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El salto Angel

miércoles 22 de octubre de 2008, 22:50h
Los inicios de la aviación están plagados de historias fascinantes. Entre ellas, la del piloto estadounidense James Angel, una suerte de Indiana Jones aéreo . Todo empezó en 1920, cuando Angel se hallaba realizando un vuelo de exhibición en Panamá. A causa de una avería, tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia en una suerte de altiplanicie selvática. Reparó como pudo su aeroplano, usando para ello parte de la suela de su zapato como improvisada pieza de recambio, y regresó a la civilización entre grandes muestras de alegría. No era para menos. Su proeza le valió aquella noche ser el centro de atención de Ciudad de Panamá. En el bar donde se organizó su fiesta de bienvenida, todo el mundo quería felicitar al héroe. Todos menos uno. El hombre en cuestión, al igual que Angel, era americano, y lo que más le interesaba era saber si el piloto sería capaz de reproducir su aterrizaje en un terreno similar. Ante la respuesta afirmativa, el enigmático sujeto le propuso contratarle para que le llevase a un lugar que posteriormente le sería revelado. Angel, para quitárselo de encima, le pidió 5.000 dólares como pago por sus servicios, una cantidad sumamente elevada para la época.

Pero a la mañana siguiente, allí estaba su pasajero, con el cheque de 5.000 dólares dispuesto. Hechos los preparativos, el norteamericano pidió a Angel que le llevase al sur del río Orinoco, en Venezuela, donde habría de tomar tierra en una altiplanicie a la que los nativos llamaban “tepuy”. Una vez allí, el piloto vio cómo su compatriota se perdía en el horizonte, con la promesa de regresar al finalizar el día. Y así fue. Cuando el sol ya se ocultaba, el enigmático americano apareció cargado con varios sacos, llenos de pepitas de oro. Angel no preguntó, despegó de allí y no volvió a saber nada más de su cliente…

Pasaron 14 años, y viajando en tren, James Angel se encontró con su misterioso pasajero de antaño, quien le confesaría que donde estuvieron aquel día fue en lo que tantos aventureros y descubridores dieron en llamar El Dorado. Era todo lo que necesitaba saber. Al poco, James Angel y su mujer gastaron cuanto tenían en la compra de un nuevo aeroplano, al que llamaron “Río Caroní”, y se establecieron en Venezuela. Desde aquel momento, todo el empeño de James Angel fue dar con el lugar exacto donde aquella mañana de hacía 14 años aterrizara con su enigmático compañero de viaje. Pero, tras viajes y viajes infructuosos, murió en 1956 sin haber logrado encontrarlo.

Lo que sí halló fue un salto de agua enorme, de poco más de 1.000 m de caída libre. Era -y es, de hecho-, la cascada más grande del planeta. En su honor, fue bautizada como “salto Angel”, y hoy se estudia en los atlas de geografía de medio mundo. El descubrimiento lo hizo por casualidad, en una de sus múltiples excursiones aéreas en busca de El Dorado. Al menos, Angel tuvo el honor de encontrar algo que mereciera la pena. Eso, y sobrevolar los más increíbles paisajes que el ojo humano pueda divisar. En el fondo, sí encontró un tesoro.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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