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TRIBUNA

Más baúles que la Piquer

lunes 03 de julio de 2023, 20:12h

En 1188 el séquito de Thomas Becket, canciller de Inglaterra, viaja con 200 miembros de su casa: caballeros, escribanos, oficiales y jóvenes nobles para ser adiestrados, todos ellos cabalgan y visten ropa nueva, de acuerdo con su posición social. Un mozo de cuadra camina junto a cada uno de los robustos caballos. Un vehículo transporta todo lo necesario para la capilla, otro para la cámara, un tercero para el tesoro del canciller y otro para la cocina. Dos se necesitan para los barriles de la mejor cerveza inglesa. Los demás carros llevan comida y bebida para la comitiva, sacos con ropa de cama, sacos con tapices y colgaduras para decorar el lecho y la cámara del canciller cuando reciba invitados, así como ese equipaje variado que con tanta verdad se denomina impedimenta. Encabezando los doce animales de carga va el portador de los ornamentos para el altar, los vasos sagrados y los libros para la capilla del canciller. Los otros transportan baúles que contienen recipientes de oro y plata, así como bandejas y platos y teteras y cacerolas más utilitarias. Otros cofres llevan las reservas en metálico de Becket en peniques, la única moneda que circula, necesaria para sus gastos diarios y para los regalos que se espera hacer. En el equipaje restante figuran, entre otras cosas, libros y ropa, y esta última ocupa considerable espacio, porque acompañan al canciller veinticuatro mudas completas, así como las elegantes túnicas destinadas a ser regaladas y a quedar en el extranjero. La logística de un grupo de esas dimensiones horrorizaría al más experimentado de los modernos agentes de viajes.

Cuando esta abigarrada comitiva cruza las ciudades francesas camino de París, todo está cuidadosamente organizado para que produzca el máximo efecto en quienes la contemplan. Delante vienen los criados de a pie en pequeños grupos, cantando mientras caminan, seguidos por los galgos y otros perros de caza con sus cuidadores y criados. Después, a una distancia razonable, vienen los carros y las carretas con su preciosa carga, protegidas por cubiertas de pieles. Después las acémilas o animales de carga, guiados por los mozos de escuadra, con un mono que parlotea desde cada silla de montar. Les siguen los escuderos, con el estandarte de su señor y, llevando de la rienda su corcel, y a continuación, a caballo, los jóvenes nobles de la casa del canciller y los alconeros con sus aves. Detrás avanzan los oficiales de la casa, los caballeros y clérigos que cabalgan de dos en dos, y finalmente el canciller en persona, rodeado de algunos compañeros escogidos (1).

También los grandes aristócratas se hacían acompañar en sus viajes por nutridos grupos de servidores, los criados se ocupaban de la ropa, los palafreneros ensillaban los caballos y ayudaban a colocar en las carretas y sobre las acémilas los baúles, los cofres y las bolsas, actuando también como albergueros para asegurar el alojamiento nocturno.

Más baúles que la Piquer, desde luego, pero el pueblo siempre esquilmado es el porteador, ya que no hay ocio de ricos sin ruina de pobres: “Estos deslumbrantes viajes reales no despiertan los mismos sentimientos en las clases humildes. Una pobre viuda declara que un oficial le ha requisado un edredón y su almohada. Se los han llevado al castillo para que los utilice el rey y no consigue que se los devuelvan, aunque lleva seis años reclamándolos. En otra ocasión un habitante se queja de que los cocineros de la reina se han alojado en su casa, que vale treinta livres y se la han quemado. La reina sólo le ha pagado diez, y él quiere el resto. Y así continuamente”(2).

Pero todo esto queda atrás, son efectos colaterales de la cumbre de la elegancia y de la etiqueta más minuciosa a la que puede llegar una corte itinerante medieval. Ante la mesa de mármol que preside la sala, y con un fondo de resplandecientes colgaduras, se sientan el rey, el arzobispo y tres destacados obispos. Los otros invitados nobilísimos se reparten entre cinco grandes mesas, cada una con su estrado. Separadas de éstas por barreras, hay otras mesas para más de los 800 caballeros que comparten el banquete de recepción, dividido en tres partes, con diez platos diferentes cada una. Y, siempre que el rey baila, y lo hace a menudo con la duquesa, dos distinguidos caballeros bailan delante de él, cada uno llevando una antorcha y con las manos unidas. Todo aquello alimentado por reyes, obispos celebrando la eucaristía cortesanamente en nombre de Cristo el de los pies polvorientos. Parece que los profetas se habían dormido, o se habían incorporado a esa cabalgata. El arzobispo siempre quiere que se coloquen frente a él en la mesa dos grandes cuencos de plata. Come de uno y en el otro se vierten los residuos para distribuirlos como limosna entre los pobres.

¿Y qué decir de los largos, a veces peligrosos, lentísimos, tremendamente incómodos traslados? Las reinas o las damas de la nobleza cabalgaban a ratos, y otros ratos en carros que al principio carecían de muelles, o en literas a razón de veinte kilómetros por día aproximadamente, si las cosas iban bien. ¡Menudas torturas, que no todos lograban superar, muriendo algunos por el camino! Ahora cualquier vuelo chárter, pese a sus incomodidades, te pone en otro continente en ese mismo tiempo. A diferencia de entonces la comodidad se ha vuelto normal, pero pocos se privan de viajar turísticamente para no agudizar la fragilidad del planeta en que viven tirando millas, lo más y más lejos que pueden contaminando también casi sin límites.

Se dirá con alguna razón de superficie que todo eso ha cambiado radicalmente. Desde luego, resulta innegable que en los tiempos que corren todo eso ha desaparecido exteriormente (ahora se viaja minoritariamente a precios astronómicos en batiscafos que estallan, segunda derrota del Titanic) y los ricos se alojan en los más caros hoteles, aunque viajan en primera imitando a los mochileros con harapientas y zarrapastrosas vestimentas. Pero sus harapos son siempre VIP, de boutique y de marca, como si la “solidaridad” con los pobres de verdad consistiese en vestirse como adefesios miméticos. Por lo demás, con sus tarjetas VISA oro, que apenas ocupan el espacio de una cuchilla de afeitar, pueden comprar el oro y también el moro. Por lo que hace a la publicidad, ésta no les falta, pues son paparizzis de sí mismos que cuentan sus aventuras en las redes, alámbricas e inalámbricas. La pompa y la elegancia cutres de hoy son más necesarias que nunca. Para eso están los móviles, que hacen los selfis del momento, como si fueran japoneses atados a la cámara. Y todo ello con muchas comodidades gracias a las agencias de viaje programadas al milímetro, donde los masificados viajeros, apretados en contenedores a los que llana cruceros, hacen sus compras en los almacenes programados; quien no se divierte es porque no quiere. Si existe alguna pequeña diferencia con lo de ayer, es que hoy los viajeros y viajeras, nuevos cruzados mágicos, no se llevan libros para leer en algún intersticio.

¿No es esto la misma cabalgata de reyes de siempre?, ¿cómo no habían de recordarnos estas parafernalias al no tan remoto Medievo?, ¿no son lo mismo que los acto religioso/políticos del rey de Inglaterra con el pueblo boquiabierto a su paso? La farsa continúa. Eran otros tiempos, claro, pero el séquito es el mismo. A lo peor es que a esta edad tengo paralalia y me trastabillo al contarlo, pero la última coronación de los nuevos reyes de Inglaterra me trasportó a la Edad Media con las masas enfervorecidas haciendo guardia nocturna durante días para asistir al paso fugaz de la carroza real. Aunque también pueda ser que yo padezca hipermnesia recordando lo que no existió

1. Wade, M: Viajeros medievales. Los ricos y los insatisfechos. Editorial Nerea, Hondarribia (Guipúzcoa), 2000, pp. 11-14.

2. Ibi, p. 74.

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