Recordamos el LXXXIII aniversario del inicio de la Guerra Civil con un libro esencial.
CRÓNICAS DE LA REPÚBLICA Y LA GUERRA CIVIL. Fernando Ortiz Echagüe. Ediciones Espuela de Plata (2018)
Es necesario resaltar cómo, para que este libro haya visto la luz, hubo alguien muy empeñado en ello. Se trata del responsable de su edición, el periodista y doctor en Historia por la Universidad del País Vasco Luis Sala González (Bilbao, 1968), de quien yo ya había tenido noticia por una extraordinaria biografía del político vasco más importante del siglo XX: Indalecio Prieto. República y socialismo (Tecnos, 2017).
Para recuperar una parte sustancial de la obra periodística de Fernando Ortiz Echagüe (Logroño, 1891 – París, 1946), que es la que vertebra el texto que hoy reseño, Crónicas de la República y la Guerra Civil, Luis Sala tuvo que desplazarse hasta Buenos Aires. El viaje vino motivado porque la totalidad de los artículos de este apasionante libro fueron publicados por su autor, Ortiz Echagüe, en el periódico argentino La Nación, en un período de tiempo que abarca desde 1931 hasta 1939. Y porque tras esta única difusión nadie los había rescatado y allí permanecían, inéditos para el resto de la inmensa población hispanohablante. Que su contribución al periodismo moderno haya sido tan desconocida –aún entre sus colegas– resulta más llamativo todavía al comprobar cómo, en sus crónicas, Ortiz Echagüe nunca se apartó de eso tan difícil de conseguir en una noticia como es la veracidad de los hechos.
Gracias a las facilidades y atención de Pablo de Rosa –responsable entonces del archivo del diario porteño– ha podido hacerse Luis Sala con un magnífico acervo.
Lo primero que hay que resaltar de los artículos de Ortiz Echagüe es su claridad expositiva y un didactismo nunca desmedido ni pedante. Consciente de escribir para un país –Argentina– que, si bien se siente cercano a España, no deja de estar a 12.000 kilómetros de distancia, el periodista riojano se las apaña para transmitir a lectores tan remotos, con apasionante exposición, lo que aquí acontecía durante tan convulsa década. Esto supone, de rebote, que Crónicas de la República y la Guerra Civil se vaya convirtiendo en un libro fundamental para quienes desconocen aquellos años decisivos sin que por esto deje de ser inagotable fuente de conocimiento para los expertos.
Como bien explica Marta Campomar en su prólogo: «Ortiz Echagüe es puntilloso en el uso de las palabras; persigue siempre la objetividad de la información como corresponde al verdadero periodista. Es de admirar en la pluma de Ortiz Echagüe la capacidad de no desdeñar ningún matiz de información en la gama infinita de la vida y de los grandes sucesos, aún los más violentos como fueron las guerras del siglo XX y el conflicto español que amenazaba a la frágil paz europea».
Leyendo Crónicas de la República y la Guerra Civil los apasionantes artículos de Ortiz Echagüe he tenido en mente aquel otro libro que Paul Preston publicó en 1998 y que lleva como título Las tres Españas del 36. El historiador de Liverpool dice en él que «es una conclusión comúnmente aceptada que la guerra civil española fue una lucha entre extremos llevada a cabo por fanáticos de la derecha y de la izquierda, por fascistas contra comunistas, por campesinos hambrientos contra terratenientes». Para poco después aclarar cómo «durante los últimos años se ha reconocido que en realidad existían tres Españas más que dos bandos antagónicos». Preston cita como ejemplo de esa tercera España a personalidades de la talla de José Ortega y Gasset y Salvador de Madariaga (que se negaron a tomar parte en la guerra) o a políticos centristas como el ex presidente de la República Niceto Alcalá Zamora y el líder del Partido Radical, Alejandro Lerroux.
La tercera España, en la que también se incluye a políticos que apoyaron lealmente a uno u otro bando, pero que nunca se encontraron cómodos y sufrieron moralmente, se caracterizó fundamentalmente por la moderación y por su deseo de encontrar como fuera un acuerdo para el cese de la guerra fratricida. Entre estos políticos partidistas incluye Paul Preston a José María Gil Robles, Julián Besteiro (decidido partidario de la capitulación para tratar de obtener algún perdón del bando victorioso), a un Manuel Azaña horrorizado por la guerra y la matanza por ambos lados, a Indalecio Prieto por supuesto, y hasta a un José Antonio Primo de Rivera, quien, ya encarcelado, no se encuadraba precisamente en la categoría convencional del extremismo.
A estos pensadores y políticos debe añadirse una minoría de intelectuales. Así, de esta tercera España, a la desesperada busca de un entendimiento que no fue posible, formarían también parte –según mi modesta opinión– el muy publicado escritor y periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, y otro periodista, hasta ahora desconocido, pero igualmente reivindicable: nuestro Fernando Ortiz Echagüe.
Dividido Crónicas de la República y la Guerra Civil en los nueve años reportados (1931-1939), el grueso de los artículos viene conformado, obviamente, por temas políticos y bélicos. Estallada la guerra civil en 1936, resulta significativo cómo el periodista logroñés va desplazando su interés reporteril de tanta sangrienta e inane batalla hacia los intentos de mediación por conseguir la paz. En efecto, llega un momento en el que Ortiz Echagüe parece dar por perdidos a los españoles y dejarlos a su suerte para que se maten entre ellos mientras él vuelve sus ojos hacia las decisiones de grandes potencias internacionales. Son muchísimas las crónicas de este libro que tratan de explicar y aclarar las posturas, –muchas veces incompatibles–, de los cinco países que pudieron hacer cesar las hostilidades: Francia, Reino Unido, Alemania, Italia y la URSS.
Pero no todo es politiqueo y guerra: en la primera mitad de Crónicas de la República y la Guerra Civil Ortiz Echagüe todavía entretiene a sus lectores argentinos con impagables semblanzas de gente tan variopinta y ya famosa como Charles Chaplin, Ernest Hemingway o Vicente Blasco Ibáñez. O deja constancia de su afición taurina en documentadísimos reportajes que harán las delicias de los amantes del arte de Cúchares pero que, sinceramente, no sé yo cómo serían recibidos por los lectores de La Nación…
Para terminar, señalo cuatro crónicas que ejemplifican este temperamento moderado –y siempre partidario del acuerdo, nacional e internacional– que fue el de Fernando Ortiz Echagüe.
- Con motivo del triunfo de las derechas en 1933, en su artículo del 24 de noviembre, Ortiz Echagüe teme a un partido socialista regido por Francisco Largo Caballero. Aunque el moderado Julián Besteiro está al frente de la UGT, la influencia del radicalizado Largo Caballero es mayor y ello es visto con preocupación. Tampoco gusta al periodista el frente antimarxista que han conformado los ganadores de las elecciones porque con ello las derechas pierden la posibilidad de pactar con la facción moderada del socialismo.
- En su artículo del 22 de febrero de 1936 Ortiz Echagüe informa del triunfo del Frente Popular. Que Azaña, nuevo jefe de gobierno, prometa gobernar no para las izquierdas ni para las derechas, sino para los españoles lo tranquiliza. El mantenimiento del orden público y que el movimiento republicano siga encauzado en el parlamento son otros motivos para su satisfacción.
- Ya estallada la guerra civil, en su crónica del 4 de agosto de 1936, Ortiz Echagüe habla por vez primera de la posibilidad de un compromiso alcanzado por mediación humanitaria de las potencias extranjeras. Un compromiso en el que no haya vencedores ni vencidos y que detenga los estragos y salve la vida de miles de presos políticos que tienen la terrible certeza de su muerte.
- Para su crónica del 11 de octubre de 1937 Fernando Ortiz de Echagüe da ya por seguro el triunfo franquista: el tiempo trabaja a favor del «generalísimo» y la mediación es necesaria para abreviar la mortalidad y la destrucción que asuelan a España. Además, Europa, harta de tanta muerte inútil, tiene prisas por apagar el fuego español antes de que se propague por el continente. La capitulación negociada de Santander es un buen ejemplo para el periodista riojano que, quizá sin saberlo, se alía en la línea que propugnaba Besteiro.
