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TRIBUNA

Mi Monticello

miércoles 24 de mayo de 2023, 19:52h

No es lo mismo promover una literatura moralizante que una educación sentimental; sobre todo porque si el primer aspecto resulta desaconsejable, el segundo no es elegible. Así, desde los poemas de Tirteo de Esparta, que instaban a no regresar herido por la espalda, al Roman de la Rose, con su despliegue de asuntos y consejos amorosos, pasando, por qué no, por productos audiovisuales como Sex Education, la cultura nos enseña o prepara para responder afectivamente a las situaciones sociales. Esto es lo que Ronald de Sousa denomina paradigm scenarios: guiones que la sociedad nos da para afrontar las emociones y contar, pues, con unas pautas de corrección ante acontecimientos afines, esa educación sentimental.

En Mi Monticello (Alpha Decay, 2023), su ópera prima, Jocelyn Nicole Johnson nos sitúa en un distópico, o no tanto, estado de Virginia. Tras la caída de la red eléctrica, la sociedad comienza a descomponerse y afloran los conflictos raciales; así, un grupo de supremacistas blancos ataca un barrio de mayoría negra, obligando a parte del vecindario a huir y, con algo de azar, refugiarse en Monticello, la antigua residencia de Thomas Jefferson, tercer presidente de los Estados Unidos, y hoy convertida en museo, donde el conjunto de supervivientes funda una auténtica comunidad. El hecho de entrar por fin en la casa Monticello respondió más a la necesidad (sistemas que recogían el agua de lluvia y que podía extraerse usando bombas) que a la política.

La voz narrativa descansa sobre el personaje de Da’Naisha Love, que, aunque ficcional, es descendiente del propio Jefferson, su trastarabuelo, y una esclava negra, Sally Hemings, que le había pertenecido, lo cual sí posee su fundamento histórico, pues con ella llegó a tener seis hijos, de los que cuatro alcanzaron la edad adulta y fueron manumitidos. Jefferson tuvo más de seiscientos esclavos negros, y en sus textos se mostraba contradictorio: si bien defendía la igualdad y denunciaba la esclavitud como corrupción moral, también señalaba a los negros como intelectualmente inferiores, ciertamente infantiles, y animaba a desplazarlos a otro lugar para no crear conflictos en EEUU por los prejuicios ya enraizados.

De este modo, pasado el colapso, el racismo campa a sus anchas, tal y como ocurrió en Virginia en los siglos XVIII y XIX que vivió Jefferson: panfletos («expulsadla porque ellas no pueden tener hijos blancos», p. 30), banderas («¡Impulsados por mentiras y ondeando esas banderas vergonzosas!», p. 54), simbología (el brazalete azul), eslóganes («‘Nosotros hemos sido elegidos para rescatar el gran estado de Virginia de la oscuridad’», p. 146), diferenciaciones (Hombres de Verdad vs. los otros), resentimiento («Tenéis una deuda impagable. Una deuda por vuestras prestaciones sociales, por vuestras viviendas estatales, por vuestros delitos menores. Una deuda por vuestros hijos que contaminan nuestras piscinas y aulas públicas», p. 147), etc.

Creo que esta novela puede ponerse en consonancia con La cabaña del tío Tom (1852) de Harriet Beecher Stowe, con la cual su autora denunció las duras condiciones de los esclavos negros en las plantaciones sureñas y gozó de una enorme difusión, hasta el punto de que cuando en 1862 se encontró con Lincoln, este le cuestionó si acaso ella había sido la pequeña mujer que había iniciado aquella gran guerra (en referencia a la guerra de Secesión). No era una pregunta trampa; al contrario, el fenómeno de ventas fue tal que ayudó a concienciar a la población sobre la dureza de la esclavitud y, por tanto, a rechazar al bando confederado. A la pregunta de Frantz Fanon «¿qué quiere el hombre negro?», Johnson parece responder: una memoria ejemplar, por usar el término de Todorov, es decir, no meramente conservar los hechos del pasado, como un museo, valga el símil con Monticello, sino que el pasado pueda hacer justicia, iluminando el presente, sirviendo de lección o espejo. Como dice Da’Naisha sobre los grupúsculos mencionados: «Parecían querer glorificar algo que mi familia esperaba que Estados Unidos nunca olvidara» (p. 147). Mi Monticello comporta toda una educación sentimental.

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