Muere a los 92 años Antonio Gala Velasco. Sombra delgadísima, esqueleto blanco, ojos grandes, moreno de verde luna, allá por 1962 en el “Aula de Poesía” dirigida por José Hierro, primer ángel custodio, junto a Félix Grande y Paca Aguirre, dioses tutelares, quienes encuadernan y mandan por su cuenta al premio Calderón de la Barca, Los verdes campos del edén, espaldarazo de salida.
Quizás los más jóvenes no lo sepan pero España fue un bastón, un fular con jersey liso y un andaluz que hablaba por televisión ido, arrebatado, poeta perdido en un mundo extraño, hechizado por el tajo espiritual del amor que embruja y parte en dos, un místico, el primer alucinado. Antoñito, cara de bueno, mariquita musical, se hizo rico primero con el teatro y luego con los libros, tras los primeros tanteos en la poesía, Enemigo íntimo y por ahí, accésit del Adonáis, que da y sigue dando el Opus, donde si dices coño no lo ganas pero vulva igual sí, donde la claridad siempre viene del cielo.
Letra pulga, letra hormiga, letra lenteja, cachimba y faltriquera, viajes por medio mundo, la pasión turca, y la pasión árabe y la pasión nórdica, y la pasión china no (porque la tienen muy pequeña). Gala fue un pre-Pérez Reverte, cuyas señoras tenían en el escapulario y jamás abandonaron. Qué tiempos aquellos de sus flashes en las televisiones y los periódicos, archifamoso, riquísimo, 80 kilos por novela y anticipo de Ana Garcia D´Atri, Planeta siempre como dorado buque insignia. Las señoronas hacían cola bajo la parra de la feria del libro por verle y, con el libro en la mano y repitiendo mucho la dedicatoria con los labios mudos, aunque fregasen, se sentían duquesas, marquesonas, reinonas de la cosa. Decía el viejo Lara, fosilizado de laca y dientes postizos, el tío que sacó a todos los escritores españoles del hambre: “Antoñito, mándame un libro en blanco, que lo vedemo iguá, te lo digo yo, iguá, eh”.
Su paso fue de la pluma estilográfica al rotulador supersónico, más rápido que cualquier ordenador porque trabajaba todos los días, y cuando era joven jamás cayó en la ordinariez del libro de moda, zampaba tochos de Aguilar, papel biblia, por eso se convierte en clásico en tiempo récord, dialoga con los griegos y con Calderón, roba de los griegos y Shakespeare, hace el amor a lo griego con Lope, Alarcón, Moliere y Benavente. Murió en la cripta, como capuchino o novicia, a libre antojo y todo lo ganado lo volvió a hacer dinero para su fundación, incluido el chalé de la madrileña calle Triana, que fuera de Julio Iglesias, vecino de Mario Conde, incluida La Baltasara de todos los veranos remando folios y folios y folios.
Ayudar a jóvenes, 13 ó 15 al año, a sacar su obra adelante, en una especie de symploké o fecundación cruzada, donde se intoxican unos a otros con agua fresca de la fuente cordobesa y pitillotes a escondidas, fue un sueño convertido en realidad docente. Gala total, dama de otoño, letra de ciego, millonario de la palabra y disfraz antes que obra, rey de un sinfín de lectoras que fueron palmando, hasta el fracaso comercial de Los papeles de agua, donde Planeta fleta un avión todo con periodistas para su presentación veneciana, para un año después cortarse la coleta e irse al convento a paso de carga y con tres cánceres bien ordenados en la maleta, sin bolígrafos por vez primera, solo con ganas de aire, ventanas, cama.
Luto nacional por Antonio Gala, nuestro príncipe andalusí, que devolvió el agua al campo para que las flores siguieran creciendo. Un bastón llora de pie y un fularón lo hace, sin fuerzas, acostado. Boabdil el Moro, roto, cierra los ojos mientras. Su teatro son mil páginas, en tocho de Aguilar, como no podría ser de otro modo. Toda su novelística es alta (La pasión turca, El manuscrito carmesí, Más allá del jardín, El imposible olvido, La regla de tres) porque es hipotáctica, subordinadas lujosas, una página literaria, específicamente literaria, donde subyace toda su formación bien ordenada, clásicos bebidos a gollete, aquellos tomazos de Aguilar que él zampaba para adelgazar.
El pelito muy corto y pegado al cráneo, los ojos grandes como dos estanques negros, el ayuno como otra religión voluntaria, cadenas y collares en sus años mozos de hambre, bastones y fulares en su vida rica, adorado por la política hasta ofrecerle cargos que rechazó mientras abanicaba las manos, cervantes en paraísos extranjeros, carteras ministeriales socialistas, lo que fuese. Su gran secreto fue la soledad sonora, la soledad de monje, lo que él aprende al estudiar dos carreras a la vez, Derecho y Políticas, el desafío interior que es marcarse un logro, una línea de meta, y no parar hasta llegar a ella, ajeno a botellones y panderetas, todo sin perder alegría, cascabel que sube y baja las escaleras de la vida con su cante a cuestas.
Dijo el envidioso profesional de Marsé –toda una vida dedicada a odiar la prosa sonajero, el barroco que no entendía por muy burro- que Gala era Corín Tellado con bastón. Nada que ver. Fue una escritura lenta, lujosa, libidinosa, lúbrica, en el punto junto de calentura, que supo vender más caro que nadie. Si daban 4 por ir a un sitio a perorar, Gala siempre pidió 10. En las firmas iba más despacio, dialogando, cuando no había gente para formar mogollón (sin cola no hay venta). Escritura lenta, demorada, detenida, que supo ir ultraligera debido a la velocidad supersónica de un pobre e incansable rotulador común. Un pilot, cogido como en otro tiempo hacían con la espada.