Se suele decir que el fútbol es una tradición en Italia, casi una religión en el país más relacionado con la Iglesia católica del planeta. Se juega allí desde 1898 -en la actualidad se calcula que practican este deporte cuatro millones de italianos-, con lo que no pocos relacionan a esta actividad con el propio asentamiento del Estado transalpino unificado. Pues bien, dentro de esta nación hay una ciudad, Nápoles, en la que el balompié eleva su dimensión hacia cotas sin paragón. Quizá intervienen en dicha pasión desorbitada motivos socioeconómicos, pero lo que es seguro es que ese amor profundo de la población por su equipo ha sido fecundado por Diego Armando Maradona. Con él en el césped, el club ganó los tres títulos más importantes de su historia: dos 'Scudetti' (1986-87 y 1989-90) y una UEFA (1988-89). Por eso se venera al 'Pelusa' con altares callejeros.
Aquella única época de paroxismo deportivo rescató el estado de ánimo de una ciudadanía castigada por los estragos de la droga, de la 'Camorra' y del olvido por parte de la planificación económica nacional. Ese lustro glorioso abonó el ardor desaforado por el 'calcio' y los 'partenopeos' se entregaron a los festejos como sólo ellos saben, con verdadera devoción. Las escenas todavía se recuerdan, con centenares de ciclomotores abanderados poblando las carreteras y calles de una ciudad que bullía de genuina alegría. El disfrute de lo raro, dominar Italia, permitió comprobar lo especial de la atmósfera napolitana cuando hay que celebrar. Y quedó grabado a fuego en la memoria del universo futbolístico global.
33 años de espera
En estas semanas se ha despertado el volcán de nuevo y se han vuelto a ver las vías napolitanas bañadas por el ánimo de la victoria. Y se vuelve a respirar el clima nunca olvidado, propio de aquel que triunfa y no sabe cuándo volverá a la cima. La urbe, sus gentes y su equipo de fútbol, fundidos de nuevo en un carácter y personalidad característicos. Y este jueves se alcanzó la tierra prometida: se han proclamado campeones de la Serie A. La primera vez sin intervención de Maradona, aunque el genio argentino, siempre presente, está ahora en el nombre del estadio -anteriormente conocido como San Paolo-.
Llegaron a la orilla al empatar en Údine -con gol jubiloso de Victor Osimhen- y colocar la guinda a una dominación sin precedentes. Su exhibición sostenida a lo largo de los meses ha desembocado en una ventaja de 16 puntos con respecto al segundo, la Lazio de Sarri, con cinco partidos todavía en disputa. Una barbaridad que ha destrozado la inercia aristocrática de la última década, en la que se han repartido los laureles Juventus, Inter y Milan. La obra maestra de Luciano Spalletti, un entrenador con necesidad de reivindicación, ha descorchado el frenesí con todo merecimiento y justicia. Han sido el máximo goleador (69 dianas) y el colectivo menos goleado (23 tantos encajados) del torneo. Sólo dejaron de liderar la clasificación en las jornadas 4ª y 5ª.
La batalla de De Laurentiis
En la plantilla 'partenopea' han anotados goles 16 jugadores distintos. Este dato refleja la mano del estratega, pues ni de lejos han disfrutado del vestuario de mayor talento del campeonato. El libro de juego les ha visto controlar la posesión, presionar con todo, combinar a toda velocidad, dañar con una verticalidad eléctrica y, sobre todo, tutear y batir a los colosos tradicionales. Después de 33 años de espera, Nápoles se ha ganado el regreso al trono conquistando San Siro, Turín y Roma. Por la puerta grande, arrodillando al norte. Ha ganado todo lo que ha jugado a excepción de cinco partidos -dos empates y tres derrotas-. Su racha de imbatibilidad se estiró durante 15 jornadas, antes del Mundial de Catar. Ese ritmo resultó inabordable para sus competidores.
En la maquinaria construida han sobresalido varios peones todavía desconocidos para el gran público. Kim Min-Jae, por ejemplo, reemplazó del mejor modo a Koulibaly -que se fue al Chelsea a cambio de 38 millones de euros-. El central coreano rindió como un pilar imperial, bien apoyado por Rrahmani o Juan Jesus. Detrás de ellos se afianzó Alex Meret, un portero de perfil secundario que sólo ha sido llamado tres veces por la 'Azzurra'. En la medular combinaron a la perfección Stanislav Lobotka -guerrero ex del Celta- y Andre Zambo-Anguissa -camerunés todoterreno pescado del Fulham-. Y arriba explosionaron, por sorpresa, Khvicha Kvaratskhelia y Victor Osimhen. El primero, georgiano, regateó a todos y repartió 12 tantos y 12 asistencias; el segundo, nigeriano, disparó su rendimiento hasta los 22 goles y los cinco pases decisivos.
Kvaratskhelia y Osimhen relevan a Maradona
Esta dupla, y el resto de adquisiciones que escaparon al radar de los grandes clubes, lleva la firma de Aurelio De Laurentiis. El volcánico presidente y productor de cine es el alma del club. Tomó las riendas en 2004, cuando la entidad desapareció por las deudas arrastradas durante años. Fundó al Napoli Soccer con 40 millones de euros de su bolsillo y volvió a la competición en la Serie C1 (Tercera División). Ahí comenzó el renacer, pasando por la Segunda División y recuperando la denominación de Società Sportiva Calcio Napoli, en el 80 aniversario del club. Y la humilde brega les devolvió a la Serie A en 2006.
El sobrino del icónico Dino De Laurentiis edificó su intento de renacimiento triunfal en nombres como Marek Hamsik, el 'Pocho' Lavezzi, Edinson Cavani o Gonzalo Higuaín. Todos ellos aportaron en el crecimiento de un proyecto en el que intervinieron técnicos como Walter Mazzarri, Rafa Benítez o Carlo Ancelotti. Subieron peldaño a peldaño y volvieron a competiciones europeas, aunque no acababan de dar el salto determinante para competir de verdad por el título liguero. Hasta que en esta temporada han encajado todas las piezas, en una deliciosa concatenación de aciertos que les metió, por primera vez, en los cuartos de final de la Liga de Campeones. Y Osimhen, que le costó 75 millones de euros a De Laurentiis en 2020, despegó finalmente para justificar su fichaje. No sólo eso: ya le están elevando altares en las callejuelas de los 'Quarteri Spagnoli' junto a San Gennaro.