En El mundo según China, Elizabeth C. Economy nos presenta una obra necesaria y oportuna en la que disecciona con precisión de cirujano el comportamiento del “gigante asiático” en el escenario nacional e internacional. Como nexo de unión entre ambos planos, detectamos un elemento: el absoluto desprecio por los derechos y libertades fundamentales por parte de Pekín.
Conviene leer este libro con detenimiento puesto que en determinados ambientes políticos e intelectuales existe una notable empatía hacia China, magnificando su progreso económico, aspecto ciertamente cuestionable, y su altruismo a la hora de encarar las relaciones exteriores. Atribuir tales rasgos al comunismo chino significa mirar al dedo y no al sol. Elizabeth Economy, por el contrario, a través de un ingente trabajo basado en la consulta de fuentes y en entrevistas con profesores, empresarios, activistas…, nos muestra la verdadera faz de este régimen comunista, cuyas pretensiones de moldear el sistema internacional a su antojo no pueden ocultarse.
¿Qué características tendría ese mundo configurado por China? La respuesta es clara: implicaría la apuesta por la coacción como herramienta al servicio de la gobernanza global. Junto a ello, el control absoluto de la información y el socialismo como fórmula económica. Con la finalidad de disfrazar este escenario, Pekín recurre a abundantes subterfugios léxicos, sobresaliendo conceptos como “coexistencia pacífica” o el más lírico que alude a “una comunidad de futuro compartido para la humanidad” (p.25).
No obstante, su modus operandi ha generado cautelas razonables en la sociedad internacional. Al respecto, calificarla de “potencia revisionista” supone un acierto, pese a lo cual “las encuestas también reflejan que Pekín ha tenido éxito a la hora de controlar el relato en el interior del país: casi el 78% de los encuestados creen que la imagen internacional de China ha mejorado mucho en los últimos años” (p.99). Así, aunque para los países más pobres la presencia de China es sinónimo de inversiones en infraestructuras, también han emergido voces que defienden posiciones contrarias y que consideran que Pekín se aprovecha de ellos, además de suponer una amenaza para su seguridad. Vietnam o Tailandia constituyen un buen ejemplo de esta perspectiva.
En su estrategia de dominación, China combina poder blando (Institutos Confucio) y poder duro (incremento del gasto en seguridad y defensa, aumento del número de países con los que lleva a cabo cooperación en el terreno militar). Igualmente, se ha mostrado conciliadora con un gobierno como el de los talibanes y ha estrechado lazos con Moscú: “Los dos países van de la mano en su empeño por combatir la presión política y militar que imponen Estados Unidos y sus aliados, y procuran evitar las críticas a los actos agresivos del otro, tales como la anexión de Crimea por parte de Rusia y la creación de islas artificiales chinas en el Mar de Sur de China” (p. 89).
No obstante, el caramelo con el que trata de engatusar a la comunidad internacional es la Ruta de la Seda, si bien en la mayoría de los casos aquella consiste “en una serie de acuerdos opacos y bilaterales firmados de acuerdo con las ideas chinas” (p. 189). En efecto, un dispendio económico mayúsculo que parece obviar las elevadas tasas de pobreza que hay en el interior de China, donde también conviven otras incertidumbres, en forma de corrupción de las elites políticas, el terrorismo (Xinjiang), el extremismo y el separatismo (Hong Kong, Taiwán, Tíbet), a los que, hasta la fecha, la respuesta del gobierno se ha basado en la represión. Calificar a China como el “enfermo de Asia”, por tanto, no resulta una hipótesis descabellada.
En definitiva, China constituye una amenaza, quizás con los cimientos más endebles de lo que imagina Xi Jinping, que exige una respuesta firme por parte de quienes defienden un orden internacional basado en normas. El repliegue de occidente percibido en los últimos tiempos, junto con la tendencia al apaciguamiento, que en la mayoría de las ocasiones se ha traducido en cesiones, han refrendado no ser la respuesta.