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TRIBUNA

Valor ético del Autodominio

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
jueves 08 de junio de 2023, 19:33h

Los juristas romanos denotaron los tres grandes y más básicos valores éticos con las expresiones “neminem laedere”, “ius suum cuique tribuere” y “honeste vivere”. Usaremos por brevedad las denominaciones de “Respeto”, “Justicia” y “Autodominio”.

Según la gravedad de su transgresión, el primero es sin duda el Respeto. En la teoría de los valores éticos hay que empezar por el Respeto, y más concretamente por el Respeto a la Naturaleza. En esto parece que todos estamos de acuerdo en unos tiempos en que tanto hablamos de “ecología”.

Ahora bien, si nos preguntamos cuál es el valor ético que primero debemos enseñar a los niños, la respuesta es el Autodominio.

Cuando leemos en el periódico que un drogadicto ha asestado por la espalda diez puñaladas a un taxista para robarle 300 euros, ya se entiende que no es que el día anterior el asesino hubiese fumado su primer porro. Hay un lento proceso retroalimentación entre las pasiones del cuerpo y las claudicaciones del espíritu. Siempre hay un primer resbalón moral que empieza a minar la voluntad. Si las rendiciones de ésta a las exigencias de la pasión se repiten, se va incubando lo peor: el odio, los deseos de venganza, o el total desprecio por la vida humana. Esa retroalimentación entre la pasión que exige y la voluntad que cede dura sin duda varios años. No es algo que suceda de la noche a la mañana.

Si indagamos en la vida de un criminal drogadicto, probablemente encontraremos un niño con buenos sentimientos, pero que tuvo la desgracia, por el motivo que sea, de cometer un primer fallo moral. Quizá ni siquiera grave, pero en todo caso culpable, por la complicidad de la voluntad. Y luego sigue el proceso como bien sabemos. Los impulsos de la psique, que al principio podían ser incluso positivos, se van degenerando hasta llegar al peor de todos los sentimientos, el odio que ya no se detiene ante nada. Todo se juega en estos valores de autodominio. Por eso son tan decisivos para la educación de la juventud.

Pongamos otro ejemplo, que también ha salido en la prensa y la televisión. ¿Cómo es posible que alguien sea capaz de odiar a su mujer, con la que se casó sin duda enamorado, con la cual ha convivido muchos años, con la que ha compartido la alegría de traer hijos a este mundo y verlos crecer, cómo es posible, decía, que al cabo de los años sea capaz de odiarla hasta el punto de atacarla por la espalda, atarla a una silla, rociarla con gasolina y prenderle fuego hasta abrasarla viva? ¿Cómo es posible que un amor sincero e ilusionado, como el de todo joven enamorado, acabe trasformándose en el más negro de todos los sentimientos humanos, el odio exacerbado, que lleva hasta el crimen y un crimen con este grado de sadismo y crueldad?

Las llamadas “pasiones” son en su inicio un impulso físico o corporal, pero que acaba siempre en nuestra psique. Los movimientos de esta psique, nuestros sentimientos, deseos, impulsos, tendencias, simpatías y antipatías, amores y odios,

todo eso está inmerso en el mundo de la naturaleza causal. En consecuencia también la psique está sometida a inercia. No sólo hay inercia en mecánica, en el movimiento de los cuerpos masivos, como aprendemos en Física, sino también en lo animal y fisiológico. Las pasiones arrastran de modo ciego al mal. Con todo, la responsabilidad moral sólo aparece cuando consiente la voluntad.

Una pasión, en cuanto instinto fisiológico y psicológico al mismo tiempo, puede en principio ser frenado o acelerado por la voluntad. Pero lo que ocurre en la psique de todo aquél que se deja arrastrar por sus pasiones, es un serie de frenazos repetidos y acumulativos a los sentimientos positivos de simpatía o cariño por las personas, hasta que quedan reducidos a cero. Se deja de amar lo que antes se amaba intensamente. Y el diabólico proceso se completa con una serie de acelerones, también repetidos y acumulativos, a los impulsos negativos. Así el amor inicial degenera en odio. Cada vez que la voluntad cede a una tentación cualquiera, hay un frenazo a nuestros impulsos positivos que ciegamente van al bien, y un acelerón simultáneo a las pasiones que ciegamente van al mal. Los primeros acaban por ser reducidos a la nada, mientras los segundos entran en una espiral explosiva.

Si no se cortan pronto, cuando aún se está a tiempo, estos procesos de retroalimentación se hacen irreversibles. Y entonces, no sólo llevan al desastre de la persona, sino que se convierten en un peligro para la sociedad. Cuando un muchacho fuma su primer porro, parece que no hace ningún daño a la sociedad, sino sólo a sí mismo. Pero cuando el proceso explota tenemos a un asesino, que conmueve los cimientos de la entera sociedad.

Desde el punto de vista pedagógico, los valores de autodominio son los primeros que deben ser enseñados. Por aquí comienza la educación en los valores. No son los primeros en la escala según un orden teórico. Pero si pensamos en el orden en que hay que enseñar los valores a una persona, hay que empezar por aquí. Y hay que comenzar en la infancia. Son los valores que primero hay que inculcar a los niños, y además los que éstos pueden comprender mejor. Y hay que continuar esa enseñanza en los decisivos años de la adolescencia.

En realidad muchas fábulas y cuentos de niños han sido redactados con esta intención. También hay muchos excelentes libros para la formación del carácter en la juventud. Lo más corriente en la vida de todo criminal es que nadie le enseñó estos valores de autodominio cuando era niño o joven. Por supuesto, puede darse el caso contrario, pero es mucho menos frecuente, porque implica mayor perversidad moral. Como también puede afirmarse que el niño que aprende bien estos valores tiende a conservar su enseñanza toda la vida. Puede malograrse, desde luego, pero corre menos riesgos que aquél que careció de toda formación en los valores de Autodominio.

Entre los múltiples y disparatados errores axiológicos que hoy día circulan, quizá el más deletéreo de todos sea el olvido, o incluso el desprecio explícito, de estos valores de Autodominio. No se predica a la infancia y la juventud que hay que fortificar el carácter, robustecer la voluntad, resistir a las pasiones, parar las incitaciones al mal que provienen del cuerpo o de los malos ejemplos. Hoy día se predica todo lo contrario. “Vive a tope, no te reprimas, no renuncies a nada, date todos los gustos que estén a tu alcance.” Este es el mensaje que trasmiten los

medios de comunicación, lo que se enseña en las escuelas, lo que los anuncios publicitarios martillean sin cesar. ¿Cómo sorprendernos por tanto de la crueldad y sadismo que aparecen en las crónicas de sucesos? Más bien habría que sorprenderse de lo contrario. Milagro sería que, bajo tales incitaciones a la perversidad moral, las crónicas de sucesos de nuestros días se pareciesen a las de 1950. Pues fue probablemente en los años sesenta cuando asistimos a un punto de inflexión en la moralidad privada y pública. Bastaría hacer un estudio de los informes anuales del Fiscal General del Estado, en España o en cualquier país occidental, para documentar estadística y sociológicamente esta afirmación.

En el siglo IV Pelagio pensó que no existe el pecado original y por tanto el ser humano no está sometido a malas pasiones. Luego Rousseau creyó que el buen salvaje era corrompido por la sociedad. Pero ahora tenemos a Pelagio y a Rousseau juntos y redivivos. Estamos incluso orgullosos de que la cultura postmoderna haya destruido todos los tabús y todos los mitos. De ahí la idea de que no hay que castigar a nadie, ni reprender a nadie, ni reprimir los impulsos de nadie. De ahí el convencimiento de que dar rienda suelta a todos los instintos no puede traer sino progreso y liberación, tanto a las personas como a la sociedad. Los valores de Autodominio no tienen cabida en la educación moderna y progresista.

Como en este tema se corre el peligro de morir ahogado en el mar de sandeces que se oyen por todas partes, voy a citar únicamente una perla aparecida en nuestro Boletín Oficial del Estado. Una Orden Ministerial, justo del Ministerio supuestamente responsable de la Educación y la Cultura, dice lo siguiente. “A partir de la aplicación de esta ley (la que introducía la ESO o Enseñanza Secundaria Obligatoria), el error no será considerado ya como un defecto, sino como la expresión auténtica del dinamismo subyacente del alumno”.

Dejando aparte la insoportable pedantería de este lenguaje, si el error no es un defecto y se ha convertido en la expresión auténtica del dinamismo subyacente del alumno, habrá que quitarse el sombrero ante los errores de los estudiantes. Cuanto más enorme sea el error, tanto más vigoroso y admirable será el dinamismo en cuestión. En cambio, el niño que responda correctamente, cuando es preguntado sobre el teorema de Pitágoras, por ejemplo, demostraría carecer de dinamismo subyacente. Quizá haya incluso que reprenderle por ello.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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