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DESDE ULTRAMAR

Carlos III, por la gracia de Dios...

Marcos Marín Amezcua
jueves 11 de mayo de 2023, 20:04h
Actualizado el: 05/12/2023 14:18h

Y finalmente, sucedió. Carlos III fue coronado en un día lluvioso, tal y como lo fuera casi 70 años atrás en su turno Isabel II, pese a mediar un mes de diferencia. Ya es destino. Cosa más British y londinense no se me ocurre. Las fotografías oficiales de Su Majestad Británica, luciendo, derrochando precisamente eso, la majestad, ataviado con capa de armiño y portando los esplendentes símbolos de la Corona, tales como el áureo y centelleante cetro, el precioso orbe y su testa coronada con la exquisita, flamante y mayestática corona Imperial del Estado, deja la imagen histórica del rey Carlos III, por la gracia de Dios, del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte y de sus otros reinos y territorios, rey, Cabeza de la Mancomunidad de Naciones, Defensor de la Fe., invariable título como conformaba el propio su augusta madre sin ser el más largo. Resume centurias.

Esperaba yo una lectura de tal, inmediatamente después de ceñírsele la majestuosa corona de San Eduardo que no fue de San Eduardo, pero es verdad que aquello se limitó al tradicional ¡Dios salve al Rey! al peripuesto. Las ceremonias de coronación, en efecto, tienen su aquel. Su regusto medievalesco es inevitable, su sentido de ser tan personalísimas -que pareciera que el resto queda fuera de ellas- está muy presente. Acontecer en Westminster recuerda esa idea de ir a oír misa, ya que verla, con el coro y el trascoro de por medio, resulta imposible. Desde luego, que un monarca con corona, capa de armiño y sosteniendo los símbolos del poder será considerado entre algo anacrónico y antidemocrático. Sin embargo, y lo sostengo desde la Teoría del Estado moderna, si su existencia per se no compromete los derechos elementales de cada quien, ergo, eso salva la idea del sujeto que pueda parecer ajeno a una sociedad a la que se debe. Encarna la institución, legitimado en la Iglesia que lo soporta, los cuerpos castrenses que lo sostienen y la nobleza que le rinde homenaje y legitima. Destaca la postura de quienes han visto esta continuidad histórica como idónea. Los republicanos locales detenidos exageran el hecho, porque han podido gritar lo que les vino en gana. Y el aguante de los monárquicos bajo la lluvia, igual cuenta. Aguantaron el espectáculo bajo un clima inclemente y ovacionaron a sus reyes.

Ahora, será el sereno, pero es innegable el interés despertado por la peculiar ocasión y la capacidad de convocatoria que entrañó con la asistencia de jefes de Estado y monarcas de diversas latitudes, ambos casos notables comparados con el anterior momento de 1953. Es verdad que se puede seguir planteando si debe permanecer o no, la monarquía. Eso lo dirá la Historia. Carlos III aún podría ver disminuida su potestad regia en ciertos países. ¿Conservará el sentido de Reino Unido? Escocia es un tema. Le recolocaron la Piedra del Destino, debajo del añoso trono, por mientras. Y de complicarse el entorno internacional -Ucrania- sería quien en primerísima persona daría la cara, como en la dupla Churchill-Jorge VI, aunque sea "el gobierno de Su Majestad" el que afrontara cualquier contingencia. Y Westminster por testigo. La Enciclopedia Británica de mausoleos y regalía, a cuyo amparo se engrandece con empíreos eventos planificados bajo sí.

Al alimón, la pomposa sazón merece desmenuzarse sin minimizar nada, transcurriendo entre guiños, simbolismos, ausencias y despliegue -lección suprema de protocolo- por una ceremonia, la más cara de la Historia, que más obedece a serlo por los costos que por intención de buscarla, dado el loable propósito de sobriedad, de monarquía reducida, cosa que suena más extraña que decir 'priistas hablando de la honestidad, esa que jamás practican'. No faltaron los actos inclusivos. Hubo procederes en griego, por el padre del monarca y una letanía entonada en la de Isabel II a manera de recordación; o la asistencia de los gobernadores generales de los países que comparten bastón de mando con el monarca británico, precediendo al paso de sus primeros ministros y sus banderas, cerrando el premier Sunak. Notable. Reconozcamos que en 1953 más pareció una coronación de británicos para británicos, a la vieja usanza de las propias de los siglos XIX y XX con el Imperio ahí y esta vez, se ajustó a los tiempos que corren.

Y, en efecto, no fue menor la presencia de pares. Isabel II fue inexplicablemente reacia a acudir a las galas y solemnidades de las casas reales en general, reinantes y no reinantes. Tal distanciamiento no es compatible con una monarquía moderna, como a la que aspira su sucesor, quien ¿acaso pretenda reforzar entre sus iguales, la idea de comunidad? no suena descabellado. Su liderazgo, su cercanía de ahora en adelante sería trascendente dejándose de lado atufamientos estomagantes y de ausencias injustificables o impenetrables. Posee la oportunidad de marcar la diferencia. Ya las revistas del corazón han dado cuenta de tocados y vestidos, del frufrú al marabú, tules y capas estilosas, no extendiéndome en el glamour de la pasarela que lo fue la coronación de Carlos III.

Carlos III detenta una imagen regia, ostentándola acertadamente. Sí, aunque hubo protestas vociferando que ¡no más reyes! y que ¡no es mi rey! No obstante que hay alusiones y rivalidades con el nombre de Diana. Hay un rechazo a Camilla. Si él fallece primero, el nuevo legatario no será tan indulgente con Camilla, más allá de cómo la resguarde su marido. Sí, Carlos III es un rey viejo, sí. En la historia británica el que más edad contaba al ascender al trono. El Príncipe de Gales aún carece de la majestad necesaria. ¿Qué opta por la cercanía? Deberá equilibrar. Camilla, por lo pronto, queda más bajo escrutinio público que de una ordalía.

El rey lució solemne, imponente e indulgente de inicio a fin. Incluidos el palio, fulgurantes carruajes y en el balcón de Buckingham, enseñoreándolo. No ha faltado nada, en realidad. Relució mayestático y sereno. Durante la ceremonia, por momentos se veían todos algo titubeantes. Se sobrepusieron. Y ese juramento incluyendo al pueblo, es una merced no menor a quienes reclaman e interpelan que a un rey no lo elige nadie. Fue hacerlos copartícipes de los buenos augurios deseables a él. E invitar a distintas denominaciones religiosas a prodigar sus bendiciones sobre el nuevo monarca, es un gesto egregio merecedor de todo reconocimiento. Acortaba distancias en los estamentos de siglos. Alguien reclamó un balcón más blanco. Bueno.no les gustó Meghan a algunos. ¿Entonces? y el pedazo de carroza, obsequio australiano. La del Jubileo de Diamante (2012) estrenada en 2014, favorita de Isabel II. Vamos, ni La Cenicienta. Aire acondicionado y tal. Esa no la conozco. La crujiente de Estado, la de oro, la de 1760 en que retornaron de Westminster a Buckingham, sí, como todas las demás.

Queden para el cotilleo picosito la invitación al exmarido de Camilla, que pasó de serlo a ser su súbdito. Él, antes novio de la princesa Ana. La ausencia de la Ferguson, que legarle los corgis la finada reina no le abrió las puertas de Westminster. Deslumbrante la duquesa de Edimburgo, con la sonrisa de a millón, que le han subido la manutención. El triste transitar de Enrique, ignorado por la gran mayoría, abandonando el recinto con más pena que gloria. Se comportó, dicho sea. ¿Qué mensaje envía la Princesa de Gales, cuya belleza alcanza a Alejandra de Dinamarca y en dignidad, a María de Teck - belleza y dignidad que no destila Camilla- portando esos deslumbrantes pendientes de Diana. Diana presente, después de todo. Y Camilla. quien parecía reclamar un espejo para ver si le sentaba bien la corona, con una manía por tocarse los cabellos. Tiesa más que hierática. No resulta inadvertida la irrupción de la hermana de Camilla y la marquesa de Lansdowne. ¿Tienen más picaporte en Palacio que Harry, su mujer e hijos? Qué lástima que no acudiera la infanta Leonor. Estos acontecimientos no suceden a diario y son excelentes oportunidades de fogueo, siempre necesario, jamás sobrante. En esta coronación pos-Brexit, la presencia de la Von der Leyen advierte que el Reino Unido no se suelta de Europa; y eso de la familia real acortada, pero extendiéndose a la de Camilla con protagonismo, se reflejó también en el balcón. La rendición de pleitesía a la regia pareja llegó por añadidura.

Como colofón agréguese dos apuntamientos: uno: en la escabrosa ruptura entre Carlos y Diana, llegó a decirse que ella besó al Príncipe, convirtiéndolo en sapo. ¿Él ha superado ese apocamiento con Camilla? Dice la prensa sentimental que sí. Como que permanecen. Solos en el balcón parecía que alcanzaban el culmen. Ya no hay vuelta atrás para ella. Él ya era rey, ella se ha legitimado. ¿Conseguirá con sus actos ser vista como la reina que todos desean? eso no lo sabemos, de momento. Dos: estos fastos contribuyen a tomar un respiro entre tanta calamidad. Ya vendrá la realidad para propios y extraños, con sus desafíos y contratiempos, requiriendo energía para afrontarla. Empero, cual corresponde, regodearnos con la excelsitud, la elegancia, sin bambolla, sin oropel, solo con lo justo y apropiado, esperado y verificado, como correspondía a la altura de las expectativas de todos, recuerda que una coronación es lo que es, esperando lo que toca. Nada más.

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