He estado unos días en cama con algunas molestias renales y, aunque ya me he levantado, no consigo echar fuera el pedrusco mortal de las declaraciones de la señora o señorita Isabel Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata a la reelección el próximo 28 de mayo del año 2023 en curso.
Yo, aunque a veces me siento demasiado maniqueo a mi pesar, jamás habría llegado a proclamar con luz y taquígrafos para el orbe y para la urbe que "la izquierda está acabada". No todas las proclamas están permitidas para obtener votos. Hay principios, hay medios y hay fines, pero ni el fin justifica los medios, ni cualquier fin es compatible con cualquier principio, aunque los diversos maquiavelismos existan en todo el espectro y el "espectráculo" del arco parlamentario. Una persona que dice lo que la regidora Isabel tiene pocas luces, por cuya ausencia la mentira, ya lo dijo Platón en "El sofista", es la causa principal de la distorsión de la realidad, y por tanto un acto carente de todo valor, incluso del parlamentario. Lo malo es que la mentira se está convirtiendo en un acto político electoral.
Esto se va pareciendo cada año más a lo de México, que te dan una alpargata al entrar al mitin y otra al concluir para que no te vayas antes. Como la cabalgata de Reyes, a los niños caramelos. Deben de estar convencidos de que con un chupachup somos la bien pagá. Habrá más elecciones que nos volverán más malos, sobre todo a la mayoría de la población, que no son las peores gentes, sino las más pobres, mientras los que mejor viven (la gente bien, los bon vivants) no siempre resultan ser los más modélicos y de mejor probada civilidad.
Cuando la señora Ayuso está proclamando a voz en grito sobre el Pritaneo rodeada de olímpicos de su calaña que "la justicia social es un invento de la izquierda que sólo genera envidia y castiga a la gente de bien" ¿sabe esta pobre mujer que la gente de bien (las clases conservadoras, acomodadas, de postín o que se afanan por serlo) no siempre son la gente buena, sino aquella otra que realiza noblemente su trabajo, pero no llega siempre a fin de mes, y no porque haya nacido con el gen del despilfarro, sino porque no puede llenar la cesta con el mínimo de calorías necesarias, como ya informaba el propio Parlamento Inglés cuando acuñó la ley de bronce del salario para los trabajadores más miserables.
Si semejante situación pauperonómica hubiese sido superada y relegada al Museo del Olvido, podríamos dar alguna razón a la señá Ayuso, pero es que el hambre muerde de nuevo a las colas de gentes a las que la sociedad no ayuda a hablar en pasado en este terreno, ni a decir: "¿te acuerdas de cuando éramos pobres?".
Suele subrayarse que la pobreza es en gran medida el resultado del esfuerzo de los empresarios, pero entonces ¿de quién sería responsable la pobreza? ¡Pues de las malas gentes que se lo gastan en vino o en las quinielas antes de haberlo ganado! Manifiesto esto no con resentimiento, sino con un sentimiento de tristeza tendente al infinito.
Seguramente tendrá algunos estudios la señora, pero es basura intelectual afirmar que la cultura de la izquierda es "la cultura de la envidia y de buscar falsos culpables" y en consecuencia de "normalizar el delito" perjudicando "a la gente de bien". Como si el derecho civil no fuese para los ricos, y el penal no fuese para los pobres.
Y otra vez una patada, por no decir una coz. Doña Isabel entiende por izquierda al actual correlato de lo que hoy es la derecha. Llamar izquierda a la bancada rosa a las órdenes de la Unión Europea es como para mear y no echar gota, ahora que ando de cólicos. Si la izquierda es eso, causaría el sonrojo de la moderada socialdemocracia fulminada en el Programa de Gotha, traidora de los movimientos de izquierda del movimiento obrero y de la Asociación Internacional de Trabajadores. Aquello era la lucha de clases esto es la guerra de los señoritos.
La historia existe, y a veces molesta produciendo reacciones alérgicas en los cutis delicados. De vez en cuando algún energúmeno eleva su plectro canoro para decir después del golpeteo del bastón del ujier: "¡El Estado soy yo!", o "El comunismo soy yo!", o "aquí sólo mis chicharrones truenan", o "la calle es mía!". Así que a por ellos. Si algo resume la toxicidad de los cuatro años de debates que ha habido en la Asamblea de la Unión Europea Madrid con Isabel Díaz Ayuso al frente de la Comunidad es que ningún portavoz de la oposición de izquierdas se haya sorprendido porque la líder conservadora haya enviado el siguiente mensaje a sus diputados: "Hoy la izquierda está acabada (.) Matadlos". El puro Termidor. Tras dos legislaturas marcadas por las acusaciones cruzadas en el Parlamento autonómico, donde las críticas personales y las hipérboles han sido el pan nuestro de cada día, los otros tampoco han sido mancos.
Se oye decir: "esto ya no puede ir más lejos", y a mí me causa hilaridad oírlo porque, desde su fundación en Grecia, la democracia no ha sido otra cosa que una máquina de picar carne de los pobres y de los esclavos, objeto de divertimento también en los grandes circos. El Estado es ese circo, con sus perpetuos shows de gladiadores, sus imperiales dedos hacia arriba o hacia abajo para hacer rodar cabezas low cost. ¿Problemas en la sanidad, problemas con los taxistas, problemas con los maestros? Mátalos, César. Personalmente, no sé de qué nos sorprendemos, es su forma de funcionar.
En el chat de los diputados del PP en la Asamblea, lo mismo que en la bancada de los sedicentes izquierdistas progre vestidos ayer de pana y hoy de lino, pronto se suceden las reacciones en forma de emoticonos: aplausos, brazos que enseñan bíceps, y gestos que recuerdan a los de un soldado que se cuadra ante su capitán. Mátalos, joder.
La izquierda asegura que la Generalísima Ayuso subestima otra vez la inteligencia de los madrileños, como no puede ser de otra manera en quien no la tiene, pero otro tanto acontece con el Generalísimo Petrus, absolutamente siervo de quien menos ideas tiene del mundo, a saber, del presidente de los Estados Unidos. Bueno, la cuestión es disputada entre el yanqui, el ruso y el chino. Son la Razón, que rige la historia de la humanidad, vaya fracaso de Hegel.
Algunos procedemos de estratos sociales humildes muy trabajadores y estamos orgullosos de nuestros progenitores. Son innumerables los antepasados que han trabajado hasta reventar de sol a sol y golpeados por el knut del zar sin obtener a cambio otra cosa que la mermada supervivencia. No puedo perdonar a los zares ni a las zarinas de este mundo que así, con su boquita de fresa y su chulería continúan. En mi España, canto y llanto intentaba sin resentimiento, antes al contrario con espíritu regeneracionista, entender a las dos famosas Españas, cada una de la cuales se autopresentaba como la verdadera, reivindicando como verdaderos a los muertos propios, que todos hemos tenido.
Sólo los mejores deberían gobernar los Estados, pero a la cúspide de los Estados van por lo general a parar los peores, tan malos y tan monstruosos en algunos casos, que han convertido a la historia de la humanidad en una historia de la infamia, en la que sólo algunos tratan de permanecer enhiestos y erguidos como el ciprés de Silos.
En fin, ciertas cabezas impermeables están sólidamente fraguadas contra todo diálogo. Lo que me duele, lo que me entristece, lo que podríamos denominar de verdad "fin de la historia", es este desprecio por los más oprimidos, más explotados, más sufridores, más abajados, que han elevado con su amor y esfuerzo a los hijos, nietos y biznietos degenerados que ahora les menosprecian. Por ellos y por sus sufrimientos siento una infinita desolación
Ni siquiera serviría de nada que se marchara o que se echara a la tal Ayuso, pierdan cuidado: ya está preparada la Hidra para reproducirse y decacuplicarse. Tendremos Estados que nos llevan a la Gran Devastación si los individuos no somos más decentes que los Estados, el mejor de los cuales sería el que no existiese.