El pasado 14 de mayo el Giro de Italia afrontó una de sus jornadas decisivas. El recorrido planteó una contrarreloj individual de 35 kilómetros entre las localidades de Savignano sul Rubicone y Cesena. Se trataba de uno de esos días en los que los favoritos a la gloria debían empezar a marcar diferencias. Y en esa etapa resplandeció Remco Evenepoel. El belga, campeón del mundial y de la Vuelta España con 22 años, ganó a todos y, sobre todo, metió tiempo a Primoz Roglic. Dio un golpe sobre la mesa tras haber cedido unos días antes, en las primeras cotas montañosas de la 'corsa'. Estaba de vuelta, con su estilo agresivo. Sin embargo, en el anochecer se detonó el 'shock': anunció su retirada al haberse contagiado de Covid-19.
"Con el corazón encogido tengo que anunciar que abandonaré el Giro de Italia debido al covid-19, tras someterme a una prueba rutinaria que desgraciadamente dio positivo", explicó, apesadumbrado. La noticia de su sorprendente abandono -argumentada por el director de su equipo, Patrick Lefevre, al aclarar que el desconocimiento sobre los efectos del virus a largo plazo fue decisivo en la abrupta decisión- le supo muy bien a sus rivales. Primoz Roglic y Geraint Thomas festejaron a buen seguro. Sin embargo, tanto la organización de la carrera transalpina como el aficionado, el espectador, se sintieron de luto. Hasta ahí llegó en esta 109ª edición del Giro la actitud atacante, espectacular. Para desgracia de la hinchada.
El ciclismo moderno, que abanderan Remco, Pogacar o Van der Poel, no entiende de especulaciones. Aunque eso les cueste éxitos. Esa lógica ha disparado el interés por este deporte en los últimos años. Las grandes figuras compiten con el colmillo siempre afilado, no se guardan nada. Esa dinámica ha alimentado las audiencias no sólo de las grandes vueltas, también de las menores y de las clásicas de un día. El público festeja el final del cálculo de esfuerzos. Pero todavía hay coletazos duros de digerir, como el, visto este viernes en las carreteras suizas.
Precedente muy peligroso para la salud del ciclismo
La decimotercera etapa se presentaba como una de las cimas de la competición. Se planteaban 207 kilómetros con tres puertos de alta montaña: Col du Grand Saint-Bernard -categoría especial, 35 kilómetros con meta a 2.469 metros de altitud-, Croix du coeur -primera categoría, 15 kilómetros de ascensión con meta a 2.174 metros de altitud- y Crans Montana -primera categoría, 15 kilómetros con final de etapa en su cota-. En resumen, una etapa de esas que recuerdan que el Giro es la prueba más áspera y abrasiva del calendario. Porque, entre otras cosas, se afrontan temperaturas muy bajas, nieve y lluvia insistente. Pero el pelotón -19 de los 22 equipos participantes- se plantó. Entendía que la ruta era demasiado dura y peligrosa. Reclamaron a la asociación de ciclistas que impusiera un recorte de kilometraje. Y la organización claudicó. Erosionando la esencia misma de la carrera que gestionan.
De 207 kilómetros se pasó a 74.6 kilómetros, con salida en la localidad de Le Châble y sin el ascenso al puerto más complicado del día, el Grand Saint-Bernard. El esperpento, razonado por la gran cantidad de abandonos que ha registrado este Giro en menos de dos semanas -entre Covid-19, caídas, enfermedades y demás se han retirado 41 ciclistas-, se completó cuando la organización comunicó a los equipos la decisión de recortar el kilometraje a pocas horas del inicio previsto de la etapa. "Un circo", en palabras del español Luis León Sánchez y un precedente muy resbaladizo para la salud de este deporte -los ciclistas recortando la dureza de las carreras a voluntad-.
Ya en faena, a pesar de los pesares, los defensores de lo indefendible auguraban un espectáculo abrumador. Al haber menos cansancio, los grandes nombres no dudarían en atacar. Fuegos artificiales, prometían. La realidad fue tozuda: Geraint Thomas y Primoz Roglic llegaron de la mano a la línea de meta. Ni un cambio de ritmo. Cero complicaciones para un bloque como Ineos, que se ha quedado sin su otro gallo, Tao Geoghegan Hart. Durmió el poderoso Jumbo Visma, que no quiso que su líder obtuviera la maglia rosa todavía y eligió especular. En consecuencia, protagonizaron una de esas decepciones que alejan más al aficionado ávido de emociones fuertes. No vibró sobre su asiento nadie más que los seguidores de Thibaut Pinot, Jefferson Cepeda y de Einer Rubio.
Roglic, señalado
El colombiano del Movistar Team alzó los brazos al final, coronando con astucia una fuga en la que el francés y el ecuatoriano se las tuvieron tiesas, lanzándose ataques flácidos e intercambiando exabruptos. De todo eso se aprovechó Rubio. Corrió con astucia, templado, esperando su momentos. Hizo la goma de forma reitreada, incapaz de seguir las explosiones de Pinot y Cepeda, pero siempre recuperaba terreno con ese estilo diesel que posee. Se selló a la rueda buena cuando hacía falta, en el último kilómetro, y dio la estocada definitiva con un esprint que dejó sin resuello a sus rivales. Un alegrón para este escalador de 25 años, que en 2023 también ganó una etapa en el Tour de los UAE, y para el único equipo español que figura en el World Tour. "Pinot y Cepeda iban fuertes, pero dejé que se movieran para jugar mi estrategia y todo salió perfecto", confesó en meta.
La clasificación general no sufrió modificaciones, más allá de la pérdida de prestigio y seguimiento de sus líderes. Thomas sigue al frente, con dos segundos de ventaja sobre Roglic y 22 respecto al portugués Joao Almeida (UAE Emirates). Hay corredor y equipos a los que ni rebajar la dureza del recorrido -el esfuerzo se pensó para cinco horas y acabó en dos horas, dándose la salida a las 15:00 horas- les vale para dar espectáculo. Esa costumbre es la que están tratando de extinguir talentos generacionales como el de Remco Evenepoel. Qué larga se va a hacer su ausencia si no despierta ninguno de los colosos con opciones de llegar a Roma vestidos de rosa. Y cuánto va a padecer una organización que se tragó la excusa de la peligrosidad del descenso del Grand Saint-Bernard para mutilar la etapa, y comprobó más tarde que en ese tramo la carretera no estaba ni mojada.