadoras, los no blancos, los creyentes, los discapacitados, los judíos o las mujeres, según el análisis del autor.
Y en la base de todo ello, como bien apunta Ruse, la ignorancia es el factor principal. “La gente tiene prejuicios contra otros porque los consideran de manera objetiva inferiores y/o una amenaza, y eso rara vez es así; y si lo es, no es impermeable a una rectificación cultural” (pág. 213).
En este sentido, la conocida película de 1967, Adivina quién viene a cenar esta noche, termina con un monólogo impagable del genial Spencer Tracy sobre este tema: “Debéis ignorar a esos pobres diablos o compadecerlos porque son esclavos de sus prejuicios, fanatismos, ciegos odios y estúpidos miedos y cuando llegue el caso debéis uniros el uno al otro estrechamente desafiando a esos mentecatos. Cualquiera podría poner un montón de objeciones acerca de vuestro matrimonio pero la réplica es tan sencilla que no se atreverán a ponerlas.”