A veces tengo la impresión de que Anna Duart escribe sus poemas pensando en sí misma, pero casi al mismo tiempo en mis pobres prólogos, empeño imposible, pues ningún prologuista, por muy tú que éste sea para el prologado yo, podría pasar de ser su simple alter ego, es decir, su otro yo, su yo/otro, nunca su propio yo. Nunca es el yo del prologuista capaz de sustituir al yo del prologado. A lo máximo podría ser su acompañante sodalicio, solidario, lo cual no es poco, pero nunca el yo de nadie puede latir por el yo de nadie; pueden latir juntos, pero no como un solo corazón. Semejante unión mística de los corazones es meramente literaria en los romances de amor, en los cuales cada uno tiene derecho real y verdaderamente a su propia muerte. El tú tiene su propio yo y yo tengo el mío propio, resultando tan imposible que el otro viva mi vida como que yo viva la suya: si digo tú, no estoy diciendo yo/otro, sino tú/otro, lo cual tiene más de adjetivo disyuntivo que de nexo conjuntivo. Y otro tanto le ocurre al yo del tú que yo soy para él. En resumidas cuentas, la expresión otro yo es contradictoria: si es otro no es yo, y si es yo no es otro. La “y” de la dorada flecha cupídica es una maravillosa espina dorada pero al mismo tiempo un doloroso aguijón con el que se vive, razón por la cual al arrancar la espina se arranca de consuno el corazón.
Imposible ser tú/y/yo Las palabras unciales tu/y/yo no son de este mundo, ni pueden ser dichas juntas, formando una sola (túyyo). La fusión indisoluble de dos almas tal y como lo plantean los mejores místicos y los maestros del amor tiene más agujeros que un queso gruyere, dicho respetuosamente. Ningún yo admite identidad indisoluble con otro que no sea el yo mismo. El “y” del “yo/y/tú” es un animal quimérico, un pegaso, un minotauro, un centauro, una arpía. He ahí la verdad del “y”, sin retoricismo: el “y” es al propio tiempo “o”, y a la inversa. Ninguna compañía puede plenificar aquella soledad última (ultima solitudo) que hirió a Agustín de Hipona.
Cuando Juan de la Cruz cantaba al Amado en ansias de amores inflamado, al fin se quedaba sin palabras; cuando Teresa de Jesús subía hasta el castillo interior terminaba agotada y –como diría Borges- “des/satisfecha”; y cuando el mayor místico del siglo XX-XXI, Marcelino Legido, pretendía seguir las huellas mismísimas de Jesús, se le echaba oscura y cerrada la noche encima. La llama de amor viva y la noche tan amada concluyeron para él en su locura real, es decir, en la locura de amor. Sólo los locos de amor pueden intentar ser tú hasta el límite, pero al precio de la en/ajenación: sólo ahora, sólo entonces, no puede convertirse en completamente ajeno, de ahí la sabiduría paradójica de la locura: que puede lo que la razón no puede, pero de la cual no sabe dar cuenta ni razón. Cuando se está cuerdo no se pierde la cuenta.
A más abundamiento, la expresión homo capax Dei, hombre capaz de Dios, es una pequeña gran fanfarronada. Dios nos ha hecho incapaces Dei atque proximi, incapaces de Dios y del tú projimal , no porque Él sea incapaz, pero sólo Él sabrá por qué. Los tobillos se inflan y el sueño adormece en Getsemaní al trans/eunte que dice ir a la huella de Jesús; a la hora de la verdad estamos con las manos de Cristo en la eucaristía, pero con nuestros pobres pies derrengados.
Quien conozca mi veneración por el yo/y/tú de Martin Buber, donde se concitan y densifican la filosofía y la teología del encuentro, saben que aquella unión es una asíntota escatológica ideal, no en este mundo. Hay personas capaces de vínculos maravillosos, pero otras tan sólo capaces de hablar de ello; se pavonean del “te amo”, pero no te llegan sus vibraciones; muchas ellas tienen además la insólita pretensión de hablar de su unión con “lo” celeste/cósmico/panúrgico más allá de la unión tú/yo. Pobres gentes, se van a morir si nada saber de la nada del Todo.
La “y” del yo/tú es un átomo solitario, un sintagma fracasado, aunque menos fracasado que la “o”, que es la impotencia de la “y”, su orfandad. Y ambas configuran el haz y el envés de la antropología. Quien no ha padecido alguna vez esa ambivalencia dinámica no es de este mundo. Imposible el puro “y + y + y + y” sin el “o + o +o + o”.
Pese a lo disuasorio, la poetisa Anna Duart recobra el aliento para abrazar: “¿Cómo puede ser tan afortunada, una mota de polvo que se siente abrazada por ti?”. Pues porque el amor es una simple mota de polvo traída y llevada de acá para allá capaz de trocar el “o” en “y”. La mota de polvo es una metáfora de lo absoluto imposible, y al mismo tiempo, y por ello, mágico. La frustración de la mota de polvo está en no ser más que una simple mota de polvo, pero su sabiduría en su deseo de ser cuidada, abrazada, sostenida, infinitizada por los brazos de lo infinito. Pero lo infinito de la mota de polvo inteligente es –Pascal dixit- sentirse agradecida por la caricia del Absoluto que la trasciende y que la funda, en la cual se mueve sin apenas saber nada más del Absoluto en que se mueve: “eres la gota que en el mar culmina”. Es una metáfora a la que también podría dársele tranquilamente la vuelta y decir: “eres el mar que en la gota culmina”.
En semejante argumentario cabe también esta otra metáfora, que es a la vez metonimia y sinécdoque: “no importa si el tiempo se demora/ al atravesar la mar/ un día unas manos temblorosas/ el mensaje alcanzarán”. Las cosas en el espacio están a la espera de las manos, de lo táctil, y en esa espera envejecen y maduran. El tiempo es más agresivo, se adhiere cual garrapata a nuestro rostro que entonces se vuelve más agresivo, incapaz de madurar sin ira. El espacio es más exterior, el tiempo viene de dentro; el espacio está en nuestras grasas, el tiempo es más esencial y desconocido. Pese a todo, espacio/tiempo somos. Más que un mensaje poético, el tiempo es una alegoría escatológica, es la dimensión elpídica de la esperanza, que todo lo puede. Nunca abandonaremos el espacio/tiempo finito para adentrarnos en el tiempo infinito. El tiempo infinito no puede ser protegido por las manos temblorosas, caedizas, el humilde humus humano vuelve temblorosa la eternidad que le eterniza joven.
Pese a todo, lo pequeño está hecho para lo absoluto, en lo pequeño late lo absoluto, si bien para esto decir es necesaria la fe, la voluntad de creer. El espacio hay que leerlo en el más allá de lo que es, en el terreno de lo meta/físico del tiempo infinito. Dicho de otro modo, es una anticipación, una prolepsis de la muerte que hay en la vida y de la vida que hay en la muerte: “Nunca he temido a la muerte,/ una vez se aproximó.../ sentí una paz inmensa/ y de mis labios brotó:/ perdón por mis faltas, perdón”. Esa capacidad para dar gracias a la vida cuando se acerca la muerte me es muy querida, por eso me encanta aquella Danksagung o acción de gracias escrita ya a la caída de su tarde en 1958 por Martin Buber: “Cuanto más viejo se hace uno, tanto más crece en él la inclinación a agradecer. Ante todo, agradecimiento hacia arriba. Ahora, más de lo que nunca hubiera sido posible anteriormente, la vida se recibe como un don gratuito, y cada hora que se vive se recibe como un regalo sorprendente, con las manos extendidas en agradecimiento. Después, agradecimiento una y otra vez a cada uno de los prójimos, aunque ellos no hayan hecho nada particular por uno. ¿Por qué, pues? Porque, cuando me encontró, me encontró realmente; porque abrió los ojos y no me confundió con ningún otro; porque abrió sus orejas y aceptó confiadamente lo que yo le decía; y porque abrió aquello a lo que realmente uno se dirigía: el corazón que estaba cerrado... Las gracias que aquí doy a todos no las doy a una totalidad, sino a cada uno en particular”. Sin esa antropología, poca buena teología relacional cabe, y por supuesto ninguna poesía.