Jesús Fernández Úbeda (Ciudad Real, 1989), periodista de Zenda y Libertad Digital, precario y despeinado, consigue hazaña de muchos voltios tras pegar el olfato sabueso a la acera y seguir a los golfos de la vida por la letra hasta el mismo infierno: Nido de piratas: la fascinante historia del Diario Pueblo (Debate Editorial). Redacciones con olor a coño y naipe viejo, redacciones con humo azul y teclas duras, redacciones al calor de timbas y botellas de whisky por los cajones, redacciones de ojeras que cantan y braguetas que no se están quietas. El veneno del oficio hecho ceniza y brasa.
Cuando Arturo Pérez-Reverte llega al célebre antro de la calle Huertas, Raúl Cancio le dice a Manolo Marlasca: “Manolo, ¿ya has conocido a tu padre?; “Sí, estaba en la cama con tu madre”, responde Marlasca. Cuando Arturo Pérez-Reverte, flaco y educado, llega a Pueblo, el mismo Cancio se acerca al abogado Jesús Alfaro, y pronto pinta el lienzo: “Perdón, ¿es usted el nuevo letrado?; “Sí, sí, soy el nuevo letrado”; “Tengo una consulta”; “Por supuesto, dígame”; se agarra entonces los huevos y le pregunta: “¿Usted cree que con esto puedo ser monja?”. Al mismo tiempo, un poco más lejos, Marlasca, mientras se saca la polla: “Marinero, tú que sabes de la mar,/ ¿es esto pulpo o calamar?”.
Redacciones con whiskería, donde acude la pomada y las folclóricas, todas las putas de Emilio Romero, algunas empleadas, aquellas que en el libro de Amibilia lloraban porque llegaban flores, y otra vez flores, y yo no quiero flores, y por qué vienen flores, y otra vez flores, hasta que la incógnita se resolvía de un martillazo: “¡Cuando hay flores no hay joya!”. Redacciones de donde el propio Reverte, prologuista, entró panoli y salió tiburón de redacción, entró limpio y salió sucio, entro novato y salió veterano. En otro rato Reverte llena la redacción de brasileñas, hasta que el director le cita al día siguiente tempranito: “Me han dicho que es usted propenso a la macumba”; “Bueno, no sé, yo tal…”; “Que sea la última vez que conviertes el periódico en una casa de putas”; “No director, no eran putas”; “La última vez. Puerta”.
Periodistas capaces de disfrazarse de médico para entrar en un hospital, bata blanca y estetoscopio, periodistas capaces de vestirse monja para acceder a un funeral, periodistas cojos y lisiados, periodistas capaces de vender televisiones que salían de dar el palo en grandes almacenes, periodistas hundidos en la tecla dura y el alba despejado, periodistas que cobraban en crudo, seis u ocho mil pelas, mil para mí y el resto para casa. La vida por la letra no conoce horarios, Emilio Romero coge un diario del Movimiento, de los Sindicatos Verticales, y lo llena de rojos y de golfos y de todo el apetito santo por el idioma, y de la vida auténtica cercana a las perores alcantarillas. A todos enseña la percha, lo primero el titular, y lo segundo que la noticia sea propia, exclusiva, no venga de agencia u otro lado. Que la realidad no te estropee ningún buen reportaje. No cojas el teléfono, tronco, porque seguro es una noticia. Mucho tapete, burle y hielo duro, los maestros transparentes por la ginebra, la noche igual al día, tecla y Olivetti, sudor y laburo, amor y humor.
Sigue Reverte, libro adentro: “En esa época, en ese Madrid, un periódico terminaba a las cuatro de la mañana. ¿Qué hacías a las cuatro de la mañana? No te ibas a tu casa a dormir. Te ibas a Long Play, a Oliver, a Las Brujas, a un tablao, a tomar una copa con toda la golfería y todo el puterío. Ese ambiente atraía a mucha, mucha gente. Luego estaban los bares de alrededor”. Cervecería El Diario, Huertas, 69, decorado con portadas mohosas de tiempos amarillos y esquinas rotas. Casa Salvador, calle de la Alameda, llamado por los de Pueblo Gloria Bendita: Tengo unas judías, un filete, unos huevos fritos… que son gloria bendita”. El Rábano, almuerzo por ocho pesetas: “una sopa con la que se lavaban los pies los camareros y por eso tenía ese color”. La Dolores, donde Juan Luis Cebrián comía de primero melón con jamón, y de segundo melón con jamón “El melón estaba fresquito y el jamón no era malo”). El Guarro, frente al periódico: “Era un bar bastante sucio, de barrio, con una barra y ya está. Estabas allí bajando continuamente con unos y otros”. La Pachanga, calle Reina, donde la Brigada Política Social regalaba hostias frescas. “Era una vida cojonuda si sabías lo que tenías que hacer”. Dedos rápidos, mirada rápida, pasos humeantes.
Jesús Fernández Úbeda, quemado en hemerotecas y vidrios rotos, nos trae el oro líquido que fue plomo y linotipia, vida en llamas en el telón de boca, huracanas al oído, cosquilleo en el ombligo, picores donde el niqui pide bohemias. Raúl del Pozo, Rosa Villacastín, Carmen Rilgalt, Hermida, José María García, Tico Medina, etc. Ellos inventaron el periodismo moderno sin tener ni maldita idea. Bucaneros que, desde galeras, insinúa Raúl del Pozo con su risa de conejo y amor por los compañeros, se mataban por salir en primera página. Honrados mercenarios, en el decir de Reverte: “Su adversario siempre fue la Autoridad, bajo cualquiera de sus formas, y con ella se echaban un pulso diario. La objetividad les daba mucha risa, y jamás la estricta realidad les estropeó un reportaje. En cuanto a la popularidad, les importaba un carajo salvo por el dinero que podía producir. Eran honrados mercenarios de la noticia, capaces de vender la virginidad de su hermana por una exclusiva pero leales hasta la muerte a sus amigos y al periódico, a la cabecera que les daba de comer”. Obreros de las palabras: dedos comidos por la tinta, sablazos, tragos, la vida bebida a chorros y quemada cada día en el plomo de las linotipias, golfos, puteros, tahúres, escépticos, resabiados, guerrilleros siempre de la noticia, porque se vive y muere por el periódico, que a su vez da y quita la vida toda. Amén. Así sea.