En 2023 se cumplen sesenta años de la fundación de la Organización para la Unidad Africana (OUA), de la cual es heredera desde 2001 la Unión Africana. En el origen estaba el movimiento panafricanista que, desde el mundo cultural se había extendido hasta la política al paso de la Descolonización, la Guerra Fría y el hundimiento de los grandes imperios europeos. Después de las dos grandes guerras mundiales, de los campos de exterminio y de un siglo de políticas coloniales modernas, el desmantelamiento de los imperios coloniales era inevitable. En algunos casos, fueron procesos relativamente pacíficos. En otros, hubo guerras. En todos, abundaron las tensiones y los conflictos. A la altura de 1963, el impulso panafricanista parecía imparable.
No era para menos. África exhibía una galería de líderes deslumbrante. Quizás el más famoso fue Gamal Abdel Nasser (1918-1970). Presidente de Egipto desde 1954 hasta 1970, su sonrisa lo hizo famoso en todo el mundo. Destacó en la Conferencia de Bandung (1955) y convirtió la derrota militar en la Guerra del Canal de Suez en una victoria política cuando logró que la URSS y los Estados Unidos se pusieran políticamente de su lado frente al Reino Unido, Francia e Israel. Desde el Cairo, la emisora de radio La Voz de los Árabes hizo del país africano el motor del panarabismo.
Otro al que los medios de comunicación adoraban era Kwameh Nkrumah (1909-1972), pensador panafricanista y líder de la independencia de Ghana. Hombre de acción directa pero reflexiva, su campaña de protestas, manifestaciones y boicots en la Costa de Oro, como se llamaba el territorio colonial, puso en jaque a la administración británica. En libertad era peligroso para el imperio, pero encarcelado simplemente era letal. Los pobres y desheredados lo adoraban. Cuando los británicos lo detuvieron en 1950 y lo condenaron a tres años de prisión, lo convirtieron en un héroe. Tuvieron que liberarlo en 1951. A medida que pasaban los meses, Para evitar que la colonia cayese en el caos, la administración colonial organizó elecciones en 1956. El partido de Nkrumah ganó. En 1957, el país independiente pasó a llamarse Ghana. Eligió como residencia oficial un palacio que antes se había utilizado para el tráfico de esclavos. Era todo un símbolo. Por toda África se iría conmemorando la atrocidad de la trata de esclavos, cuyas consecuencias se prolongan hasta hoy. Sin embargo, Nkrumah cambió cuando llegó al poder. Se fue alejando de las masas. Desconfiaba de todos. Se quedó solo. Lo terminó derrocando un golpe de Estado y murió en Rumanía.
El tercer gran líder -aunque podríamos recordar a muchos más- fue Julius Nyerere (1922-1999). Católico, licenciado en Economía y en Historia, era profesor de Historia, Inglés y Swahili. Estaba muy influido por el pensamiento socialista y por la China de Mao. Emprendió una política de nacionalizaciones que convirtieron a Tanzania en un modelo para comunistas y socialistas en busca de alternativas a Moscú y a Pekín. C. L. R. James lo elogió en su “Historia de las revueltas panafricanas”.
No eran los únicos. La OUA nació en un sitio tan emblemático como Etiopía, el país que había vencido a los italianos en Adua (1896) y que los había combatido con valor en la invasión de 1935-1936. Argelia, Burundi Camerún la República Centroafricana, Costa de Marfil, Chad, Congo, la República Democrática del Congo, Dahomey, Etiopía, Gabó, Guinea, Liberia, libia, Madagascar, Malí, Mauritania, Marruecos, Níger, Nigeria, Ruanda, Senegal, sierra Leona, Somalia, Sudán, Togo, Túnez, Uganda, El Alto Volta -que pasó a llamarse Burkina Faso en 1984- y Zanzíbar, además, de Egipto, Ghana y Tanzania, que antes se llamó Tanganica. Kenia se unió ese mismo año de 1963 unos meses más tarde de la fundación. Marruecos se marchó cuando el Sáhara Occidental se retiró en 1984, pero regresó en 2017. La OUA fue creciendo con nuevas incorporaciones.
Es cierto que la organización no ha sido lo que los panafricanistas soñaron, pero ha tenido grandes contribuciones. A pesar de la división entre los países, las injerencias externas y las evidentes diferencias de todo tipo entre sus socios, fue ganando prestigio en África y creció el número de los países no africanos con embajadores acreditados ante ella. La mediación de la OUA ha sido crucial en conflictos como el que enfrentaba a Libia y al Chad o a Somalia y Etiopía. Gracias a la OUA, los estados africanos han elaborado práctica internacional que ha servido a otros países de todo el mundo; por ejemplo, en materia de desnuclearización o de la prohibición del uso de mercenarios.
En 2001, ya con 55 estados miembros, la OUA pasó a llamarse Unión Africana. Es inevitable recordar el paso de las Comunidades Europeas a la Unión Europea para comprender la trascendencia y la esperanza que ese cambio encierra. 60 años después del nacimiento de la OUA y 22 después de la fundación de la Unión Africana, esta columna celebra los dos aniversarios.