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TRIBUNA

La incertidumbre como porvenir

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
domingo 30 de julio de 2023, 19:10h

Contabilizados los votos del extranjero (CERA), el resultado electoral constituye un enigma sobre el próximo gobierno, digno de las tragedias griegas del ciclo de Tebas, que comienza con Edipo arriesgándose a descifrar el enigma de la Esfinge, que estaba alterando la vida cotidiana de la (polis) ciudad tebana.

Ocurre que en nuestra civilización no cabe la tragedia, aunque sí puede producirse un drama, que en términos políticos se traduce en que no surgirá ninguna revolución, pero siempre existe la posibilidad que nos veamos envueltos en imprevistas revueltas masivas.

En efecto, los agentes de la polarización han obtenido un resultado enigmático, o por decirlo en plata, cabronamente difícil de resolver.

El bloque de las llamadas “derechas” obtiene 171 diputados, sin posibilidades, parece, de acercarse a la mayoría de 176 escaños, necesaria para gobernar.

El bloque de las “izquierdas”, con 166 diputados, lo tiene igualmente difícil, aunque el conglomerado de los nacionalistas e independentistas podrían apoyar la investidura de Pedro Sánchez, con el enorme inconveniente de que el dirigente supremo de Junts, Carles Puigdemont, al poner el precio de una amnistía (para los dirigentes independentistas condenados), y la autodeterminación para Cataluña, está arrastrando a su radicalismo locoide a todos los demás partidos nacionalistas, incluyendo al PNV, que en época de Juan José Ibarretxe supo de las consecuencias negativas de apuestas políticas de esa índole.

He leído comentarios y declaraciones que contenían una especie de reproche por el comportamiento electoral de los votantes del pasado domingo. Desde luego, nada se puede decir del comportamiento democrático de los ciudadanos españoles: han votado cuatro puntos más que en 2019.

El enigma que altera nuestra convivencia política no procede de lo que los votantes han elegido, sino de la polarización que domina la estrategia de los dirigentes políticos, afectando a sus respectivos partidos políticos; a diferencia de los principales países europeos, dónde la crispación está más en la sociedad (efecto de una mala política emigratoria, como en Francia), en España, la polarización es superior entre los representantes partidarios, que entre los ciudadanos (incluso en la sociedad catalana).

Los electores han votado defendiéndose de algo, lo único que se les ofrecía en estas elecciones, en lugar de sentirse estimulados a elegir entre proyectos con los que afrontar con seguridad los próximos cuatro años (teniendo España -oportunidad perdida- grandes posibilidades dentro de la UE, por el europeísmo de su sociedad, nuestra relación con Iberoamérica, y con Gran Bretaña debilitada, tras el Brexit).

Pertenezco a la generación de la Constitución de 1978. La mayoría de nosotros nos sabíamos de memoria el verso de Jaime Gil de Biedma: “De todas las historias de la Historia/sin duda la más triste es la de España/porque termina mal.” Escrito antes de la transición democrática, significó nuestro optimismo basado en la prudencia, el que nos llevó instintivamente a no repetir lahistorias que terminaron de esa mala manera; fue también la lógica y la clave del consenso constituyente.

Después de estas elecciones, con el enigma de formar gobierno, unos cuantos periodistas y expertos políticos piensan que la Constitución de 1978 entrará en su fase final, porque el Estado español, sacudido por consultas autodeterministas, tendrá que defenderse para mantener su unidad, como tarea única de su existencia.

No niego que me asalta de nuevo el pensamiento pesimista de que nuestra historia termina mal. La más nefasta de las mentiras, propaladas por los dirigentes de Podemos, sus socios de Sumar, y cristalizadas en leyes como la de “Memoria democrática”, consistió en repetir y repetir, con la tolerancia intelectual de periodistas y medios culturales, que nuestra democracia era una mala democracia, entre otras causas, porque negaba el derecho de autodeterminación, y por eso era necesario, y emocionante, lograr una constitución realmente democrática, y justa con los pueblos de España.

Sin embargo, existen razones para sacudirse el presagio pesimista. Lo que logró la sociedad española de 1978 no fue resultado de la suerte, una casualidad histórica, que ha durado milagrosamente desde entonces. Al contrario, la Constitución de 1978, está demostrando una gran fortaleza, y al mismo tiempo, con su flexibilidad y su adaptación a estos tiempos nuevos de globalización, nuestro sistema democrático, con “la Monarquía parlamentaria como forma política del Estado”(artículo 1.3 de la CE), ha salido siempre bien de los ataques del populismo, y de otras versiones parecidas, y la prueba reciente es la pérdida de votos de ERC y Junts, y que en Cataluña hayan sido los socialistas el partido más votado, algo que también ha sucedido en el País Vasco y en Navarra; se contraargumentará con que los socialistas son sanchistas, sin embargo, para los nacionalistas de esos territorios, son y serán siempre españolistas y constitucionales.

¿Podrá la polarización destruir la fortaleza de la Constitución que se ha evidenciado en estas elecciones?¿Precisamente cuando existen pruebas de que los extremismos están en retroceso, incluyendo a Bildu en su ideología? Puede suceder, desgraciadamente; pero quien tenga la responsabilidad de incurrir en tal atrocidad, muy probablemente se encuentre con la oposición masiva de los ciudadanos, dispuestos a defender sus convicciones constitucionales. Ahora ya no es posible la tragedia, pero para los que creen que la sociedad es un rebaño de consumidores, deben saber que el drama puede que sea la última razón política.

El resultado de las elecciones, en este clima de democracia simulativa, ha sorprendido a todos, descubriendo las mentiras de los argumentarios de unos y de los otros (Unamuno decía los Hunos y los Hotros). Creo que ha llegado el momento de la verdad; no sabemos qué sucederá entonces. Pero Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo no pueden seguir actuando como antes de las elecciones.

Tienen que transformarse, reinventarse, comunicarse, encontrar nuevos asesores que les digan la verdad, acordar lo necesario con el otro…Es imprescindible poner punto y aparte en una historia que dura veinticinco años, salvo que se quiera que todo siga igual, cuyas consecuencias serían, con toda seguridad, como poco, tristes, como el poema de Gil de Biedma.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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