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TRIBUNA

Aquellas vidas franciscanas

sábado 06 de mayo de 2023, 18:08h

El autor de Vidas franciscanas nos recuerda que Fray Martín de Valencia, además de los desayunos de la Iglesia y de la regla, ayunaba otros muchos días y que, como san Francisco, traía consigo ceniza para echar en la cocina y en lo demás que comía, por quitarle el sabor, siendo tan áspero consigo, que no perdonaba a su propio cuerpo ningún género de penitencia, antes lo castigaba con mucho rigor para así sujetarlo al espíritu, por lo que no estaría presente en ningún concurso de Master Chef. Y tanto amor y celo tuvo a la santa pobreza, que, aun después de muerto en su sepultura, la quiso guardar, porque, por devoción de un fraile, quitándole del ataúd una tabla vieja para ponerle otra nueva pintada, fueron oídos en la sepultura grandes ruidos, hasta que tornaron a poner la tabla vieja.

Lo que hacía primorosamente era cantar después de maitines un cántico de divinas alabanzas tan suave y apacible, que parecía cantase con voz de ángel. Otras veces se arrobó de tal manera predicando la Pasión, que en una de ellas, que tornó en sí más presto de lo que solía, quiso acabar su sermón pero la gente ya era ida, algo que no es tan grave si lo comparamos con mis propias prédicas, de las cuales se van mis fieles antes de que yo me disponga a terminar, temerosos de que antes les exterminase.

Fray Antonio de Ciudad Rodrigo y sus conventuales andaban descalzos y con hábitos viejos y remendados; dormían en el suelo, con un palo o piedra por cabecera. Traían un zurroncillo en que llevaban el breviario y algún libro para predicar, no consintiendo que se lo llevasen los indios. Su comida se componía de tortillas, que es el pan de los indios hecho de maíz y ají. Su bebida siempre fue agua pura, porque vino no lo bebían: “cilicios, cilicios”, hubieran pedido, pero nunca “vino, vino”. Si ese era un requisito de ingreso, no extrañará la actual ausencia de vocaciones.

Fray Francisco Jiménez fue uno de los primeros que aprendieron la lengua mexicana, y la supo muy bien, y el primero que hizo de ella arte y vocabulario, y en ella escribió muy buenas cosas. Examinó también todos los libros y tratados que en esta lengua se habían escrito. Luego, cuando visitaba los pueblos de estos últimos, guardaba este orden: en llegando a ellos entraba a la iglesia a hacer oración y, acabada brevemente ésta, hacía un comentario a modo de lectio divina.

Fray Juan de Zumárraga, venido a Nueva España y viéndola muy disoluta en costumbres, procuró reformarla con todos sus posibles. Y, puesto que aquellos españoles estaban apoderados de los indios y se servían de ellos más que inhumanamente, ellos le cobraban odio y rencor a él y a los demás religiosos que miraban por la honra de Dios, por lo cual fueron perseguidos como capitales enemigos, pues los autores de esa maldad eran los mismos que gobernaban. Pero los franciscanos lo hacían para quitarles los excesivos tributos que entonces otorgaban obligadamente, así al rey como a los encomenderos, de oro, plata, piedras preciosas, plumas, esclavos e indios de carga, y para que no fuesen vejados con el trabajo de los suntuosos edificios que levantaban para los españoles.

Cierta vez dijeron algunos de esos caballeros a este varón de Dios que aquellos indios, como andaban tan desarrapados y sucios, daban de sí mal olor, “y como vuestra señoría reverendísima no es mozo ni robusto, sino viejo y enfermo, le podría hacer mucho mal el tratar con ellos”, a lo cual respondió firmemente nuestro hermano: “vosotros sois los que oléis mal y me causáis con vuestro mal olor asco y disgusto, pues buscáis la vana curiosidad y vivís en delicadezas como si no fueseis cristianos; sin embargo, estos pobres indios me huelen a mí al cielo y me consuelan y dan salud, pues me enseñan la esperanza de la vida y la penitencia que tengo que hacer si me he de salvar”.

Por lo demás también fue un sabio, y los tapices y paños de su casa eran muchos y buenos libros por ser amicísimo de las letras y de los que las tenían con humildad para predicarlas, hasta el extremo de que lo hacía con tan grande espíritu y lágrimas, que movía a devoción a los presentes, pues no se acordaba de comer, ni jamás se cansaba, ni había otro remedio para acabar más que quitarle la mitra de la cabeza y ausentarse los padrinos, porque si esto no hubieran hecho habría estado hasta la noche confirmando.

En esto último, en lo de abandonar al predicador por ser la hora de comer, postergando la obligación respecto a la devoción, paréceme a las alturas de nuestra época que yo mismo también lo haría. Dos religiones distintas, la de los españoles empoderados, y la de los franciscanos pobres pero empoderadores, con o sin leyenda negra o dorada. Muy bien no sé por mi parte si los católicos de hoy, luego de quinientos largos años, estamos en el mismo compromiso franciscano en nuestra lucha por el reino de Dios y su justicia, lucha que comienza en la Tierra, y que es a la vez en la Tierra como en el cielo. Tampoco sé si los católicos actuales apreciamos tanto como Jerónimo de Mendieta una buena biblioteca para sabérsela de memoria y así darla entera con sus contenidos

Fray Andrés de Olmos fue un sabio-santo culturalmente universalista que, para expandir el cristianismo, no sólo tradujo hermosos libros de sabiduría que los viejos señores mexicas dirigían a sus hijos, así como libros del latín en metro castellano y epístolas de los judíos rabíes con mucha erudición y doctrina, sino que además aprendió todos los géneros de lenguas que le parecieron de mayor necesidad y más universales para la evangelización, como la mexicana, totonaca, tepehua y huasteca, con las cuales recorrió la mayoría de las provincias de Nueva España siempre a pie por montañas y sierras fragosísimas y por valles, barrancas y honduras de calores insufribles sin ningún género de regalo, comido de mosquitos, tanto que su rostro llegó a ser como el de un leproso llagado: “hermanos, la cruz adelante”. Y, a la hora de su muerte, repartió sus riquezas, que eran un rosario, unas disciplinas y un cilicio.

Van a perdonarme ustedes, lectores, mi insistencia en la contraposición, pero tampoco sé si este amor a la predicación sabia produce entre nosotros los postcristianos una ilusión semejante. Fray Jacobo de Testera, por ser menos docto, traía consigo pintados en un lienzo todos los misterios de la fe católica, como en la literatura de cordel era usual entre los ciegos. Algunos franciscanos de aquellos parecían ángeles sin disfrazarse, porque se convertían en admirables lectores, diestros cantores, tañedores de órganos, de muy clara y sonora voz, afables en la conversación, y hasta olían bien después de muertos, digámoslo agiográficamente

El lema de Fray Juan de San Francisco que siguió a rajatabla durante toda su vida, era: “En el día encomendó el señor las obras de misericordia, y en la noche sus alabanzas. Así nosotros”. Todo valía como catequesis, Fray Alonso de Escalona no dormía acostado del todo, sino arrimada la almohada a un rincón de la cama y recostado en ella, durmiéndose en la alabanza del Creador, loado sea. No existía por entonces el Corte Inglés, pero si hubiera existido no hubieran puesto sus pies descalzados en él. Ellos mismos se convertían en reliquias, como Fray Antonio de Huete, a cuya muerte acudieron todos con mucha devoción a tomar por reliquia alguna cosa de su hábito: ellos mismos no imponían la moda, pero creaban un estilo.

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