La Primera República, corta en el tiempo pero profusa en acontecimientos, no está entre los periodos que más han atraído a los contemporaneístas. Fruto de un fracaso, el de la monarquía constitucional con Amadeo de Saboya, fue en sí misma un fracaso y dudosamente podría no haberlo sido atendiendo a los lastres de su substrato político. Pocas son las monografías disponibles; las historias generales suelen reiterar una plantilla tópica de inestabilidad política apenas explicada, simultaneidad de guerra civil peninsular y rebelión ultramarina, más enloquecidas aventuras cantonales; los acercamientos locales tienden a perderse entre los árboles del detalle y las circunstancias particulares sin ilustrar demasiado sobre la hechura del bosque, del régimen como tal.
Esa disección del régimen la ofrece el libro de Jorge Vilches, La Primera República española (1873-1874). De la Utopía al caos, lo mejor que sobre el periodo puede leerse. No es sólo lo amplio y bien tratado de la documentación, con fuentes antes poco a nada utilizadas como las diplomáticas, sino lo enjundioso de los análisis políticos en un enfoque centrado en desentrañar el aparentemente caótico comportamiento de los actores y los móviles de su proceder, por lo común estrechamente sectarios, en el marco de una dinámica desquiciada.
Así, queda de relieve algo obvio pero camuflado entre la hojarasca retórica de la vindicación de la República: el régimen no fue resultado de ninguna revolución, ni de ninguna suerte de agitación popular que la demandase e impusiera, sino de una componenda parlamentaria ante el callejón sin salida al que los grupos vencedores en la Revolución de 1868 llevaron su propia obra improvisada, la monarquía de Amadeo I. Hay, pues, una secuencia inextricable entre ambas fases, y por ello el libro dedica una sección inicial a un inteligente análisis del régimen surgido de la Gloriosa, una amalgama de ambiciones y exclusivismos donde la lealtad institucional y las convicciones democráticas duraban justo hasta el momento en que se dejaba de usufructuar el poder.
Al Partido Radical, y en él a Ruíz Zorrilla y, sobre todo, a Cristino Martos, incumbe especialmente la impracticabilidad de aquella monarquía democrática. La alianza de Radicales, Republicanos, Federales benévolos y Carlistas en las elecciones de 1872, de las más fraudulentas y con mayor constreñimiento del siglo, marcó la consolidación de un frente antidinástico que precipitaría la abdicación de Amadeo en febrero de 1873 sin que hubiese recambio previsto.
El primer periodo republicano, once meses hasta enero de 1874, no pudo ser más turbulento y políticamente inestable, no ya por las delirantes asonadas cantonalistas y el extremismo federal, sino por la sucesión de golpes de Estado, consumados o frustrados, no menos de media docena, entonces ocurridos. Son indicio no ya de la endeblez del sistema o de lo superficial de las convicciones democráticas en la mayoría, sino de un fundamentalismo o exclusivismo ideológico que se dibuja como morbo esencial de la situación, algo que tendría que ver con lo que Vilches llama utopismo de “La Federal”, un concepto necesitado de mayor elaboración.
Vehemencias ideológicas, paradójicamente, volubles ante conveniencias u oportunidades que llevarían, por ejemplo, a Pi y Margal, el dogmático del federalismo pactista o de abajo a arriba, a la fórmula exactamente contraria pilotando él un proceso revolucionario desde el poder, buscando el control de la administración local por medio del Ministerio para asegurarse el triunfo electoral. Si la lucha de poder exigía un golpe de Estado, no retrocedería, como en el de 23 de abril. Aquel lance se ha descrito normalmente siguiendo el relato del propio Pi, en su faceta de historiador, donde su papel parece alejado de la responsabilidad que le cupo, y que, con el contraste de otros testimonios, el libro de Vilches precisa.
Lo mismo que la consabida renuncia de Salmerón a la presidencia por no firmar sentencias de muerte dictadas según las ordenanzas para restablecer la disciplina militar. Al escrupuloso krausista no conmovió, como ministro de Justicia, firmar sentencias e indultos, y no albergaba reparos en la aplicación de la pena capital a soldados sediciosos siempre que él no tuviera que intervenir; el asunto le sirvió para, tras una gestión aciaga, ennoblecer su salida influida por otros factores, y no entre los menores la presión de la claque krausista que le mediatizaba.
No por eso dejó de intrigar cuanto pudo contra su sucesor, Castelar, quien acabó por facilitar el golpe de Pavía ante la alternativa que representaban Salmerón y Pi, un proceso meticulosamente tratado en estas páginas. Eso no supuso el final de la República que vivió aún un año bajo una suerte de dictadura republicana de inspiración Mac-Mahonista encabezada por Serrano, cuya inviabilidad práctica se solapa con la génesis de la Restauración, solventemente analizada aquí. Sólido y documentado, es este libro imprescindible sobre el asunto.