Tuvo hace muy poco tiempo nuestro hijo Charly el detalle de invitarnos a salir; como en otras ocasiones, se trataba de una sorpresa. Estábamos en un teatro con diez o quince sillas incomodas en el último sótano del edificio, y sobre la tarima comenzó a hablar un actor que dijo ser de Albacete, y que al terminar la función de una hora ininterrumpida nos pidió por favor que le pusiéramos la máxima nota para que siguieran contratándolo. Al parecer es la forma en que los principiantes comienzan haciendo bolos. Charly, que no gusta de esos chantajes, sólo accedió a ponerle un diez porque yo se lo pedí. Al salir le di un abrazo y un par de besos y se quedó sorprendido. No sé si semejante acción mía será un refuerzo terapéutico o un impulso empático por mi parte. Me parece que dijo que trabajaba en una gasolinera y estaba tratando de abrirse paso como cómico.
El caso es que en total éramos seis en la sala, y para más colmo yo ocupaba la primera fila sin que el señor de Albacete me quitara el ojo de encima para hacerme cómplice del mayor espectáculo del mundo. Me costaba verdadero trabajo reírle las gracietas, y sólo estaba deseando salir de estampida a la calle, pese al sofocante calor de las cinco de la tarde torera. El espectáculo tuvo lugar en un teatrillo del madrileño barrio de los Austrias, no lejos de La Latina, que en ese momento no estaba demasiado limpio. Mi hijo ya me había avisado de la idiosincrasia del barrio, tan turístico, aunque la suciedad no era ni mucho menos como la que al día siguiente leí por casualidad en una magnífica obra sobre Clavijo y Fajardo, el director de la revista El Pensador, que paso a continuación a reproducir:
“El encasquetarse el sombrero de alas anchas y el arrebujarse en la capa no tiene otro objeto que el de defenderse del chaparrón maloliente que en muchas ocasiones cae, no del cielo, sino de algún balcón, y que viene e acompañado por el grito generalmente femenino de ‘¡Agua va!’.
Los vecinos madrileños tienen la costumbre de vaciar los cacharros de agua sucia por la ventana y el grito, que debía anunciar la descarga, llega retrasado sin dar tiempo al transeúnte a buscar refugio al pie de las paredes. No solamente líquidos, sino sólidos, caen de las alturas. Por eso las calles, callejuelas y plazas de la corte, perfectamente estercoladas, se cubren en primavera de vegetación; pastan los animales herbívoros y los carnívoros, y los omnívoros aprovechan los desperdicios arrojados.
Huelen mal las calles y plazas madrileñas, muy mal; pero, según el dictamen de los sabios médicos que fueron consultados, en tiempos de los últimos monarcas austriacos, el mal olor y el vaho que exhala el estercolero ciudadano es muy conveniente para la salud pública, pues neutralizan la malsana sutilidad de la brisa que llega a Madrid del Guadarrama, trayendo catarros malignos, pulmonías fulminantes y reuma. Nada tan profiláctico para tales dolencias como media docena de perros y gatos muertos en cada plaza, regados, para que no se sequen pronto con los líquidos que se arrojan desde ventanas y balcones. Y si se añade la higiénica costumbre de cumplir con las necesidades más perentorias, de noche a la intemperie y de día metiéndose en el zaguán más cercano, se comprende que el dictamen de los sabios galenos, es completamente refrendado por los que, tomando lo que aquellos recetan y siguiendo sus prescripciones higiénicas, van en elevada proporción al cementerio.
Se dice por Madrid que el marqués de Esquilache pretende concluir con tan buenas y tradicionales costumbres. ¿Qué sabrá el siciliano meteplatos de lo que conviene a Madrid? Si los vecinos tiran por las ventanas lo que estorba y los transeúntes llevan sombreros grandes y capa larga, es porque así les conviene, y los ciudadanos pacíficos no son responsables de que los maleantes hayan encontrado en la indumentaria disfraz par cometer toda clase de fechorías, y pretexto para llevar un machete colgado de la cintura, obligando a personas decentes a ceñir espada o, cuando menos, un puñal para defenderse”.
¡Uff! Qué suerte vivir en el siglo XXI en esta aseada Madrid villa y corte, a pesar de los numerosos inconvenientes que conlleva la vida capitalina. Para mi gusto, es mucho más dañina la contaminación acústica que la derivada de la suciedad. Este poblachón manchego, esta verruga que le ha salido al Guadarrama, como dijera Ortega y Gasset, está poblada de gentes que hablan a voces y que gritan, aunque sea por teléfono, o en una terraza tomando una cerveza, hiriéndome especialmente algunos tonos. Con un poco de suerte me quedo sordo, y a vivir que son dos días, e incluso podré volver al chiringuito cómico riéndole las gracias al señor de Albacete sin oírle en su esforzado protagonismo, antagonismo y deuteragonismo, dada su condición de actor único.
Aunque proveniente de Puertollano (Ciudad Real) fui acogido en Magerit a los diecisiete años, sin embargo no me acaba de hacer tilín ninguna megalópolis, sobre todo porque raramente salgo de mi propio territorio, desconociendo por completo los barrios restantes, por no hablar de las periferias, que me resultan extraplanetarias. Y, ante la necesidad de caminar para no quedarme en silla de ruedas, me encuentro como un pulpo en un garaje: no abarco, no doy de mí, únicamente me desplazo entre las multitudes, cuyo máximo afán es el de salir a la calle para socializar.
Junto al estruendo y la muchedumbre, temo los patines y las bicicletas, que no respetan a los peatones tan fácilmente, como tampoco éstos el sitio reservado al carril bici. Pese a todo Madrid es una ciudad con excelentes comunicaciones, de lo cual doy fe porque a la puerta de casa tengo metro, autobuses y trenes de cercanías. Al mismo tiempo, y a pesar de su ubicación mesetaria, cuenta con grandes masas forestales de parques y de árboles en las calles.
Y, junto al estruendo, la muchedumbre, y los patines, me da mucho repelús la enorme cantidad de cagadas de perro por metro cuadrado, tantas que ni siquiera pueden con ellas las motocacas del ayuntamiento. Me impresiona la forma en que socializan entre sí los dueños de las mascotas, y el melifluo piropeo a los cánidos; antes eran los niños los que servían de conversación, ahora son las mascotas. Convertido como estoy en un viejo cascarrabias, cada vez que veo a un perrito echando fuera sus preciosos excrementos sin la correspondiente recogida de los mismos por su dueño o dueña, me acerco con aire de bobo y le digo: “por favor, se le ha caído ‘eso’ a su perro”. En ocasiones tan inocente observación ha obtenido respuestas llenas de iracundia.
Siempre he disfrutado de la cordialidad de los madrileños, donde todos somos acogidos sin que se nos pregunte de dónde somos o venimos. Siempre he podido viajar sin excesivos trasbordos desde Madrid hacia dentro y hacia fuera de nuestras fronteras. Pero nunca me he sentido madrileño, ni siquiera de mi pobre y pequeño pueblo conquense. Me gusta ser apátrida y, si ello fuera posible, pasar lo que me quede de vida leyendo y escribiendo en alguna casa rural donde el fuego no abrase y el verde pasto me abrace.
Mi capacidad de consumir kilómetros por hora ha muerto, mi motricidad física va en declive, pero mi agradecimiento a la vida sólo es comparable con mi deseo de pedir perdón a tantas personas como haya podido ofender. Gracias a la vida, que me ha dado tanto, de bueno, de malo, y de regular. Y gracias a ustedes, los mis amigos y las mis amigas, por prestarme su atención en el rincón de este día, que les deseo muy bueno.