El 23 de junio abre al público en CentroCentro la exposición Elogio de lo cursi, que traza una genealogía de lo que ha estado asociado a lo cursi desde la aparición de la palabra en la lengua española a comienzos del siglo XIX, y muestra cómo su historia guarda relación con la ruptura de las normas de clase, las de género, o la construcción de “lo español” antes de la llegada del siglo XX.
La muestra reúne una selección de más de 100 piezas de la cultura popular: muebles y objetos decorativos, libros, fotonovelas, cómics, postales, carteles publicitarios, anuncios de obras de teatro, fotografías de escena, procedentes de instituciones como el Museo de Historia de Madrid, Museo de Arte Contemporáneo, Museo del Romanticismo, Museo de Artes Decorativas, Colección Madrazo, Biblioteca Histórica de Madrid, o Centre de Documentació i Museu de les Arts Escèniques Institut del Teatre. Junto a citas de autores como Benito Perez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Jacinto Benavente, Ramón Gómez de la Serna o Enrique Tierno Galván y obras contemporáneas de Costus o Nazario.
El Diccionario de la Real Academia Española de Lengua define cursi como un adjetivo “dicho de una persona que pretende ser elegante y refinada sin conseguirlo”; “dicho de una cosa que, con apariencia de elegancia o delicadeza, es pretenciosa y de mal gusto”. Relacionado con otros términos como los de kitsch y camp, define un cierto tipo de mal gusto que tiene que ver con la nostalgia, la aspiración y la copia degradada.
En las novelas de la segunda mitad del siglo XIX se encuentran numerosos ejemplos de personajes cursis, como Rosalía Pipaón, protagonista de La de Bringas de Pérez Galdós, cuyas aspiraciones siempre fracasaban. Ser cursi suponía un desplazamiento de clase que no podía admitirse. De este modo, el político conservador Francisco Silvela vinculó la cursilería a la revolución.
La cursilería se dio también en los aristócratas que querían imitar el “buen gusto” francés: algunos, nostálgicos, encontraban sus modelos en Versalles, otros, más modernos, lo buscaban en París, sin conseguirlo porque aquí llegaba alterado. Sucedió lo mismo con los burgueses que miraban a la nobleza y compraban muebles y bibelots de oferta con los que adornar sus casas como si fueran palacios. Podría afirmarse, como hacen Ortega y Gasset y Gómez de la Serna, que no puede entenderse la segunda mitad del siglo XIX en España sin asumir que supuso el triunfo de la cursilería.
Elogio de lo cursi está comisariada por Sergio Rubira, profesor de Historia del Arte en la UCM. Forma parte del comité de adquisiciones del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid.