La presunta implosión del submarino que condujo a unos viajeros al mortal abismo, entre arrojados de carácter e insensatos, allí, donde yacen los restos del Titanic, acudiendo solo para mirarlo, genera reflexiones diversas. Sin duda, se trataba de una desmesura de tamaña irresponsabilidad por las condiciones para hacerlo tan evidentemente riesgosas y movidos solo con un ánimo de divertimento. Qué sí, que era muy su dinero. Y muy su vida, ¿no es cierto? Pues ya se ve en qué quedaron su dinero y su vida. En ese orden. Y nosotros, tan campantes, cual debe.
Descarto la lacrimógena reacción de algunos acerca de que se puso más atención a tal tragedia dejando de lado a la otra, la de un barco naufragado repleto de emigrantes. Sí, ambas son tragedias, cada una con su lectura y su significado. Una no tapa a la otra, a menos que la mezquindad lo permita. Tan malo sería ocultar una, como la otra o viceversa. No por ser millonarios los que se dirigieron al Titanic, sus vidas valdrían menos.
Dicho lo cual, me centro en la tragedia evitable en torno al pecio que en fotografías reveladoras luce cual espectro en el lecho marino, lo que comprueba su descomposición más acelerada “de lo normal”, debido a que la calidad de los materiales utilizados para armar el Titanic fue deficiente, ergo, hija de la corrupción, razón que permitió su enorme perforación aquella noche infausta de abril de 1912. No olvidemos que se trata de un cementerio acuático, un espacio saqueado sin reparo por los cazatesoros tras ser descubierto en 1985, porque recuérdese que no se supo más de tal por la profundidad de su sepultura, sino hasta entonces.
Y es pertinente poner atención a lo ocurrido por razones muy puntuales: a) la asfixiante necesidad de nuestra época, caracterizada por buscar de forma irrefrenable las emociones fuertes, novedosas, al límite, insatisfactorias al final moviendo a perseguir la siguiente, poniendo en riesgo nuestras vidas, comprometiéndolas, pero también sin querer consecuencias al propiciarlo, dicho sea, y es aterradora e irresponsable. Es llamativo por jugársela, si es menester, pero resultando mal las cosas a veces. B) Por otra parte, pagar millonadas por satisfacer esas ganas “de vivir”, por ufanarse de decir “ya viví”, por esa búsqueda enfermiza de satisfactores que, para el caso específico que nos ocupa, carecían de aporte alguno a la ciencia, equipara al paracaidismo, un ascenso en globo, encaramarse al Himalaya, morderle un pitón a un toro o hasta encaminarse a un encuentro fatal con los restos del Titanic. Da igual. C) Pongamos atención en las condiciones extremas y de presunto deterioro del aparato que utilizaron para descender hacia aquella imponencia. Los dueños de la empresa se comportaron como el clásico empresario que recauda, pero no reinvierte ni renuncia a la ganancia por atender ponderables, poniendo en riesgo mortal a sus clientes, como terminó ocurriendo. Y, d) finalmente, por el vacío que deja saber en qué se termina una peripecia y que responde a la pregunta ¿era necesario? La respuesta, acaso, nos remite a la primera razón que condujo a los incautos viajeros a decidirse por proseguir semejante correría: no midieron las consecuencias reales de su actuar. Una cosa es firmar un alterón de papeles donde aceptan que corren peligro y aun así, continúan su periplo y otra es perecer en el intento. Sin duda alguna que fue una muerte tan innecesaria, como aterradora. Ya no volvieron de las profundidades para contarlo, mas lanzan una advertencia total. Supongo que los primeros que pueden tomar nota son quienes se montan en el cohete para ir al espacio exterior por las simples ganas de verlo, por la sensación “de vivir”, meollo del asunto.
Los que retornaron de avistamientos anteriores podrán decir “ya viví” y acaso eso les pague tanto. Mejor digan “sobreviví”. Allá ellos y su gasto, pero atestigüen esta tragedia, ya que no está de más denunciarlo: se había advertido a los dueños de las condiciones no óptimas del cacharrito, expuesto ya a varios viajes y, por lo tanto, debilitado, menguado en su resistencia –todo indica– por la presión del océano que terminó imponiéndose, se presume. Fue un tamaño despropósito proseguir utilizándolo, avisados sobre su expuesta estructura, con fallas no atendidas o mal atendidas en sus dispositivos clave e instrumentos de comunicación, amén de las sabidas, ahora, incomodidades propias del reducido espacio a su interior, y enfrentó su último fatídico viaje, una macabra y muy evitable suma de lo funesto, lo irresponsable y lo reprobable que condujo a la muerte de sus ocupantes. A eso la empresa no tenía derecho. Que entre los viajeros de su último descenso estuviera Stockton Rush, fundador de la empresa, es de una ironía mayúscula e insuperable.
En este o en otros casos, cuenta mucho las condiciones de seguridad para entregarse confiados a determinada tarea o emoción. La empresa prestadora del servicio siempre nos dirá que todo está sensacional. Para creerles, digo. Usted no piense en un lace, sea crédulo y ahora tenemos lo que tenemos. Y sí, hay quien rezonga y airadamente replica, diciendo: ¿tal experiencia? ¿por qué no? Bueno, respóndaselo a los muertos. Y no se hable más. La conducta del tripulante que guardando parentesco con una mujer que pereció en el buque, con mezcla de curiosidad, de extraño deseo de mirarlo, casi un fetichismo, para alcanzar sensaciones extremas por el solo hecho de poderlas pagar, me resulta inexplicable.
El actor y viajero mexicano Alan Estrada –podríamos calificarlo de youtuber– compartió su experiencia efectuando ese viaje el año anterior. Pueden seguirlo a partir de este vídeo. Cuando se perdió la comunicación con el submarino hace unas semanas, saltó a la palestra contando su vivencia en primera persona, muy aparte de los vídeos previamente grabados, no obstante que se le cuestionó de manera mezquina, señalándolo por quererse aprovechar de tal episodio –por, supuestamente, buscar sus 5 minutos de fama– y al paso de los días, se verificó la seriedad de su testimonio renovado con esta tragedia.
Lo sucedido nos deja por moraleja que el mitificado Titanic continúa fascinando, empero también sigue sumando víctimas alrededor de su pesarosa e infortunada, antes que ponderosa existencia. No deja de ser algo escalofriante. Y, si acaso, el ofensivo desenlace enfadase a alguien por los memes alrededor de tal, antes que por las precarias medidas de seguridad de los ocupantes del submarino, de altísimo riesgo e ignoradas las advertencias, ya expuesto demasiado como para resistir un sumergimiento más, yo no lo justificaría. Es eso lo que debiera de ofendernos. Todo lo demás no tenía remedio, la seguridad sí era atendible y previsible y no lo fue.
Quedará para la Historia de los misterios marinos no saber la causa real, cómo fue la incógnita irresoluble de los ruidos captados cuando se desconocía el paradero del submarino. ¿Qué fueron si no guardaban relación con el catastrófico colapso de la nave? Y a saber en qué terminarán las acusaciones de la familia de uno de los fallecidos hacia la empresa OceanGate por su tardanza en actuar y por sus omisiones.
Rinconete: Ha muerto Carmen Sevilla. Tal vez la última de una época de icónicas mujeres que pasearon a su estilo el nombre de España por el mundo, dotándola de un rostro grato en tiempos precarios. Verla era siempre motivo de alegría. Del otro lado del Atlántico, la comunicadora mexicana Talina Fernández ha fallecido, también. Se marcha otro rostro referencial y versátil del mundo televisivo.