Ni los ERE socialistas de Andalucía, ni la Gurtel y la Kitchen de los populares, ni todas las corrupciones juntas de todos los partidos políticos de la tan cacareada televisivamente supuesta corrupción del Rey emérito Juan Carlos I, olvidada injustamente su contribución fundamental a la Transición democrática, tras la muerte de Franco; nada de eso, digo, se asemeja ni por asomo en los cuarenta años de democracia española a la usurpación antidemocrática y perversa del poder por obra de un arribista sin escrúpulos que debió ser expulsado del PSOE cuando se le vio el plumero de su ambición desmedida e incontrolable. Al señor Pedro Sánchez Castejón le cabe el dudoso honor de haber precipitado al PSOE en el descrédito más ignominioso, arrumbando al desván de la historia a la clase dirigente socialista que contribuyó de manera importante a una Transición modélica. Resulta intolerable que una turba de paniaguados se haya valido de semejante okupa de la Moncloa para introducir una gangrena antidemocrática de tal calibre en las entrañas del Poder, infectando a todo el ignorante y despistado cuerpo social. ¿En qué consiste tan monstruosa ocupación del Poder, que no sería concebible en ningún país del Occidente democrático sin que saltaran todas las costuras de la moralidad y de la legalidad internas, pese a que extrañamente haya mirado para otro lado en el caso Pedro Sánchez, creo que más por descuido e ignorancia de la calaña del personaje que por causa maliciosa? Mientras, él se pavonea con inaudito descaro entre los mandatarios europeos e internacionales como si no hubiera roto un plato.
¿En qué consiste, me preguntaba, tamaña usurpación ilegítima, que debiera ser ilegal, del Poder? Consiste, lisa y llanamente, en haber engañado a todos los españoles para ganar las elecciones. Esa es su primera y ominosa mentira de las que proceden en abundancia todas las demás. Está claro que para Pedro Sánchez, y también ahora para su Gobierno, la mentira es el método más legítimo de acceder al Poder y mantenerse en él. Así, quien no podría gobernar con los que le quitarían el sueño, es justamente con los que gobierna, y más grave aún, pudiendo hacerlo con otros. No se trata de una mentira inocente de un líder que prometiera cosas, sabiendo que le resultará muy difícil de cumplir. No, la de Pedro Sánchez, es una mentira consciente, pensada, calculada minuciosamente para engañar a los inocentes españoles. Si digo, pensó, que ni en sueños gobernaré con Podemos, ni con los separatistas condenados, ni con los amigos de ETA, hasta la derecha enemiga acérrima de Podemos, y no digamos el centro, felices de tan sabia decisión, me votarán, aunque luego haga lo contrario de lo dicho. Al fin y al cabo, los españoles son una panda de borregos que luego no se atreverán a decir ni pío. Incluso, como se está comprobando, ni siquiera la oposición más aguerrida se ha tomado como tarea casi única de su actuación política combatir la gran mentira de Sánchez por la que ocupa la Moncloa y que le hubiera obligado a salir de ella. En otros países la mentira de los políticos está muy perseguida, pero aquí Pedro Sánchez miente a todas horas y se queda tan ufano. Por otra parte, las ansias de gobernar de Iglesias cegaron a su formación, que podía haber obtenido un gran rédito electoral de tan descomunal mentira.
Aun ostentando un poder antidemocrático, quizá el asunto podría tener un pase si Sánchez hubiera hecho una gestión de gobierno sobresaliente, pero su gestión no ha podido ser más nefasta económica y sanitariamente, siendo España el número uno del mundo en fallecidos durante la primera ola de la pandemia, mintiendo, como es usual en él, acerca de ello. Es de risa si no fuera de pena, que Sánchez haya aprobado una ley de memoria ¡democrática!, no contento con disponer de una ley de memoria histórica claramente antihistórica, revanchista y antidemocrática. A Sánchez España y la democracia le importan un comino. Su obsesión es permanecer en el poder, apoyado por los golpistas, la extrema izquierda y Bildu que las odian y quieren destruirlas.
Pese a todo, no se ha insistido lo suficiente por ningún partido político español ni por los medios de comunicación, ni españoles ni europeos, en la gravedad que tiene para países que se llaman democráticos y que presumen de los valores occidentales, que un personaje tan mentiroso como Pedro Sánchez presida el Gobierno de España, una nación que se dice democrática, se pavonee por Europa y por el mundo entero, aunque ignoren quién es, como le ocurrió al principio con Biden, sin que nadie le dé la espalda y lo condene al ostracismo y a la vergüenza pública. Porque la vergüenza de tener a Sánchez presidiendo un Gobierno no sólo afecta a España sino a Europa y a todas las naciones que se llaman democráticas, puesto que, sea por puro interés, sea por ignorancia o por pésima moral política, parecen no avergonzarse de semejante proceder. Algo paradójico, porque no creo que en ningún otro país en el que se ejerza de verdad la democracia se admitiera como presidente a un sujeto como Pedro Sánchez que ha engañado a todos los electores tras un camino lleno de piruetas rocambolescas, algunas tramposas, para proclamarse secretario general del partido socialista por la mínima. Sólo tendríamos que recordar por qué poca cosa fue destituido de su cargo el jefe de Gobierno del Reino Unido. ¿Qué es la asistencia a una fiestecilla, comparada con el engaño de Sánchez a toda la población para hacerse con el poder? ¿Aún confía Europa en semejante individuo para presidir ahora la Unión Europea, por mucho que le toque a España hacerlo? Por si Europa aún no se ha enterado, lo repito: el señor Sánchez no sólo engañó a todos los españoles negando que fuera a coaligarse con comunistas, por llamarlos de algún modo, discípulos de terroristas y separatistas golpistas, sino que lo ha hecho, indultando además a estos últimos, ya condenados, lo propio de cualquier dictadura por mucho que se revista de legalidad, pues es claramente una perversión que anula la división de poderes, base primera de un régimen democrático. Para las próximas elecciones ya se ha sacado un as de la manga: repartir dinero a espuertas a quienes le conviene con un descaro mayúsculo como entregar una cantidad a todos aquellos que cumplan dieciocho años antes de las votaciones.