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LETRAS, CEROS Y UNOS

Amor fati

sábado 24 de junio de 2023, 18:35h

Me han quitado mi ordenador. Sí, mi instrumento de trabajo, aquel con el que hacía infinitos cuadrantes que nadie leerá jamás. El mismo con el que escribí una columna quejándome del tremendo sopor que me estaba dando una charla impartida por un “ponente mórfico” a la que asistía, el mismo con el que daba el callo todos los días de nueve y media a cuatro en mi centro de trabajo y luego a saber en casa. Sí, un escritor sin ordenador, un bibliotecario sin instrumento de gestión, un maestro sin poder hacer sus planillas acordes a la ley Celaá; un espadachín desarmado.

¿El motivo? Que ya disponía de otro. No entraré en detalles, pero el otro, en realidad, no sirve para gran cosa más que para haberme decidido, esta vez sí, a retomar mi intención de tatuarme en la muñeca esa premisa estoica del amor fati, o lo que es lo mismo; aprender a amar lo malo, porque el sufrimiento ha de hacernos más fuertes y yo, con ese ordenador desguazado y del pleistoceno voy ya por el quinto o sexto cielo ganado.

Mi amigo y columnista aquí en EL IMPARCIAL Diego Medrano me da un golpe de realidad. Me dice en su mensaje de whatsapp que Voltaire escribía con velones. El ordenador es un invento de hace nada con el que hasta los famosos de la sobremesa son capaces de escribir, o al menos esbozar, negro literario mediante, un libro de estos que crean colas bajo la lluvia en las ferias. Gabo creó Macondo a máquina de escribir con papel de calco gastado entre las cuartillas y utilizando solo dos dedos. Victor Hugo escondía su ropa para evitar la tentación de salir a la calle cuando estaba en pleno proceso creativo. Cuentan que a Nabokov le encantaba escribir en el asiento del copiloto del coche familiar insistiendo en que fuese su mujer quien condujese para que así él pudiera escribir. Me imagino el mareo y ya hasta puedo sentirlo de pensarlo. Dicen de Virginia Wolf que componía de pie, al igual que Hemingway. Wallace Stevens, por lo visto, lo hacía caminando. Hay una chica que acude a mí mismo centro deportivo que escribe algo a la vez que pedalea en la bicicleta estática. Yo, que soy de fabular, pienso que son poemas o canciones o algo así.

De En el camino de Kerouak se dice que fue escrito en un rollo de folios pegado por celo. Auster sigue escribiendo a mano, al igual que J.K. Rowling, de la que cuentan que esbozó su Harry Potter en una servilleta de papel. Joyce escribió su magna obra Ulises casi ciego. Utilizaba un lápiz azul para que las letras resaltaran más ante su escasa visión. Steinbeck escribía sus novelas a lápiz, un objeto que, al parecer, asía con tanta fuerza que le causaba heridas en las manos. Balzac solía tomarse unas cincuenta tazas de café todos los días para entonarse en eso de la literatura. Mi experiencia más cercana a la muerte fue así, con un par de bebidas energéticas y un café con textura petrolífera de mi madre. Kurt Vonnegut, autor de entre otras de Matadero cinco solía hacer fondos y sentadillas en las pausas de su proceso creativo quizás para entonarse con el ritmo de la historia. ¡Qué decir de Cervantes y otros contemporáneos suyos, con sus manuscritos custodiados como oro en paño en las cárceles, en viajes interminables ante cualquier tipo de inclemencia donde el papel escrito o no podría ser un buen combustible. Libros escritos bajo farolas, escritos aprovechando la luz de la luna llena, en papeles imposibles, con plumas de ave y tintas caseras. Pienso en libros que han costado la vida a quienes los han compuesto. Monjes amanuenses que dedicaron su existencia a reescribir una y otra vez textos en los que a saber si lograron en realidad sumergirse o si para ellos solo eran trazos a reproducir de sol a sol. Pienso en Bolaño con su 386 y su wordperfect o a saber qué procesador de textos del pleistoceno para escribir 2666 o Los detectives salvajes. Goethe dedicando diecisiete años de su vida a corregir Fausto, ojos de escritores que poco a poco se vuelven ciegos de escribir casi a oscuras. Los velones de Medrano, los velones, y yo quejándome de que el teclado de mi ordenador viejo está flojo y se traga letras o de que como es un Windows 8.1 ya no me funciona el Spotify.

Prescindir de tecnologías y ayudas sirve para conocer realmente la esencia de la labor del escritor. El de verdad, el que es reconocido (o no, que de todo hay) por la calidad de su obra y vive por y para escribir. El que pica piedra y corrige y vuelve a corregir y se alimenta de sopas de galletas, kebabs y anfetaminas, como hacía Sánchez Ferlosio mientras escribía su gramática. El escritor dipsómano y noctámbulo que solo sale por las noches a tomar copazos y a rebuscar en los cubos de basura. Incomodidad voluntaria para valorar más lo que uno tiene. Somos tan privilegiados como poco valorados quienes vivimos y escribimos a día de hoy.

Amor fati, mucho amor fati. A lo bueno es muy fácil acostumbrarse, a amar nuestra propia fatalidad puede que no nos acostumbremos jamás. Quizás, viendo los tiempos que corren, deberíamos centrarnos más en guardar unos cuantos velones en casa por lo que pueda pasar; por si hay que ir pensando en ganarse otro cielo más.

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