Hernán Díaz ha irrumpido en los últimos años con una fuerza ascendente pocas veces vista. Si su anterior libro, A lo lejos (editado en español por Impedimenta) pasó a ser rápidamente una obra de culto entre los iniciados, su segunda novela, Fortuna, ganadora del Premio Pulitzer en su versión inglesa y en proceso de ser adaptada a serie por HBO, y que en su versión española va ya por su sexta edición, ha pavimentado en unos pocos meses el camino para hacer de su autor una estrella literaria con todas sus letras.
Díaz es argentino de nacimiento, sueco por el exilio de sus padres y norteamericano por rigurosa decisión personal. Ha adoptado, “por una relación de amor” y sin que sea una de sus lenguas nativas, el inglés como lengua literaria, y ha conseguido labrar una carrera que muchos escritores nativos sin duda envidiarían. Publicó primero un libro sobre Borges y, más tarde, las dos novelas que le han proyectado como una figura poco clasificable pero ineludible del panorama literario actual. Dos proyectos que, resultado de años de trabajo silencioso, llegan al lector como una ráfaga intensa de imaginarios, juegos metaliterarios y profundos cuestionamientos sobre la siempre débil frontera entre la ficción, la realidad y la historia oficial.
Fortuna, la novela que ahora nos ocupa, constituye una historia del auge del capital financiero en la Nueva York de comienzos del siglo XX. Está compuesta por cuatro partes: la primera, “Obligaciones”, es una novela de corte modernista que narra el ascenso y caída de un ficticio príncipe de las finanzas norteamericanas, Benjamin Rask, y de su amada esposa Helen, cuya inteligencia prodigiosa parece condenarle a repetir el trágico destino de su padre, consumido por la locura y desaparecido en los albores de la Gran Guerra europea. A continuación, leemos el borrador inconcluso de las memorias de Andrew Bevel, en cuya figura se inspira con toda probabilidad la novela anterior.
La tercera corresponde a las memorias de la secretaria de Bevel, Ida Partenza, cuyo padre, un militante anarquista emigrado de Italia, da a su hija las primeras lecciones sobre el carácter ficticio, pero no por ello menos peligroso, del dinero. El lector hispanohablante recordará quizá, más que a Marx, aquel fragmento de Borges que, en el cuento El Zahir, nos habla del carácter abstracto y metafísico del dinero; Borges se cuela, diríamos, como padre literario del autor. La parte final está conformada por los últimos fragmentos del diario de Mildred Bevel, esposa de Andrew; se verán aquí subvertidos todos los esfuerzos del marido por legar a la posteridad la imagen de una cálida y frágil ‒pero en suma irrelevante‒ amante de las artes y la música docta.
Fortuna nos lleva, en el paso de un documento a otro, a través de estilos literarios y narrativos distintos que constituyen, en cierto modo, el reflejo de una creciente pérdida de inocencia, una reescritura progresivamente menos épica y romántica del mito del self-made man, y de los relatos que lo acompañan y sustentan. Si la industria cultural de la que hemos bebido por generaciones, desde Ciudadano Kane hasta El lobo de Wall Street, encumbra la figura del magnate poderoso, Fortuna es un genuino golpe a los discursos triunfalistas que, en buenas cuentas, aceptan siempre la premisa del talento de un hombre genial y temerario como única fuerza motriz del progreso o la tragedia.
Si se nos ha acostumbrado a identificar en las comunidades de inmigrantes ‒italianos primero, mexicanos más tarde‒ el origen de las mafias (la lista de referencias es tristemente infinita), Fortuna nos recuerda el protagonismo hoy ignorado del movimiento anarquista norteamericano y la resistencia obrera parcialmente liderada, en su momento, por italianos. Por último, el papel de la mujer y de las artes, alineados de forma sospechosa, habría de ser puramente decorativo, mientras hombres dotados de mentes racionales afiladas como cuchillos generan la riqueza que, en parte, se deja administrar a sus cálidas esposas con vocación filantrópica. O no. Pues ni el arte es tan decorativo ni los hombres son tan racionales, ni las mujeres tan ingenuas.
Frente a una Historia repleta de ejercicios de borrado, de ajuste, de violencias cometidas por hombres cuyo trabajo es “tener siempre la razón”, se nos plantea una pluralidad de ficciones que, sin aspirar al establecimiento de la verdad, nos invita a la aventura agridulce del desengaño. Hernán Díaz sale triunfante de un ejercicio narrativo ambicioso, y nos regala una novela que, si el lector acepta la invitación de sumergirse en todas sus capas, compensará la falta de aire que a ratos le impone.