En Tocqueville y el lado oscuro del liberalismo, María José Villaverde nos ofrece una obra mayúscula, cuya lectura se antoja fundamental para quienes imparten docencia sobre historia de las ideas políticas. El libro está estructurado en cinco capítulos, a los que debe sumarse un último apartado de conclusiones, junto con más de 100 páginas de referencias bibliográficas y notas que certifican el dominio del objeto de estudio por parte de la autora.
La opinión sólidamente argumentada permea por toda la obra, exponiendo el pensamiento de Tocqueville aunque no de una manera solo descriptiva. En efecto, Villaverde Rico tiene otra finalidad de mayor enjundia y complejidad: combatir a aquellos que en los últimos años lo han identificado con un defensor a ultranza del colonialismo. Esta tendencia ha cuestionado el liberalismo del autor de La democracia en América, a través de una interpretación parcial e interesada de la posición que adoptó hacia la guerra de Argelia.
En la obra hallamos otros aspectos de los que no se puede prescindir cuando se analiza el legado de Tocqueville. En este sentido, en el primer capítulo, María José Villaverde aborda el viaje realizado por Estados Unidos y su condena tanto de la esclavitud como del exterminio de los indios perpetrado por los “hombres blancos”. El intelectual francés observó en tiempo real las contradicciones de una nación de nuevo cuño a la que idolatraba, a pesar de que también tuvo que “enfrentarse a la paradoja de una democracia que convivía con la esclavitud y que estaba llevando el exterminio riguroso y formalizado de los indios en la era del presidente Jackson” (p.31).
En Francia, país que poseía numerosas colonias, fue un activo abolicionista en el debate suscitado sobre todo a partir de 1830. Sin embargo, en este terreno surgen posturas diferentes. Por un lado, aquellos que consideran que el abolicionismo de Tocqueville respondía solamente a criterios de eficacia económica. Por otro lado, quienes estiman que las razones de tipo moral también disfrutaban de espacio: “Tocqueville creía en efecto que el derecho de propiedad del colono colisionaba con el derecho a la libertad del esclavo” (p. 69).
A la hora de solventar esta compleja pugna, otorgaba un rol de árbitro al Estado. En opinión de la autora, con esta forma de razonar, perseguía soluciones prácticas, susceptibles de neutralizar a los opositores, pues entendía que Francia debía impulsar las ideas originarias de “su revolución”, como la libertad y la igualdad, lo cual unido al amor indisimulado hacia su nación, le llevaba a concluir que los principales logros de la civilización tenían paternidad francesa.
Con todo ello, Argelia representa la cuestión central de la obra. La autora ofrece una adecuada contextualización de la “ocupación” (o, por mejor decir, conquista) que aleja a Francia de esa imagen que tanto le gusta vender de sí misma como nación contraria a la barbarie. A modo de ejemplo de esta premisa, para Louis Blanc “si aportásemos a los árabes, junto con el poder y la unidad, nuestras luces, nuestras artes, una noción superior de humanidad, costumbres más suaves, un sentimiento delicado de las cosas, tal vez ellos podrían a su vez inducirnos a modificar algunas de nuestras ideas” (p.137). Tocqueville bebía en parte de estas ideas, de tal modo que la colonización resultaría beneficiosa para ambos actores, esto es, para Francia y para los argelinos, aunque con un elemento distintivo: “Apostaba por dar facilidades a los colonos para que pudieran comprar tierras y enriquecerse” (p.141).
Este planteamiento teórico topó con la fuerza de los acontecimientos. La resistencia argelina le obligó a “evolucionar” en su postura. Al respecto, partiendo de una máxima que para él era innegociable (la retirada no debía contemplarse ya que, si se produjera, Francia quedaría desacreditada ante la comunidad internacional), los métodos para combatir a los rebeldes argelinos tendrían que ser otros, aunque siempre sujetos a una serie de límites: el respeto escrupuloso del derecho de gentes y permitir a los nativos conservar su religión, su cultura, sus costumbres y las propiedades.
Esto último lo incumplió de forma flagrante el gobierno francés, lo que generó los reproches por parte de Tocqueville: “Que Tocqueville fuera capaz de entender que la cultura y los hábitos separan a los pueblos y que la dominación extranjera provoca en la población nativa sentimientos hostiles que solo, con suerte, el tiempo puede mitigar, refleja no sólo su lucidez, sino también cierta dosis de sensibilidad y empatía” (p.173).