Hay un cuadro de Tintoretto que me fascina, se llama La creación de los animales y en él aparece Dios representado como si se tratase del juez de salidas de una carrera de atletismo, dando paso a las diferentes especies: aves y peces avanzan por la pista, pero el unicornio aguarda su turno. Es bien sabido que el pistoletazo de salida de Dios es la palabra. Entonces, ¿el unicornio no la ha oído o el juez se ha despistado?
Tenemos una tercera opción más plausible: esos seres no corrieron las finales, que se jugaban en lo real. Esto, claro, es una hipótesis: la fantasía son todas aquellas cosas que no se clasificaron para competir en lo real. Las que sí lo lograron cumplían con el canon; un canon es una regla o, casi mejor, la vara de medir (κανών = regla | kanna = caña), como cuando eras pequeño y no dabas la talla para montar en el Dragon Khan. Una regla de lo real es, por ejemplo, el principio de no contradicción; así, el círculo cuadrado, el decaedro regular, el zombi o la mujer-araña quedaron excluidos. En la poesía lo llamamos oxímoron: «la música callada, la soledad sonora». El oxímoron recrea la lógica infantil: «no es posible», dice; «verás como sí», le responde. La fantasía es, por tanto, altamente política, pues permite pensar con otra legalidad, una que inaugure otros futuros posibles; con ella, nos regulamos.
Ahora bien, la fantasía es ilegal, aunque no alegal. Para funcionar ha de infectar a lo real en sus pliegues, como si este fuese un bulldog y ella se escondiese entre sus lorzas; debe pasar por el mundo sin hacerse notar y ha de ser exacta (exactus = preciso, puntual), por eso Batman funcionaría muy mal en Juego de Tronos, y Sherlock Holmes en Star Wars tres cuartos de lo mismo. No resulta creíble, mucho menos confiable. Para que la fantasía sea exacta tiene que ser realista (volvemos al oxímoron): sus producciones, lejos de presentársenos como arbitrarias, están atravesadas por leyes inmanentes. Ciencias exactas, fantasías exactas: buscan su verdad. Galileo presupuso un mundo sin rozamiento; eso es un oxímoron, uno tremendamente productivo para la física y, digamos, coherente, por lo que cabe catalogarlo como una «fantasía exacta».
Ojalá, en mi postrer día, el ángel (¡oxímoron, fantasía!) me reciba con aquellos versos del Auto da barca do inferno de Gil Vicente: «Pera vossa fantesia / mui estreita é esta barca».