Puede que los que empiezan y prosperan piensen que es algo bueno hacer las cosas a su manera, sin tener que soportar el continuo reconocimiento, la referencia constante; pero el tiempo nos acaba por descubrir, a todos, que la independencia no está hecha para el hombre y sus obras, que éstas valen solo para un rato, que no nos llevan a salvo hasta el mismo final.
¿Qué ha pasado para que aquellos estados llegados con su legado desde el Este, pero no desplazados, al ampliarse de un golpe la Unión, pese a ser individual la adhesión, no hayan fructificado como se había estructuralmente previsto, de modo que no se acomodaron en ese tránsito mecánico a occidente a estar unidos a partir del mercado?
O inversamente ¿es que era otra la esencia de aquella experiencia radical transnacional de cesión de autoridad, no como se nos aparece ahora trivial sino de una pura continua naturaleza evolutiva y menos como un cambio de arriba a abajo ligado a un momento dado? Y la fórmula elegida ¿es que entonces tampoco era universal?
Con el mercado más la política para compensarlo cuando fuera necesario, el mecanismo funcionaría se preveía de forma totalmente efectiva, si bien después la práctica ha truncado esa expectativa y demostrado que tenía una caducidad imprevista y un ámbito especifico en el pasado.
Su aplicación resultó, pues después, limitada y a los pocos momentos constatada que solo llegaba hasta el borde fuese en otra era tan preciso donde quedar apenas sin lugar para impostar la libertad de circular los factores de la producción. Y Europa, mientras tanto, a caballo sobre los accidentes geográficos.
Nadie estaba dirigiendo el mecanismo ¿para qué? si como es sabido funciona por sí mismo; solo había que ponerlo en marcha e invertir. Tampoco había mentores ni referencias externas y no digamos cataclismos, solo el vacío y el optimismo. Negados quedaron los entremetidos por el ineficiente sistema programático más que por puro voluntarismo.
Eso es lo que muestra el escenario trazado y denotado. Se trataba de enfrentar predicciones e intenciones a ambos lados tras la retórica con pretensión de homogeneización, pero el camino luego no ha sido de tanto recorrido
Y la filosofía prendida en aquella singularidad organizativa que tanto decía como imitaba ¿de ella cuál ha sido el sentido preterido? Por instinto conocemos antes lo que nos había concedido que lo hacemos ahora por razones escasas.
Ha dicho el embajador de China en Francia que los antiguos estados europeos de detrás del telón de acero no tienen un estatus efectivo en el derecho internacional y nadie le ha respondido a eso ni bien ni mal. Dice que no hay un tratado que materialice jurídicamente, si es que jurídicamente se puede materializar, que fuesen estados independientes.
El alto representante para asuntos exteriores y política de seguridad de la Unión Europea, Josep Borrell, ha calificado de inaceptables esas declaraciones y ha dicho que “solo puede suponer que no representan la política oficial de China.”
El nombre de Europa apareció por primera vez en un himno homérico designando una parte de Grecia para diferenciarla del Peloponeso y de las islas del mar Egeo. Heródoto decía que Europa era asiática y que jamás estuvo en la tierra que los griegos llamaban así. Para Esquilo Europa designaba el territorio que estaba situado al occidente de Asia.
Al final la relación continental no viene como conviene en un convenio sino que se acaba por imponer ella misma directamente por decantación desde dónde estaba, digámoslo así, preservada e internacionalmente regionalizada dotada de un significado diminutivo tan frecuentemente renovado como omitido.