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Nuevas tensiones en la Europa del Este

jueves 23 de octubre de 2008, 22:41h
El concepto de “nuevas tensiones” se refiere a una nueva situación en las relaciones internacionales producida por dos razones principales:

1) el reconocimiento del Kosovo como Estado independiente por gran parte de los países occidentales supuso la violación del principio del Acta de Helsinki de 1975 que basaba las relaciones internacionales en el respeto de la integridad territorial de los Estados e inviolabilidad de las fronteras.
2) la invasión rusa de un Estado soberano (Georgia), con el pretexto de defender una minoría étnica a parte que refleja la violación del Acta de Helsinki, recuerda a las guerras étnicas del siglo XIX.

Para comprender mejor el proceso de destabilización de los Estados creados después del colapso del comunismo hay que distinguir entre dos procesos paralelos que a veces coinciden, el de desintegración y el de destrucción del Estado comunista. La mayor parte de la URSS se desintegró de modo pacífico, tal como lo hizo Checoslovaquia. Sin embargo, en el caso de la antigua Yugoslavia, el Estado se desintegró, pero las nuevas realidades estatales no se reconocieron por parte del nacionalismo radical serbio y croata que ha sido el principal motivo de su destrucción con el fin de crear Estados étnicamente puros. La Yugoslavia comunista se destruyo durante los años noventa en cuatro guerras sucesivas: Eslovenia, Croacia, ByH y Kosovo.

El conflicto entre serbios y albanokosvoares acabó con la intervención de la OTAN sin beneplácito del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El bombardeo de la OTAN fue el primer paso en la violación del derecho internacional. La Alianza Militar actuó por defender los derechos humanos de los albaneses, para impedir la limpieza étnica que sistemáticamente realizaban el Ejército y paramilitares serbios. Pero intervino en asuntos internos de un país soberano. Aún así, durante la campaña militar y posteriormente en la firma de los acuerdos de paz (La Resolución 1244), se garantizaba la integridad territorial y soberanía de Estado serbio en su pleno territorio. La proclamación de independencia de Kosovo, el 18 del febrero pasado, fue lo que rompió con estas garantías y sirvió como pretexto (no es la causa) a la invasión rusa de Georgia.

Mientras se desintegraban Yugoslavia y la URSS, los analistas políticos afirmaban que eso era una lógica consecuencia del final de la Guerra Fría y del colapso del comunismo. Se presentaba como un hecho inevitable, además de repetitivo en aquellas tierras. El colapso del comunismo se presentó como el fin de la historia, como la victoria definitiva de la democracia, el punto final de los acuerdos de Yalta (1946) donde Roosevelt, Churchill y Stalin dividieron el mundo en zonas de influencia. Sin embargo la invasión rusa de Georgia nos ha devuelto el lenguaje de la Guerra Fría, y muchos analistas afirman que aunque nadie echa de menos el frágil equilibrio del terror nuclear, que las relaciones entre el Occidente y Rusia, van a endurecerse aunque una nueva Guerra Fría es imposible. La principal característica de la Guerra Fría es que se trataba del conflicto entre dos ideologías opuestas, entre la democracia liberal y el comunismo. Aunque el miedo de la ocupación rusa de Europa y el objetivo de parar el expansionismo de Stalin contribuyeron a su comienzo. Por lo tanto, la invasión rusa de Georgia, por mucho que nos recuerda a otras invasiones rusas – la de Hungría en 1956, de Checoslovaquia en 1968 o de Afganistán en 1979- no estamos ante una nueva Guerra Fría, y sí ante un comportamiento de Rusia que ha sido una constante en su política exterior: la influencia. Hasta ahora la influencia se disfrazaba o con la preocupación por los hermanos eslavos y ortodoxos en la Europa del Este frente a los católicos u otomanos de los Imperios reinantes; o con la utopía del comunismo, que era otro modo de tener bajo su control un gran territorio fuera de sus fronteras.

La invasión de Georgia con el pretexto de proteger la población rusa en Osetia de Sur es posiblemente sólo un comienzo de lo que Rusia de Vladimir Putin y Medvedev considera su derecho – proteger la población rusa en los Estados vecinos. Rusia se ha recuperado, con la victoria en Georgia ha subido la moral de su población, y claramente quiere demostrar que no acepta el poder unilateral de los EE.UU. No es posible una nueva Guerra Fría, pero tampoco es posible que los rusos dejen de intentar de aumentar su influencia política.

Los Occidentales, sobre todo la UE han actuado como si la invasión de Georgia era una sorpresa. Es incuestionable que el Ejército ruso invadió le territorio de un Estado soberano, que cometió sistemáticamente vejaciones y crueldades contra la población civil y que ha ganado la guerra en cuatro días, aceptando unos acuerdos de seis puntos para el alto de fuego y retirada de sus tropas. Es obvio que la UE no ha estado en la altura de las circunstancias: ha reaccionado tarde y mal por su pacifismo endémico, que lo lleva a enfatizar la llamada vía diplomática – como si no se hubiera demostrado, en las guerras de la antigua Yugoslavia, que a los interlocutores que previamente han demostrado disponer de fuerza militar y estar dispuestos a usarla, la vía diplomática les sirve sólo para ganar el tiempo-. Por lo tanto, Rusia seguirá aumentando su poder en el Caucazo.

Mira Milosevic

Doctora en Estudios Europeos

MIRA MILOSEVIC es doctora en Estudios Europeos, profesora del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, y autora de Los Tristes y los Héroes. Historias de nacionalistas serbios

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