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A las mujeres nos pierden los sentimientos

miércoles 22 de octubre de 2008, 22:38h
Todavía en demasiadas ocasiones, a las mujeres nos pierden los sentimientos, los malos, los que brotan de la angustia por la indiferencia del hombre amado, por la pérdida o el abandono. Se enrollan en nuestras vísceras como enormes serpientes que reptan hasta el cerebro, alejando cualquier comportamiento más o menos razonable. Y no importa que se proceda de una buena cuna y que la educación haya sido exquisita, el dolor no conoce de clases sociales ni de coeficientes intelectuales y se ensaña por igual.

El amor que sentimos nos lleva a disculpar lo que desde fuera se ve claramente como injustificable, mostrándonos, en los casos más extremos y contra los que hay que seguir luchando sin descanso, a mujeres que vuelven a convivir con su maltratador, a pesar de la orden de alejamiento, porque están convencidas de que, sin su amor, aquel hombre nunca podrá redimirse. La última oportunidad, le advierten ante sus vacías súplicas. Y así, vuelven a sacrificar su seguridad, su dignidad y, por desgracia, a veces, incluso su propia vida. Hasta el final. Hasta que la última oportunidad resulta ser para ellas.

Y es que perdemos muchas cosas por ese sentimiento, el amor, que en vez de opresión e indignidad debería traernos libertad. María del Rosario Endrinal dejó su familia y su trabajo como secretaria de alta dirección por el amor que decidió vivir en París junto a un hombre que más tarde la abandonó. Ella volvió a su ciudad, pero ya nada era lo mismo. Sufría, y aquellos a los que dejó no la habían perdonado. Parece que ni su hija ni su madre se sintieron capaces de darle el cobijo que sí encontró en la bebida y en una existencia sin techo. Su depresión no le dejó ver que después de las tinieblas puede volver a brillar la luz.

Las imágenes de Charo sucumbiendo a las llamas que unos tipos habían prendido en su cuerpo nos dejaron a todos impresionados. Era diciembre de 2005 y Charo se había refugiado del intenso frío en un cajero automático de Barcelona. Hoy lo recordamos porque esta semana se está celebrando el juicio a dos de los presuntos culpables. A los que ya eran mayores de edad cuando acabaron de forma tan cruel con la vida de una persona. Echan la culpa al otro, al menor, al que dejó de ser presunto porque ya fue juzgado de acuerdo con la Ley del Menor y cumple una condena de 8 años de internamiento en un centro de menores.

Para los que actualmente se está juzgando se pide una pena de 28 años de cárcel y una indemnización de 98.000 euros para la madre y la hija de Charo. Yo sí que no pretendo juzgar a nadie, mucho menos a quiénes perdieron a un familiar en circunstancias tan salvajes, pero me pregunto si habrán pensado en donar ese dinero, o el que se fije como indemnización, a alguna asociación que ayude a los que viven en la calle. A esos indigentes a quienes, sólo cuando ocurren sucesos tan impactantes como el de Charo, se nos ocurre ponerles un nombre y una cara, una historia. Si hay algo que tengo claro desde hace años es que el éxito y la indigencia están separados por una línea mucho más fina y quebradiza de lo que se piensa. Y que, desde luego, el amor o el desamor no deberían estar nunca entre las terribles razones que nos pueden marginar socialmente para siempre.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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