Barbie es la película del verano. Es un dato irrebatible. A pesar de situarnos en el ecuador del año, tampoco estaría de más decir que ha sido uno de los estrenos más esperados, convirtiéndola en una de las películas de 2023. Ha llamado poderosamente la atención de uno la campaña de marketing, la espera prolongada incrementando las ganas de quienes ansiaban verla, fuera para disfrutarla o para despedazarla, y estos últimos no se han hecho notar, o no todavía.
Ríos de tinta y tuits han sido vertidos en las semanas anteriores a su estreno, y desde el mismo, las opiniones se han agolpado en forma de memes —la divertida rivalidad creada con otro estreno notorio, el Oppenheimer de Christopher Nolan— y fotografías compartiendo las vestimentas de color rosa imperante para asistir a las salas. A la altura de otros fenómenos conocidos en la historia del cine, es grato comprobar el alcance de las ilusiones en quienes acuden, todos en parejas o grupos, tiñendo las filas para entrar y calles aledañas de rosa debido a los maquillajes, pañuelos, pantalones y chaquetas, etc. ¿Fanatismo, exageración? Por supuesto, pero en esta ocasión se percibe bastante inocuidad en esas devociones. Y lo más importante que pueda justificarlas: la película es buena.
Greta Gerwig y Noah Baumbach, directora y coguionista respectivamente, son los artífices de esta comedia hollywoodiense al estilo de las clásicas que demostraban la capacidad que tenían los estudios norteamericanos para ofrecer un espectáculo de calidad, poniendo a la muñeca más famosa y vendida en una tesitura existencialista. ¿Y si viniera la muerte? ¿Y si todo acabara? ¿Es posible la perfección infinita, el placer aun garantizado por lo artificial del plástico y supuestamente duradero? Estas dudas evidencian el gusto europeizado que Gerwig y Baumbach llevan dejando en el cine de su país desde que ganaran relevancia con filmes anteriores, los dirigidos por él y por ella. El tándem que forman es el corazón de este éxito, de una película que rozaba el absurdo —la propuesta, el interés que podría generar— y que pasó por varios intentos de renombre —Diablo Cody o Amy Schumer—, hasta cobrar un sentido de lo más significativo gracias a aprovechar determinadas reivindicaciones que han ido calando en nuestra sociedad.
Gerwig no resulta complaciente en su manejo de la crítica del feminismo hacia el patriarcado, pero tampoco excesivamente afilada. Cuando pretende subrayar lo importante de esas reivindicaciones, queda en cierta ramplonería. La parodia es el término medio y adecuado: no hay que olvidar que la figura central es un juguete. Pero este mismo es el blanco de las contradicciones humanas con las que la película brinda sus dosis de sarcasmo y emotividad. Era más que evidente cuando se estaba en el patio de butacas, volviendo a la campaña de promoción. Fijándose uno en la variedad de los asistentes, quedaba patente que había conseguido atraer tanto a los adeptos de la historia de la muñeca, como a curiosos, convenciendo de manera general. Pocos se resistían a corear las canciones de Charli XCX o Dua Lipa que forman parte de su banda sonora.
¿Por qué ha funcionado? ¿A qué se debe el jolgorio que ha suscitado? Quizá no merezca la pena rebuscar una explicación intelectual o sociológica. No se desmerecerá a quienes sí pretendan intentarlo, pero no será tarea de uno. Como en aquel famoso primer párrafo de novela, quienes fueron, cuando recuerden la semana del estreno de Barbie, podrán pensar que en aquellos tiempos siempre era fiesta. El cine nació como un reino de las sombras, según escribió Gorki, pero no escatima ocasiones en las que poder turnarse con momentos realmente luminosos que permiten al espectador dejar fuera su provisionalidad, alcanzar unos segundos de plenitud por los estímulos en la sala apagada y sentir desde los créditos iniciales a los finales acelerado el pulso por lo que sorprende.