Adiós, adiós, adiós. Iván Espinosa de los Monteros se despide de la política con su barba cansada, su voz clara y los ojos con las legañas del cansancio. Siempre lo mismo, siempre lo mismo, siempre lo mismo. Asisto a la rueda de prensa desde un bar de gambas y parece que el notas entrega un premio. Lo dedica a todos los ujieres y bedeles de la cosa. Adiós, adiós, adiós. Ni una palabra sobre la causa del asunto. Sobre el desgarrador deshielo.
El populismo se deshace bajo la ola de calor. Por la izquierda, Podemos con su Ere donde no hay guita, y por la derecha, sí, Espinosa haciendo sus maletas de aire, donde dentro no hay nada, humo, aire, posibilidades, ecuaciones, olor a colonia y algún rencor negro. No cuenta cómo lleva dos meses sin hablar con Santi, nuestro Cid campeador. No cuenta su duelo a florete con Buxadé, ahora el favorito. Se va desde el mismo andén que Olona, las maletas vacías, una en cada mano, Perales en el iPod, por qué te vas, por qué.
La ola de calor derrite a la brasa todas las emociones. Los nuevos partidos fueron eso, emociones. Las burbujas de la cerveza. Aquí, en Vox, les ponían a Manolo Escobar, les daban un bocadillo de jamón salado, junto a cuatro banderas de los chinos, y ya estaba el regalo apañado. Algún jubileta cayó en el engaño y cuatro ninis, hartos de vida de pantalla, con ganas de calle y bronca, limpios y gritones, futboleros y recién duchados.
Los votos les iluminaron con un palo incontestable y ya el polo con el toro empezó a menguar y quedar pequeño. Adiós, adiós, adiós. Perder la mitad de los escaños conseguidos (33 frente a 50) es ya la muerte del chiringuito. 19 escaños son 700.000 votos, demasiados bocadillos de jamón blanco. Ultraderecha y ultraizquierda desaparecen por los costados, con lo divertidos que eran todos aquellos periodistas de pesebre, mercenarios al dictado, afónicos de tanto darle al bombo, obsesos del competidor ideológico. Pobres.
Iván Espinosa de los Monteros quiere volver al despachito pequeñito en Serrano (abajo en la tasca campeonatos de huesos de aceituna contra la diana) y a una militancia de base que realmente es hoy recuerdo de cinco minutos, mañana olvido integral. Vivimos en la mente saltamontes, dicen los técnicos, de estímulo en estímulo, de clic en clic, sin retener nada, sin mochila ni maleta. La próxima vez que veamos brillar esa barba pensaremos que es la de Gaspar en la cabalgata navideña. La gente no recuerda a los santos de la baraja. Todos somos la puta de bastos y la de copas, ajenos a lectura literaria y a todos aquellos que vienen por detrás en el semáforo de colores.
Los protocolos son idénticos e históricos: desencuentros, luego rupturas, finalmente quitas y borrados con goma dura de lápiz. Nunca nadie hemos visto desaparecer o disolverse una de aquellas gomas enormes de Milan, como una pastilla de jabón, así desaparecemos todos menos la goma. Igual comienza un tándem por carretera, el de Olona/Espinosa, porque une mucho partir del mismo sitio a conquistar el horizonte, que se lo digan a Quijano y Sancho, la faltriquera vacía y los rucios mal alimentados. Alguno ha visto ya un dúo de sonrisas torcidas Garriga/Buxadé porque, si la llave no entra, lo mejor es cambiar la cerradura.
Adiós, adiós, adiós. Como gambas y bebo vermú de grifo, con mucho hielo. La comparecencia sin preguntas, triunfo absoluto de la democracia, decimos lo que nos da la gana y el oyente ni mú. Los de la sonrisa torcida hicieron lo que nunca falla: la burbuja de vacío. Nadie soporta alrededor, fuera de la maleta, solo aire. Yo, sin embargo, aquí al lado del ventilador, abro mucho la boca y resulta que desinflo. No te llaman. No cuentan contigo. Te enteras que quedan por su cuenta. No te contestan a los mensajitos por el teléfono. El email no recibe contestación. Es igual o parecido a cuando quieren echarte de un periódico. No publican los artículos y listo. Para qué broncas, para qué voces, para qué gritos, para qué peleas y azumbres de hostias.
Lo mejor es tirar la toalla. A la tercera gamba escucho una frase de Premio Nobel: “Mis padres no son ya tan jóvenes y mis hijos no son aún tan mayores”. Ahí se ha esforzado. Luego una flor a Meritxell Batet y otra al Rey. Qué pena que no se acordara del que ponía las ginebras negras en el hemiciclo a menos de tres pavos. El arte del desplante es el de la gota, contar una gota tras otra, y así tú mismo te suicidas en directo y pides un micrófono de pie, porque sentado engordas. Entre Garriga y Buxadé, me cuenta el camarero, hay un tercer interrogante, el de Jorge Hoces, cuya ecuación es simple: más Proteccionismo, menos Ultraliberalismo. Menos empresa, más teta pública. Y tras Buxadé está, ya se sabe, la purga de Sánchez del Real o Rubén Manso. Cabanas, jefe de Gabinete de Abascal, era el que llamaba.
Buxadé/Abascal jamás quisieron críticas tras la debacle electoral; los barbados siempre quieren mesarse los pelos largas horas en tabarras interminables. El ingenio de Buxadé es el del lampiño, quien no quiso ni melena de calvo, y cuyo secreto siempre estuvo en abrir mucho los ojos a la hora de escuchar y no decir ni mú, como todos los periodistas hoy en el acontecimiento de fuga, renuncia y maletas vacías. Llevan menos tiempo las maletas llenas que las vacías. Estar hora y pico para no decir nada requiere una barba como esa.