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TRIBUNA

La legitimidad de la elocuencia

miércoles 09 de agosto de 2023, 19:12h
Actualizado el: 08/09/2023 19:39h

Ser elocuente, decía san Agustín, es poder tratar las cosas pequeñas sencillamente; las medianas templadamente, y las grandes en estilo sublime. Para enseñar, el elocuente será capaz de hablar sobre lo pequeño sencillamente; sobre lo mediano, para agradar, templadamente; y sobre lo grande, para mover, grandilocuentemente. Sin embargo, esto de la grandilocuencia no se lleva mucho en nuestros días, y ello por dos motivos. El primero, porque no se habla habitualmente de cosas grandes, o se las banaliza; el segundo, porque el dominio del habla resulta rarísimo, no sé muy bien por qué. El resultado es que, por ambos motivos, los analfabetos funcionales se burlan de la lengua culta. No sé si viene a cuento lo que voy a decir, pero recuerdo con cariño el día de mi llegada por primera vez a Alemania, en que me atreví a preguntar la hora. Como yo había estudiado ese idioma por mi cuenta y riesgo y sin maestros en una vieja gramática, se conoce que lo pregunté en un estilo casi parecido al de Goethe, pero el señor, muy respetuoso, después de quedarse perplejo, me dio seriamente la hora sin reírse de mí. Cómo lo agradecí.

Por lo general, y contra lo que suele creerse, san Agustín, uno de los mejores rétores u oradores de su época, advierte que el fin de la elocuencia no es el de conseguir que agrade lo que antes se aborrecía, ni que se haga lo que antes se rehuía, sino que mediante el discurso appareat quod latebat, que aparezca lo que estaba latente. En ese sentido, muchas veces, a fin de lograrlo, hay que prescindir de la tradición escolar que reclama la compositio, la latinitas, y la dignitas del lenguaje, lo cual es tanto como cortarse las alas. En los comienzos de mis libros de divulgación para la clase obrera semianalfabeta recuerdo haber padecido yo mismo esa suerte de castración por renuncia a mi propio estilo, pero la causa lo merecía pues, sin la intención comunicativa, la elocuencia puede desembocar en cualquier artificio ridículo y narcisista. El orador no ha de preocuparse tanto de su propia elocuencia cuanto de la evidencia.

Sin embargo, las escuelas de los rétores clásicos enseñaban al discípulo a ser verdadero artista de la palabra y de la apariencia (en lo cual sobresalió Cicerón), en lugar de entrar en los sentimientos profundos. Hoy ocurre más bien lo contrario, siendo lo importante conmover a los oyentes, aunque el orador mismo se halle muy ajeno a los sentimientos de las palabras que salen de su boca, resultando de este modo discursos huecos, metálicos, sonoros, pero vacíos.

San Agustín, como excelentísimo orador, y a diferencia de los malos, no redactaba ni dictaba sus homilías; después de una meditación preparatoria, hablaba ex abundantia cordis, es decir, de la abundancia de ideas que ya había vivido y conocido en su interior, lo cual quiere decir que improvisaba. Pero de nuevo cuidado con las palabras: improvisar bien sólo sabe hacerlo quien tiene mucho sabido, y no quien repentiza sin fondo, a ver qué es lo que sale, como si los experimentos se hiciesen con champán y no con gaseosa y en casa. Como digo, al buen orador le resulta prácticamente imposible no llevar dentro lo que saca fuera, aunque una vez aparecido esto último, el orador mismo se maraville de que aquello que le sale hacia afuera estuviera ya dentro de él. En ocasiones los oyentes celebran las ocurrencias del conferenciante, pero éste lo celebra más todavía si la cosa merece la pena, porque él mismo no se sabía capaz de parir semejantes criaturas.

Vengo a decir con esto que inspiración y transpiración se besan. La espontaneidad, la viveza y la frescura del discurso no impiden una preparación remota, como tampoco la composición previa por escrito. Muchas veces hay que haber escrito antes para mejor decir después sin leerlo. Son dos lenguajes, pero univitelinos. San Agustín tenía amanuenses –librarii- que trascribían los apuntes de los notarii o taquígrafos, aunque él mismo revisara la redacción, quejándose a veces de que entre lo salido de su boca y lo redactado por sus auxiliares hubiera muchas diferencias. Agustín no prescindía del lenguaje coloquial, un poco exabrupto, lo que avergonzaba a sus copistas que, acaso frenados por aquella torrentera, le enmendaban la plana procurando evitar el traslado al papel de palabras fuertes, populares y por ello no cultivadas, o decididamente rocambolescas y estridentes para el oído académico. Una lástima este exceso de pudor de los pacatos.

Sea como fuere, podría decirse que el santo de Hipona no careció de luces y taquígrafos, porque detrás de él, casi como paparazis, iban enjambres de periodistas seducidos por la magnitud de su verbo florido. Florido, ciertamente, porque los sermones del africano eran auténticos vergeles oratorios. Y todo eso, por si fuera poco, espontáneamente. Conservamos muchos de sus sermones, parte de los cuales tan sólo gracias a los notarii, pero compuso otros muchos que no pronunció nunca, aunque los dictó a los copistas; lo que no le gustaba era redactarlos y leerlos pedísecuamente, afortunadamente para sus entusiastas escuchas, que acudían -cultos e incultos- en tropel a escuchar las palabras del Obispo, las cuales siempre eran de exhortación al bien. Era un hombre-libro a la palabra superlativamente pegado, y sus fieles le estaban a su vez superlativamente apegados.

Para ser buen predicador hacen falta muy buenas cualidades psicológicas, pues de sermones de oficina todos estamos un poco o un mucho hartos. El nacido en Tagaste estaba pendiente de todos y cada uno de sus oyentes hasta donde le alcanzaba la vista, vivía las vivencias ajenas y las amasaba en su corazón, en su propio ordo amoris, siendo su máxima preocupación que todos entendiesen lo que escuchaban, exigiéndoles a veces expresamente mayor atención en los pasajes más difíciles. Atento al pueblo, repetía más llanamente con nuevos argumentos lo que no se había comprendido, su palabra era un dentro que necesitaba un fuera, y un fuera necesitado de un dentro. A veces, el pueblo mismo irrumpía en aplausos prolongados y ruidosos para premiar sus esfuerzos.

Sabía, pues, dónde estaba y para quién hablaba, no sólo para el cuello de su camisa. En Cartago, el obispo hablaba más como profesor (sermo rethoricus), que como predicador popular (sermo popularis); en Hipona se ajusta a un auditorio catequizando más rudo. Pero siempre la claridad estaba en el centro, y no por mera cortesía. Le gustaba contactar con los corazones.

¡Y cómo hablaba! Es tan hermosa su retórica, sobre todo leída en latín, tan difícil de traducir en su caso, que uno queda pasmado por su ritmo, sus rimas, sus aliteraciones, sus paronomasias, sus juegos de palabras de raíz diferente pero de semejante sonido, sus paralelismos, sus antítesis, su lenguaje figurado, sus metáforas de las metáforas, sus etimologías, sus construcciones simétricas y rimadas, su uso de la ambigüedad, su duplicidad de sentidos, su impresionismo en una palabra, por ejemplo: las riquezas son el plomo que hace naufragar la nave del alma cuantos las poseen; las alabanzas son las hojas que impiden ver el fruto verdadero; la concupiscencia tiene sus llamas en las que se inflama; la iniquidad de este siglo es la noche; la fe tiene sus ojos, a veces duerme; la sangre del crucificado es el colirio de la humanidad ciega; el mundo es un inmenso horno en donde se agitan constantemente los materiales que en él ha depositado el orfebre divino, etc. El santo poseía una imaginación prodigiosa junto a un espíritu de observación realista y moderno. En fin, la estructura técnicas de sus sermones es perfecta de principio a fin. Qué dicha.

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