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TRIBUNA

Fotografías de mis padres, hacia 1990

lunes 26 de junio de 2023, 18:37h

Es un álbum que uno ha repasado infinitas veces. Guarda el viaje de bodas de mis padres por Marruecos, seguramente en el otoño o principios del invierno de 1990. Las ropas que empiezan a ser abrigadas denotan la suposición. Importan poco más allá de la curiosidad de cómo se vestía la gente hace treinta y tantos años. Aparte de ellos, claros protagonistas y motivos de peso en las instantáneas, pocos más aparecen. Lugareños a quienes les es preguntado por una calle o un monumento, ataviados con sus chilabas y protegidas las cabezas con un tarbush. Niños que corren y juegan por los callejones arqueados y oscuros en el momento de tomarse las fotos; uno en especial, al contraluz del resplandor que se vislumbra al otro lado, adivinándosele los rizos, las cortas piernas que avanzan por su sendero imaginario entre el suelo polvoriento y los diminutos charcos. Las puertas del azul local rompiendo la monotonía negra de las sombras realzadas por ser analógicas. Una página que me gusta especialmente: arriba, la panorámica de Fez atardeciendo, con ese aspecto del cielo cansado aunque no haya hecho mucho a lo largo del día, y los ladrillos a tono, siguiendo ese esplín de lo que se detiene para sentir el escalofrío de placer y lo irremediable del tiempo dejando pátina; abajo, mi padre recostado en la cama de la habitación del hotel. Del cigarrillo sube un humo blanco que se para en la mitad izquierda de su rostro, cruza su pelo y se disuelve entre el cabecero y el inicio de un marco. Reconozco en sus labios, en su barbilla afeitada, mis rasgos. El mismo apurado de la piel, más con la estremecida de las similitudes encontradas con tantos años de diferencia. Aunque es un plano general, y la otra cama corta su figura por debajo de las rodillas, consigue apreciarse el estampado de su camiseta, sus cejas y sus ojos, más verdosos por entonces, ahora turquesados. El sol quema el teléfono de rueda en la mesilla. Echándole hiperestesia, es fácil sentir la rugosidad de las colchas, de las cortinas, del polvillo en suspensión añadiendo ventura y divagaciones, como merece toda pausa de viaje. Es una de las imágenes que prefiero cuando pienso en él, pero quizá se deba a que puedo anudar mejor a su pose mi ensimismamiento melancólico, no heredado de ninguno. Ocurre parecido con otra en un patio de Tánger, cubriéndole medio cuerpo la sombra de un níspero, mochila al hombro, ensayando la pose por si acaso la posteridad pidiera cuentas o simplemente queramos acordarnos de que salíamos bien, que el gesto mereció lo mínimo forzado. En los jardines de Meknes, mi madre sonríe divertida. Uno es como ella físicamente, mi cara es más Velasco. En páginas anteriores, le han pintado en la frente un tatuaje estrellado con jena. Mira a cámara con los ojos achinados, y la confusión le da un aire más risueño a la escena. En los jardines, parece que quisiera ser perseguida y se vuelve para corresponder la coquetería. Hay cierta suavidad, cierta timidez, si es retratada en cercanía. Ante un portón dorado, con decoración floral y azulejos multicolores de misma índole, evita la mirada del objetivo. Las gafas de sol a juego con la sudadera de motivos marineros. Las rescaté de adolescente, cuando uno empieza a buscarse a sí mismo infructuosamente, pues cada década siguiente tendrá a bien desbaratar lo que se creía alcanzado en la anterior. Las patillas estaban ensanchadas hacia su final y volvían de soplillo mis orejas. Uno lo pasaba por alto porque intentar la elegancia excusa cierto ridículo, aunque se caiga en él.

Es un álbum por el que el apego no ha disminuido con los años, al contrario. Regresar a él conlleva fascinaciones y anhelos de historias. Es posible que las horas transcurridas con él sobre mi regazo incitaran a inventarme las propias, para que pasaran lentamente decorándolas con escenarios tanto más o igual de sugerentes que aquellos sureños y recónditos. Por tener la opción de huir del invierno propio al calor de los recuerdos vividos o fantaseados.

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