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LA BÁMBOLA

Helmut Berger viene sonriendo a montar bronca

Diego Medrano
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diegomedranotelefonicanet /12/12/23
viernes 19 de mayo de 2023, 20:01h

Las hojas volanderas andan insomnes, pálidas y confusas con los obituarios soporíferos a Helmut Berger, sin darse cuenta que el Doctor Google ya nos recita su filmografía sin falta de llegar a la negrita. El tajo debe ir al hueso y no a la grasa. Fue el hombre más guapo del mundo, que a los 78 años decidió partir, tras una vida entera de coqueteo y mímica teatral con la parca. Hoy no me mato, mañana sí. Hoy no se fía, mañana, sí.

Tiraba pastillas al aire, como cacahuetes, para recogerlas en su caída con la boca de fresa abierta, húmeda y golosa. Neurolépticos, antipsicóticos, somníferos, optalidones, aspirinas y relajantes. El internado alemán pegahostias lo enloquece, y por ahí ya sale la primera espuma en la cresta de la ola: va con mocasines de charol duro, jerséis rosa-palo en sabores ácidos, fulares femeninos y mujeriles (asuntos, los tres, requeteprohibidos). Se fuga a Londres, no sé si nadando, y allí vive sin estrechuras de su miembro viril, con mucho personal haciendo cola y sacando número, hasta enrollarse con nuestro Miguel Bosé mientras éste compra una falda en Portobello para la Teleboba española (Enrique del Pozo mira y también quiere meter cuchara). No está mal la ciudad, poco humo.

Harto de Londres, ciego de sí mismo, escapa a escape del Támesis, no sé si nadando, ya digo, y aterriza por la vía del dedo en Italia, autostop por encima de las montañas, junto a águilas y cóndores y pajarracos. Pronto acude a dibujar unas ruinas al carboncillo en una libreta sabor vino, a todo sol con lo puesto, y allí a lo lejos entre muchas gafas y sombreros, sí, aparece el dorado Visconti. Anda frágil de las posaderas Luchino de la sonora patada en el orto que le acaba de propinar su novio de tapado (Alain Delon) y no resiste a pegar la hebra con Helmut, entre la nada y el vacío, sonrisa fosilizada y apenas cuatro chocolatinas cerca. Le promete un futuro, ya entonces, y sigue los días posteriores por carta, Helmut piensa y baraja, la vida de puta mejor que sea cara. Compensa el trato, mejor no regatear.

Su secreto con Visconti siempre fue ponerlo al límite: así vomita en la mesa borracho cuando tiene grandes invitados, tira de un pico del mantel en cenas de gala para que todos los platos calentitos rueden por el suelo, sigue recogiendo con la lengua negra caramelos/cacahuetes que salen del pulgar en forma de petanca para no tardar en caer de las nubes, rompe copas llenas y vacías, a libre antojo. Electrifica a Visconti para luego repetir por medio mundo, mientras cubre a hembras molonas y famosas, sí: “Yo soy el viudo de Visconti”. Pronto su dibujo entero de Rimbaud del celuloide supera toda sombra, guapo pirado del cine, niño malo, bestia íntima. Sus papeles están a la altura del nombre: interpreta al joven Törless, a Dorian Gray, a Ludwig de Baviera en la pantalla y todo el mogollón. Es un transgresor pero con los medios sale de educado y dandy. Fue una manera de andar y ligar por el Sena similar a Belmondo, Nureyev, Jean Claude Brialy, guapos que recorren sin prisa la línea del precipicio, mojándose los labios y en la inmediata locura lúcida del deseo.

Visconti viene de sus noblezas industriales, la cría de caballos purasangre y todo el cine de Renoir en óptica y parpadeo neoexpresionista. Al principio no gana ni para la pensión, y por ahí intenta otra vía, la teatral de Cocteau, Sartre y Erskine Caldwell, muy interesante, que pronto abandona. Su teatro muta, muda, y así llega a un neorrealismo barroco vía Shakespeare, Miller, Goldoni y Tennessee Williams. Necesitaba una desesperación lujosa que solo podía darle Helmut Berger. Así llega “Senso” (1954) y “Noches blancas” (1957) que acabarían en “La caída de los dioses” (1969) o “Muerte en Venecia” (1971, estreno de Helmut para el mundo y todas las cortinas arrancadas). El Visconti que empieza en los años 50 (“La terra trema”, “Bellisima”) es un ladrillo. Helmut le borda el testamento: “Confidencias” (1974) junto a la novela de D´Annunzio (“El inocente”, 1976), ya Visconti para el mundo entero.

Bebe Helmut, se ríe de esa droga tan española que es la botella sin caramelos, una droga para sí muy real, muy básica, con escaso locurón. Así pide pastillitas, cositas, a los periodistas, mientras convierte las habitaciones de hotel en cuartos de indigente, con mucha foto en marco de plata, mucho recorte amarillo de nicotina, mucha frase manuscrita de Visconti y muchas tías buenas que llegan, pasan y quieren seguir conociendo gente. El efebo rubio, tras el maltrato y la doma, engorda, decae, compra gafas de montura muy dura a lo Yves Saint Laurent o Gimferrer, el tintazo le queda peor que a una vieja envisonada, pierde el sentido de su propio apetito, no tarda en regresar al mono, como un día dijo Ferlosio, tras sorprenderse en el espejo del armario ropero, a cuatro patas y aullando a una luna que a la hora de comer no salía ni llegaba ni había salido, la persiana cerrada a cal y canto, la razón arrugada en la papelera.

Su tortura secunda en paz, su pendencia hecha hábito lleva al bostezo como cualquier otra dramaturgia planificada. Helmut Berger quiere pero no puede, duerme pero no sueña, bebe y se droga pero no enloquece. Nadie sabe lo que puede el cuerpo, dijo Spinoza; el body que se las sabe todas y a veces nos abandona. Lo siente: nadie le espera en torno al fuego, quitarse la ropa está muy visto, igual que romper cosas, pero, no obstante, Helmut Berger viene sonriendo a montar bronca.

Diego Medrano

Escritor

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