Emmanuel Carrère envió al semanario francés L’Obs las crónicas del juicio sobre los atentados que ocurrieron en París aquel 13/11/15, viernes, en la sala de conciertos Bataclan (donde tocaba el grupo californiano de hard rock Eagles of Death Metal); en las terrazas de los bares La Belle Equipe, Le Carillon y La bonne Biere; en el restaurante Le Petit Cambodge, y asimismo en las inmediaciones del Stade de France (donde jugaban un partido de fútbol las selecciones de Francia y Alemania). 131 víctimas civiles y 8 terroristas muertos. El autor reconoce haber retocado esos textos periodísticos y haber incluido pasajes que no habían encontrado sitio. Por eso V 13 es un tercio más largo que lo publicado en L’Obs.
El 02/09/21 comenzó en París, en el palacio de justicia de la Île de la Cité, ese juicio que dura nueve meses (la sentencia se dicta el 07/07/22) y se celebra en una «caja» de contrachapado blanco de 45 x 15 m construida ad hoc para albergar a 600 personas. Una de ellas es Emmanuel Carrère, que acude no como abogado ni periodista, sino «como un escritor al que nadie ha pedido nada y que solo persigue satisfacer su deseo».
A diferencia de Nuremberg, aquí solo se juzga a segundones: los que mataron han muerto. Pero descubrir qué tiene esa gente en la cabeza, oír las extremas experiencias de vida y muerte de quienes sobrevivieron, se ve como un acontecimiento. Al final del libro Carrère reconoce haber salido de esa sucia historia llena de sangre y lágrimas profundamente cambiado:
«Nunca he tenido ganas de salir de la sala. Yo sabía, sabíamos, que estábamos viviendo juntos algo completamente distinto de un asunto edificante para la historia, el faraónico e inútil happening judicial que al comienzo teníamos buenos motivos para temer. Completamente distinto: una experiencia única de espanto, de piedad, de proximidad, de presencia. Tardé en darme cuenta de que la sala de juicio se parece a una iglesia moderna y de que en ella se ha celebrado algo sagrado».
En el juicio se vislumbra la personalidad de los encausados, su radicalización, sus viajes a Siria (donde tuvo sede el Estado Islámico: tras la muerte de los grandes jefes yihadistas el Califato se hunde en 2017); qué hicieron el año anterior a los atentados, los últimos meses y semanas; sus últimos días y la víspera. A dos semanas de inventario policial siguen cinco de testimonios de la parte civil: supervivientes y abogados de los muertos cuentan lo que sucedió.
Los quince testimonios diarios que se escuchan son de aterradora intensidad, y, a pesar de las repeticiones, todas las voces poseen el acento de la verdad: «a los jóvenes que declaran en el estrado se les transparenta el alma». Nadie que estuvo en el juicio –o que lea este V 13– olvida a Nadia, la madre de Lamia, aquella joven tiroteada en la terraza de La Belle Equipe. Tampoco esos testimonios entrecruzados de gran crudeza que refieren la masacre dentro del Bataclan: los disparos metódicos hechos por tres jóvenes a cara descubierta –y su posterior suicido haciendo explotar sus cinturones de dinamita–; ejemplos de apoyo y solidaridad como Bruno tapando con su obesidad a Edith; o a ese comisario de la Brigada Anticriminal que con su arma corta abate a un asesino, con su kalashnikov humeante, antes de que reviente en mil pedazos.
La estrella del juicio es Salah Abdeslam, único de los nueve terroristas del triple comando que no tiró de la anilla de su cinturón. Qué pasó ahí es el principal enigma. En el restaurante Le Comptoir Voltaire Barim Abdeslam sí se explosiona (solo causó otra muerte), pero su hermano Salah decide no hacerlo en el último momento y huir. Tres amigos lo llevan en coche hasta Molenbeeck, feudo del yihadismo europeo (de ese barrio de Bruselas proceden todos los terroristas). Salah les dice que su cinturón no ha explosionado porque no ha funcionado. Pero en el juicio mantendrá que no lo activó por «humanidad». El 18/03/16, cuatro días antes de los atentados en el aeropuerto y metro de Bruselas es detenido. Nunca se sabrá si Salah Abdeslam iba a participar.
Tanto la fiscalía antiterrorista (compuesta por dos hombres y una mujer jóvenes) como los treinta abogados de la defensa (asimismo jóvenes y brillantes) se saben de memoria los 542 tomos del sumario y juegan sus cartas a la hora de exponer los hechos ante el magistrado Jean-Louis Périès, un viejo juez próximo a la jubilación, sólido y astuto. De los 20 acusados comparecen 14. 11 están en el banquillo de forma permanente (los otros tres, libres pero con cargos leves, deben acudir a diario). Los que asesinaron a 131 personas están muertos.
La cadena perpetua irreductible para Salah Abdeslam (pena máxima que establece el Código penal francés) y la cadena perpetua para Mohamed Abrini (alquiló pisos, coches y llevó a París al triple comando) fueron las más duras condenas. Para el resto (los implicados en la célula que preparó los atentados, los falsos refugiados que no llegaron a participar y los tres hombres que ayudaron a huir a Salah Abdeslam) las condenas fueron de cuatro y ocho años. Al haber pasado ya por prisión y recibir penas con libertad vigilada salen libres.
Tras una novela de interés menor como es Yoga, con V 13 Carrère logra –sin hablar de sí mismo– un magistral ejemplo de cómo hacer literatura con el periodismo. Narración estremecedora de los hechos que con ritmo trepidante relata tanto el horror como el odio, V 13 está a la altura de El adversario y De vidas ajenas. Dejo la palabra a la fiscal del Supremo Camille Hennetier, quien, poco antes de que sean elaboradas las sentencias, dijo:
«El pavor es la desaparición de la cortina tras la cual se oculta la nada que normalmente permite vivir tranquilo. El terrorismo es la tranquilidad imposible. El veredicto del tribunal no podrá reparar la cortina rasgada. No curará las heridas visibles e invisibles. No devolverá la vida a los muertos. Pero al menos podrá garantizar a los vivos que la justicia y el derecho tienen aquí la última palabra».