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TRIBUNA

Homiliario

miércoles 28 de junio de 2023, 18:31h

En ocasiones, algunas veces sacerdotes y obispos me han invitado y autorizado a decir la homilía en iglesias y en catedrales lo mismo fuera de España (Alemania, Argentina) que dentro de ella con el argumento de que en ocasiones un laico se deja entender mejor por otros laicos, argumento que puede o no ser verdadero y que no me lleva a creerme un superlaico. Pero yo, en tantas cosas desobediente, me declaro sin embargo obediente al máximo en ésta. Se trata de una práctica arriesgada si el laico es un giróvago bocazas, pero también si el clérigo es un cobardica temeroso de llamar a las cosas por su nombre, o de ir al fondo de ellas. Es bien sabido por la mayoría que muy pronto todos los creyentes tendremos que predicar enviados por la comunidad, aunque sólo sea por el vergonzante argumento de que la media de edad de los sacerdotes va siendo casi de la Edad Media y su relevo parece imposible. Dentro de un par de décadas veremos lo que nunca se ha visto.

Sin embargo, el lado bueno es que, con el cierre del viejo ciclo, se acaba el consumo pasivo de predicaciones hoy tan característico de la mayoría de los creyentes perezosos, cuya única participación en las celebraciones es la de echar morrallita de cobre a la cesta de las ofrendas, y lo sé bien porque, multiempleado parroquialmente, también paso el cepillo, y de eso habría mucho que hablar.

Lo que no se acabará, sin embargo, es la actitud de tantos “fieles” que no dudan en poner verde a la Iglesia –estos son los fariseos puros, pero la Iglesia la pobre pecadora- y que echan sus lenguas a pacer para poner al caer de un burro a ciertos sacerdotes cuyas homilías son muy pobres o ideológicamente desagradables para el gusto de los consumidores, algo que siempre me ha incomodado, por decirlo suavemente.

Así pues, qué bueno que se acaben los tiempos del clericalismo levítico; afortunadamente hasta las rabinas han comenzado a predicar en las comunidades judías no tan fundamentalistas. ¿Lo estarán haciendo dichas rabinas peor que los rabinos barbudos, supremacistas y excluyentes?, ¿perderán por su culpa vigencia los dogmas y la fe pronunciada con voz femenina?, ¿predicarán peor los rabinos negros que los blancos, los rabinos judíos que los rabinos alemanes? Las cosas no cambiarán mucho, y como siempre habrá de todo en la viña del Señor.

Por lo demás, si del judaísmo regresamos al cristianismo, donde tanto hiere el asunto al supremacista católico medio -que en formación teológica y bíblica no llega a medio católico-, y si sólo los varones sacerdotes le parecen aptos para predicar, ¿por qué no se van preparando ellos mismos a marchas forzadas para hacerlo, y así de paso estudian algo de ciencias religiosas?, ¿o acaso el mero hecho de ser blancos bautizados por sus propios prejuicios viscerales les faculta para decir burradas de garrafón desde el púlpito?, ¿esto va a ser el futuro?, ¿o el principiose del continuose del acabose?

Como decía arriba, desde hace algunos años, soy por gracia inmérita lector en mi parroquia, Nuestra Señora de Europa, Madrid, en la ribera del Manzanares, aunque ni siquiera disfruto de las órdenes menores, pero me alegro mucho eclesialmente (más que personalmente) cuando –y no es tan infrecuente- algunos asistentes a la misa vienen a felicitarme por lo bien que según ellos leo, quejándose al mismo tiempo por la pobreza sintáctica y prosódica de otros lectores que aburren a tantos otros. Ahora bien, si uno no es capaz de encender su corazón para leer el Evangelio, ¿cómo podrá ser apto para caminar tras las huellas polvorientas de Jesús y de sus manos que parten el pan?, ¿por qué amamos las piernas que parten el pan, pero no movemos nuestras piernas yendo a predicar?

A pesar de las teológicamente impresentables homilías que nos echan los Testigos de Jehová, admiro su presencia de dos en dos para predicar su Evangelio. Frente a ellos, los que nos decimos católicos nos limitamos a consumir sacramentos bien sentaditos y con aire acondicionado en nuestras parroquias. ¿A quién le extrañará que el próximo paso sean los sacramentos virtuales y las teleprédicas sedentarias?, ¿por qué no pasar cómodamente de un botón impío de la televisión a otro piadoso? No pretendo ser Julio Verne predictivamente, pero ya veremos, dijo el ciego. ¿Las catacumbas, el martirio? Hoy juega Carlos Alcaraz, no gracias. Aunque una vez más me convierta en predicador hiriente por ser predicador herido, yo prefiero la homelética de Jesús yendo de Jerusalén a Jericó y el camino de Emaús, que no es precisamente el turístico camino de Santiago.

Si hace falta tirar piedras (es decir, verdades como puños) sobre el propio tejado, se tiran. Pero tengo piedras (es decir, verdades como puños), para todos. En efecto, los homiliastas u homeletas, o como se llamen, o dejen de llamar, abundan especialmente entre las tribus de quienes presumen con altavoces no creer en nada, en nada excepto en sus propias homilías. ¡Qué plastas aquellas moralinas de tantos marxistas redentores, y qué celo misionero, y qué manejo de las excomuniones, y que contradicciones personales entre aquellos mesías de bolsillo, que demostraban científicamente la no existencia de Dios gracias a la dialéctica de Federico Engels, y no digamos a la de san Carlos Marx! ¡Pero si aquello parecía el sacerdocio universal en pleno diluvio universal, al menos porque hasta por la calle debías llevar el paraguas abierto para que no te salpicase su verboso chorreo! ¡Cuánto gilipolla (sit venia verbo) en todos los sitios, cuánto habremos soportado dentro de la Iglesia pía y de la impía, pío pío pío! ¡Y qué urgencias flamígeras para que los creyentes pidiéramos cada veinticuatro horas perdón por lo de Galileo, Darwin o Freud!, ¡y qué paso de la oca a la hora de no pedir reparación por los Gulags y por tantas otras masacres!, ¡y cuánto coñazo exigiendo el cese de los golpes de pecho de los cristianos, pero cuán poco llanto por la muerte del comunismo una vez mutada la antigua fe en la sociedad sin clases por el golpe de derechas de la chequera! ¡Qué pocas lágrimas, amén de las de cocodrilo, echan los fariseos cagamendioses mientras buscan acomodo en la posmodernidad y en la birria de la ideología de género, procedente de un bachillerato mal hecho!

Mal todo eso, pero ¿y qué decir de los penenes progres pero genuflexos llevando la cartera de los cátedros derechistas que les aupaban para exonerar sus propios demonios? Hoy, ya catedráticos jubilados izquierdistas, no tienen otra ocupación que la de sacar brillo a la próstata, sin renunciar al don de la inerrancia o infalibilidad. He convivido por décadas puerta con puerta con ellos, me los he echado a la cara, pero esos fantoches ahora lloriquean las pérdidas de sus muchas viudas y viudos.

¿Y entonces? A una persona sólo le caben dos posibilidades: recibir homilías, o darlas, pues la vida es homilía. Y añado sobre este añadido que darlas bien o darlas mal. Y añado sobre este añadido otro nuevo hasta formar un añadido al cubo, a ver si de ese modo el argumentario adquiere una fuerza potestativa exponencial: una persona decente no se retira de la homilía jamás, si en verdad defiende lo que cree sin ofender, agradeciendo los errores a quienes nos sacan de ellos, ya que no todo es tan blanco y negro. Pero el silencio de los corderos ha llegado a ser insoportable. Los dogmas inconsistentes los refuerzan los dogmáticos perezosos, más expertos que el mismísimo demonio a la hora de matar moscas con el rabo. La cuestión no es el dogma, sino la forma en que se le defiende u ofende. Por lo demás, la homilía es un texto parenético apto para todos los públicos y hasta Voltaire escribió las suyas.

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