Los días en que uno prefiere ir al cine son los que más gustosamente renuncia a la sociabilidad. Contra la canícula como manto asfixiante sobre la ciudad y la pereza de quienes han rechazado proposiciones de planes, eligiendo quedarse en casa o salir más tarde o irse a la piscina, el cine es un remedio fiel y efectivo. Sentados a solas, aunque paradójicamente acompañándonos de la soledad de cada asistente, alimentamos nuestras nostalgias llenas de futuro. Nos compensan las verdades sesgadas de las películas antiguas, o nos hacen descubrir una comprensión lírica de la que no nos creíamos capaces.
Desde el mes de marzo he ido con asiduidad al Doré. Lo bueno de rodearse de personas a las que les nace sin esfuerzo la asistencia, como el caso del amigo Julen —también porque él cuenta con el abono anual—, es que uno acaba en un ir y volver continuo. El interés por una película se solapa con la siguiente y la próxima que mentalmente has de apuntarte. Hay algo que engancha, que nos deja sus señas y permite que nos hallemos de nuevo entre las butacas rojo arcilla, independientemente de si la película vaya a ser o no de nuestro agrado. Se perdonan esas siestas. Quien cae en ellas no muestra arrepentimiento alguno, pero sí un humor revitalizado y satisfecho como si hubiera disfrutado igualmente del metraje.
Fue en esos instantes, ya sentados, oteando quiénes más habían venido a la sesión de turno, cuando la vi por primera vez. Cabizbaja, con su entrada en papel, memorizando fila y asiento, lo más seguro, y no levantando la vista hasta llegar sin molestar apenas, sin hacer que se levantara nadie a pesar de tener que alcanzar la mitad de la fila. Tenía el cabello rizado y bermejo, más oscuro si uno se fijaba. Su camisa añil y la cazadora vaquera que se quitó y dobló para colocarla sobre sus piernas ensalzaban la rojez de su pelo. No sacó el móvil. No miraba a nadie. Esperaba paciente el silencio y los créditos.
Nada le comenté a mi amigo. De la filmoteca es un rasgo común el encontrarse a gente variopinta, cuando no directamente rara. Pocas sorpresas puede esperarse uno, independientemente de si estamos en temporada alta o baja de acudir. Quienes vamos, hacemos el catálogo de particularidades del sitio. Mención aparte sería el personal trabajador, con su humor vitriólico y desconcertante. Pero aquella mujer no contaba entre los rostros que uno podía asegurar haber visto en ocasiones anteriores. Varias semanas más se repitió su aparición entre el patio de butacas, pues ese es el nombre adecuado. No asistía, se aparecía. Como una sombra de cuento gótico, pasaba evitando las miradas, acaparándolas todas.
Había de suceder. De tanto forzar la curiosidad, aquella mujer reparó en mí. Fui solo a una película de Sirk. Estaba junto al pasillo central. En un cruzar de piernas, la golpeé sin querer. Uno se deshizo en disculpas, quedando un poco aturullado por darme cuenta que era ella. Sus ojos verdosos y maquillados levemente con polvillo azul no desvelaron daño alguno o molestia. Se rió, me dijo que no tenía importancia. Que me había reconocido por otros días en los que también habíamos asistido a otras películas de ese director y de otros franceses, muy de nuestro gusto, se atrevió a afirmar, impidiéndome por su exactitud que le preguntase cómo sabía todo eso, cómo es que concordaban nuestros gustos más allá del hecho de coincidir físicamente en el mismo pase. Sólo disculpas por mi parte. Me tendió su mano y la apreté amistosamente. A punto estuve de besar su dorso, en un desconcierto total y bochornoso, en aras de reparar o averiguar quién era ella o qué había pasado. Empezó la película y se escabulló con el apagarse de las luces.
Uno no cree en fantasmas, pero como personajes literarios puedo considerarlos de lo más interesantes. Han dejado de existir para ser de una manera más completa, librándose de todas las cargas mortales y superficiales de la carne y la rutina humana. Son lo esencial, y pese a su languidez, llevan consigo un motivo importante que les hace aparecerse para completar lo que no pudieron en vida, o para recordarnos lo que deberíamos aprovechar de ella, o por coquetería. El tiempo se les ha quedado a medias pero extendido hasta la eternidad. Es normal que se aburran y decidan regresar a los sitios en los que fueron dichosos. Rara vez traspasan el umbral de los espacios. Reducen sus trajines a unas habitaciones, unos palcos, un jardín. Aquella tarde, a la salida del melodrama de Sirk, ella se atrevió a pisar la calle y desearme una buena vuelta a casa, un hasta otro día, mientras iba mezclándose con los que esperaban a la entrada de la siguiente sesión. No miró atrás ni esperó mi réplica. Cualquier intento de acercarme hubiera terminado en distancia.