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TRIBUNA

Arañazos de las noches canallitas

domingo 18 de junio de 2023, 19:32h

De lo oscuro hasta el instante que ciega, como un fogonazo que interrumpiera algo abrumador por su estado inactivo. Así son los poemas del último libro de Rodrigo García Marina, pues, igual que en sus anteriores, han sabido traer consigo esa sacudida que suele atenuarse a cada publicación. En él no. Para gusto de sus lectores, o refuerzo en la indiferencia e incomprensión de sus detractores, sabe ofrecer la sorpresa adecuada que genera oleadas de entusiasmo. Sabe agitar el látigo de la atracción, y ya la cubierta es digna de halago en esta misma función, recordando las paredes con grafitis, los muros de las patrias cualquieras que esconden imperfecciones sacadas a relucir, ocurrencias divertidas, bromas que rozan el alarido, el auxilio.

Lo curioso de Los prodigiosos gatos monteses es que no es un libro de poemas. Los tiene, pero sería quedarse corto en la denominación, y no es tampoco su autor dócil con las etiquetas. Más parecido a un cajón de sastre, a lo largo de sus diferentes partes se aglutina el monólogo dramático, los diálogos, también de índole teatral, la narración catártica, la prosaica, el pastiche, la lírica, poemas al uso. Es el inconformismo la vía por la que García Marina sabe lucir su quehacer poético, y por ese mismo distintivo merece una lectura destensada, abierta y receptiva a sus lances más tiernos y más disparatados.

El coronavirus y la pandemia, desde sus padecimientos, han sabido ser utilizados por la literatura, y la cultura en general, como suele hacerse con toda coyuntura posible que alimente las tintas y salde deudas con episodios dolorosos. Los prodigiosos gatos monteses nació como un encargo a su autor para que pudiera ofrecer su visión al respecto. Eran de esperar las cantidades de pólvora y el regodeo en la perspectiva marginal de sus múltiples voces narrativas y poéticas, pero lo que sorprende es, y lo repito, la ternura. García Marina, desde su anterior, Desear la casa, ha avanzado en su interés por las situaciones de redención. La sutura de los desvalidos, de los que han hecho del escenario lumpen su lecho confortable, pero no han perdido gramo alguno de esperanza, aunque su aspecto sea cada vez más raído. ‘Como un mulo estéril vago. Estoy perdido. No sé lo que es una prole. No pertenezco a ningún lugar. Y aun así te pido, por favor, que me escuches.’

De este compendio de textos, destaco Loukanikos. ¡Oído cocina! Monólogo para un actor enamorado, por su honestidad y su capacidad de descubrirnos los pequeños incendios del enamoramiento en las condiciones más salvajes, y Fiebre, por ayudarnos a reconocer que ‘si no puedo/ tenerte entre mis brazos/ al menos puedo hacer contigo/ el efecto óptico de la literatura.’ El resto, no requeriría de intentos de explicaciones, ya que lo torrencial y vertiginoso de la escritura de García Marina no casa con papers académicos, artículos como este, ni con prólogos o epílogos, aunque los firmen amigos o adeptos. El desconcierto es una baza, un arañazo que pronto se infecta, mientras uno pasea por las noches canallas en las que los yonquis reparan en el amor que guardan entre su nutrido arsenal.

Por las manos que ‘no sostenían nada ni a nadie’, los deseos que se arremangan la suciedad para poder cumplirse, al menos una vez, al menos para sentir ‘la boca de la luna desparramarse como un dios’, sin dejar de estar cerca de lo prohibido.

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